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«La perfección no existe, pero la buscamos en cada concierto»

José Antonio Sainz Alfaro, Director del Orfeón Donostiarra

«La perfección no existe, pero la buscamos en cada concierto»

Dice que el Orfeón «tiene el prestigio y el respeto, pero necesita más cariño cercano». Cumple 25 años como director de la coral

05.02.12 - 02:50 -
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Este año cumple 25 al frente del Orfeón Donostiarra, pero no piensa celebrarlo: «No creo en las fechas redondas ni en los hitos marcados». Considera que la coral mantiene su nivel de exigencia de siempre, pero echa de menos más «cariño cercano». «Apenas mil socios son pocos para una entidad como el Orfeón», explica.
Ahora mismo alrededor de mil voces se mueven bajo su manto en los diferentes niveles de actuación, desde la 'cantera' infantil hasta el máximo nivel. José Antonio Sainz Alfaro (San Sebastián, 1956) repasa en esta entrevista su cuarto de siglo al frente del Orfeón y el momento actual de la formación donostiarra.
- ¿Qué ha cambiado en el Orfeón en sus 25 años como director?
- No tengo conciencia de estos 25 años: me parece que todo empezó ayer. En este trabajo cada concierto se borra con el siguiente. Pero si tomas un poco de perspectiva sí notas el cambio en estos 25 años. Los cantores, por ejemplo, vienen cada vez mejor preparados. Y la logística también ha cambiado: los viajes son cada vez más complicados y caros, las dietas más elevadas... Seguir haciendo lo que hacíamos 25 años atrás y actuar en París o Lyon resulta hoy más difícil operativamente. Pero lo seguimos haciendo.
- Y artísticamente, ¿cuál ha sido la mayor transformación del Orfeón en estos 25 años?
- Ha habido un rejuvenecimiento y una potenciación de la cantera, y se ha ido ampliando el repertorio con nuevas obras que en muchos casos resultan más difíciles porque son más actuales. La gente está más preparada hoy para abordar obras más complejas.
- ¿El rejuvenecimiento fue una opción expresamente buscada por usted?
- Era un fenómeno natural. Mi predecesor, Antxon Ayestarán, puso en marcha el taller con los niños, de ahí los chavales pasaban a la escolanía... Ya hemos unido todos los niveles y se da un relevo natural. Ahora tenemos gente de 18 años, y hasta de 16, preparada perfectamente para actuar en el Orfeón. En Montpellier, una de las críticas se maravillaba de que el Orfeón, con «un grupo de adolescentes», había logrado ese nivel de calidad. La cantera funciona.
- ¿Es un milagro que en el mundo tan competitivo de los coros profesionales perviva en el primer nivel uno amateur como éste?
- Sí. Es un milagro que haya tantos orfeonistas que dedican su tiempo a una actividad altruista que exige tanto. A cambio tienen la recompensa de visitar escenarios de primer nivel o ser dirigidos por los mejores. Es un lujo que no alcanzan ni algunos coros profesionales, que limitan su actividad a un teatro o una orquesta determinados.
- ¿Cómo es hoy el orfeonista medio?
- Sería el mismo que hace 25 años: una persona que disfruta con la música, que lo pasa bien en los viajes, que goza con las orquestas, los directores o las obras. Cuando llega una obra nueva, como la que acabamos de interpretar en Lyon, la gente ponía caras raras en los primeros ensayos porque es una partitura difícil. Pero ahora han vuelto enamorados de esta música. Lo que más cuesta es luego lo más gratificante.
- El Orfeón es esa realidad artística 'amateur', pero a la vez tiene una estructura cada vez más fuerte.
- La actividad se ha multiplicado. Hay unas mil personas alrededor del Orfeón. Preparamos los coros de cinco o seis colegios, tenemos la cantera de los niños más pequeños, la Escolanía txiki, el taller de música... Nuestra sede de la calle San Juan es cada tarde un hervidero de pequeños cantores.
- ¿Cuántas voces forman parte del 'equipo A', del máximo nivel del Orfeón?
- En la última memoria aparecían unas 190 personas, pero de ellos unos cuarenta están en excedencia o no en la primera línea. Tenemos voces de sobra. Cada año lanzamos una campaña de búsqueda de nuevas voces, pero no por necesidad, sino por el hecho de que cuantos más seamos, más conciertos podremos dar.
- Recordemos la mecánica interna: cómo se prepara cada concierto.
- Cuando anunciamos un concierto concreto, los orfeonistas que contemplan que podrán ir a esa cita se apuntan. Y participan en los ensayos correspondientes. Al final el Orfeón somos siempre el mismo en cada concierto... pero con gente distinta.
- ¿A qué suena al Orfeón? ¿Qué le hace distinto a otros coros? ¿Cuál es su personalidad?
- El Orfeón es como una gran barrica. Al principio estaba limpia, pero con el paso de los años han ido pasando muchas voces. El sabor final siempre es el mismo, porque la gente se impregna de todo eso. Somos tradición en el sonido. Según nos dicen valoran mucho en nosotros el empaste: no sonamos como una suma de voces distintas, sino como una sola voz. La exigencia del público ha cambiado también: ya no se permite desafinar. Antes primaba la potencia de voz, la fuerza, el color... Hoy la exigencia técnica está por encima.
- ¿Han cambiado las voces de hoy respecto al pasado?
- En el caso de los hombres se nota más. Yo suelo decir que es por culpa de cómo se ha aplicado el Concilio Vaticano. Antes los hombres empezaban a cantar en la parroquia con cuatro años. Y se desarrollaban así. Pasamos de aquellas voces de los coros parroquiales al hecho de que, en virtud del Concilio, los párrocos dijeron que 'cante el pueblo'. El País Vasco ya no es el lugar donde existen más coros porque en muchas parroquias se ha perdido la tradición. Quienes interpretaron las normas del Concilio así se cargaron las voces. Y ahora te encuentras con que en algunas iglesias no te dejan cantar en una boda o un funeral «para no marcar diferencias entre unos y otros».
- Se ha quejado de que el Orfeón cuenta con pocos socios. ¿Por qué?
- Ahora mismo no llegamos a mil socios: es muy poco porque cualquier otra entidad supera ampliamente esa cifra. Supongo que con una campaña de marketing subiríamos la cifra, pero resulta que nosotros nos dedicamos a cantar, no al marketing. Y es curioso ese déficit porque el Orfeón ofrece al socio más de lo que el socio aporta: simplemente las dos entradas que recibe cada socio en el concierto especial costarían ya mucho más que los 45 euros de cuota.
- ¿Quizás se siente el Orfeón poco valorado por los propios guipuzcoanos?
- No, nosotros sí creemos que somos profetas en nuestra tierra. Cada año hacemos cuatro o cinco conciertos en iglesias guipuzcoanas y la respuesta es siempre impresionante. Somos unos privilegiados: cuando actuamos en la Quincena o con la Orquesta de Euskadi llenamos siempre. Tal vez ese es el problema: nuestro buen nivel artístico hace pensar a la gente que tenemos todo resuelto, pero no es así. Cada año mantenemos un montón de reuniones institucionales para cuadrar el presupuesto.
- Porque si tuvieran más apoyo...
- Con más apoyo el Orfeón estaría presente en muchos sitios nuevos, en Sudamérica o en Hong-Kong. El Orfeón es la entidad musical del Estado con el currículo más brillante. Hemos actuado en Salzburgo, en Jerusalén o con las filarmónicas de Berlín. El problema es que transportar a cien personas a cualquier sitio cuesta mucho dinero.
- El proyecto de nueva sede, que contemplaba un auditorio en Miramón, ¿es otra de las víctimas de la crisis?
- El proyecto está hecho, pero no podemos acometerlo sin ayudas. Y los tiempos son difíciles. Ese proyecto nació precisamente para dar viabilidad al Orfeón en el futuro. Una sede así nos da más independencia: tendríamos nuestro propio espacio escénico. Ahora, cada vez que vamos al Kursaal, todo 'empieza' por 20.000 euros. En nuestra propia sede no tendríamos ese gasto, dispondríamos de más espacio para nuestras aulas de formación o nuestros locales de ensayo. La sede permitiría también un resurgir de la música coral en el País Vasco. Ahora hay pocas condiciones y pocas ayudas: esa sede sería la gran casa coral, a la que invitaríamos a los otros coros para que actuaran también gratuitamente.
- ¿Cuál es el desafío que queda para los próximos 25 años?
- Ser perfectos. Lo intentamos todos los días.
- ¿Pero se puede ser perfecto, en la música o en la vida?
- La perfección no existe, y su no existencia es lo que nos lleva a perseguirla constantemente, en cada concierto. Y también te digo que la emoción de un momento musical determinado rebasa la idea de la perfección: va más allá.
- ¿Madrid sigue siendo la ciudad, después de San Sebastián, que mejor entiende al Orfeón?
- Nos entienden en todos los lados. En Madrid actuamos más, hay un auditorio que suena magníficamente y tenemos una larga tradición de público fiel. Pero en Murcia, Castellón o Lyon también nos aplauden mucho.
- Sus 25 años al frente del coro coinciden con los 25 años de la desaparición de Antxon Ayestarán.
- Fue un hombre genial e inteligente que puso las bases del Orfeón tal como lo entendemos hoy.
- O sea que el Orfeón, en su línea artística de siempre, necesita más cariño...
- Sí, los socios son un apoyo moral, un implicarse más: queremos fans que nos den cariño cercano en el día a día, no sólo cuando nos aplauden al final de un concierto. Del apoyo material ya se ocupan todas las empresas que colaboran con nosotros.
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