Desde ayer, a media tarde, y después de un largo y, según parece, conflictivo recuento, sabemos a quién han elegido los delegados socialistas secretario general de su partido. Y, al ser éste Alfredo Pérez Rubalcaba, sabemos también qué proyecto han elegido. Porque, si alguna nota caracterizaba al candidato y éste no ha tratado de ocultar a lo largo de la campaña, es la previsibilidad. En estos días de desolación, los socialistas han preferido, por tanto, lo conocido a lo por conocer y no han querido hacer más mudanza que la estrictamente necesaria. Por encima de cualquier 'ismo', de reduccionismos felipistas o zapateristas, han elegido el socialismo que han conocido y practicado toda la vida.
Desde el discurso con el que presentó su candidatura hasta este último en que ayer la defendió ante el XXXVIII Congreso, Rubalcaba ha seguido una línea de lealtad a sí mismo. Nadie ha podido llamarse a engaño. En aquel primero declaró que no era «partidario de autocríticas» ni amigo de conceptos como «refundación» o «recreación». No quería tampoco «cambios alegres», sino «seguros». Ayer, ante el casi millar de delegados que iban a decidir su futuro, se mantuvo fiel a lo dicho, sin arredrarse frente a la oleada de renovación total que en los últimos días parecía llevar en volandas a su contrincante hacia la victoria final. Siguió hablando de «opción útil e inteligente», de «capacidad y solvencia», de «liderazgo plural» y no «personalista o carismático», de un «partido federal», en vez de «una confederación de partidos», «fiel a todas y cada una de las cuatro letras que componen su sigla». Sobre tales conceptos construyó un discurso sobrio y racional, emotivo solo a ratos, quizá demasiado prolijo, y desgranó propuestas tanto de partido como de gobierno que los delegados juzgaron adecuadas a sus expectativas.
Quizá valga una anécdota para mejor dar a entender lo que ayer ocurrió en el congreso de los socialistas. Está tomada de un campo que, por haberse puesto tan de moda, transmite más gráficamente que cualquier otro la idea que pretendo explicar. Ocurrió en una de esas sidrerías en las que el menú se reduce a tortilla de bacalao, chuletón y queso con membrillo y nueces. Al escuchar tan austera carta, el forastero que había sido invitado por un grupo de amigos locales se atrevió a preguntar si no tendrían también «tortilla de gambas», a lo que la etxekoandre, con la finura que suele caracterizar a las de nuestra estirpe, replicó: «Tortilla de 'txotxoladas' aquí no hacemos». Pues bien, Rubalcaba ofreció ayer a los comensales los cuatro o cinco platos que la cocina tradicional socialista ha aprendido a preparar y prometió, eso sí, aderezarlos con más esmero de lo que se ha hecho en los últimos tiempos.
Sin embargo, y aunque el menú fue finalmente el previsto, los socialistas no pueden ignorar, a la vista de los resultados, que hay en su partido un gran número de militantes, casi la mitad si es que los delegados son de verdad representativos, que preferiría poder elegir entre una mayor variedad de platos. Veintidós votos de diferencia, de entre 956, no son cosa de poca monta, que pueda ser despachada con prepotencia o desdén. En cierto sentido, la tardanza con que se escrutaron los votos puede tomarse como un signo preocupante, entre los otros muchos que han ido revelándose en la campaña, de la profunda división que late en el PSOE y que podría verse aún más atizada según sean los resultados de las elecciones asturianas y, sobre todo, andaluzas. Saltará esta división a la luz, de aquí al verano, en los Congresos que han de celebrar las federaciones y cuya influencia anticipada se ha hecho ya sentir, sin ninguna duda, en el que acaba de tener lugar en Sevilla.
De momento, las negociaciones que se producirán esta noche entre pasillos y habitaciones del hotel sevillano con el fin de integrar la nueva Ejecutiva dará una idea de cuál es la disposición de todos para llegar a acuerdos, que, más que oportunos, resultan, en la presente situación, absolutamente imprescindibles. Y es que tanto la situación objetiva de hundimiento como la subjetiva de depresión que mantienen hoy al PSOE en un estado prácticamente inerte van a necesitar más que lo que puede hacer un congreso para poder superarse.
Quizá la campaña que ha conducido al resultado de ayer, por mucho que haya abierto heridas que habrán de suturarse lo antes posible, haya sido el primer paso en este intento por salir de la inercia en que el socialismo español se encuentra tras las últimas derrotas. En esto, no puede de ningún modo despreciarse el esfuerzo que ha derrochado la candidata perdedora por agitar conciencias, despertar ilusiones y proponer alternativas que a una grandísima parte de los delegados al congreso le han parecido muy dignas de adhesión. Sería estúpido que ahora, una vez pasado el mal trago de la confrontación, los socialistas, por despecho o desdén, dilapidaran toda la energía que este proceso ha liberado. Porque les va a hacer falta para soportar y superar esto que tiene todos los visos de ser una larga travesía por un árido desierto.