El discurso de despedida del secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, ante el congreso federal de su partido estuvo marcado por la emotividad, especialmente cuando se refirió al trabajo que han desempeñado sus compañeros del PSE para que el final de ETA esté hoy más cerca que nunca. El expresidente del Gobierno dijo en el tramo final de su intervención que, «aunque quizá sea mejor decirlo en voz baja, los socialistas tenemos que estar satisfechos porque es muy probable que nunca más vuelva a haber una muerte a manos de ETA». Zapatero recordó que el anterior Congreso, el de 2008, estuvo marcado por el reciente asesinato del exconcejal de Arrasate Isaías Carrasco y afirmó que «lo más intenso y lo más gratificante ha sido ver a los compañeros y compañeras de Euskadi aguantar, no descansar, no dejar de soñar por alcanzar el final de la violencia».
Zapatero aseguró que, en sus siete años como presidente del Gobierno, siempre trató de «apoyar de manera permanente a todos los que han trabajado en la tarea de la paz y a los que de una u otra manera la buscaban». Al borde de las lágrimas, Zapatero añadió: «Por la convivencia en Euskadi, por su futuro, por eso que tanto hemos sentido tan de cerca, por eso por lo que hemos dejado tanto en el camino, compañeros de Euskadi, mi reconocimiento y mi gratitud para siempre».
«Aquí termina mi tiempo. Confío en que sabréis hacer bien las cosas. Adiós». Esas fueron las últimas palabras de un Zapatero con los ojos enrojecidos, pero que aguantó las lágrimas mientras el plenario del 38 Congreso Federal del PSOE, de pie, tributaba una cerrada ovación a su hasta hoy líder. En su discurso del adiós, hizo una férrea defensa de su gestión gubernamental, resaltó los logros alcanzados, pero sobre todo exigió una cosa a sus compañeros, preservar la unidad del partido por encima de todo.
La larga intervención de Zapatero, casi una hora, alternó los momentos tediosos, los más, con los mensajes emotivos, los menos. Fue una mezcla de informe de gestión del secretario general de un partido que se va con un resumen de casi ocho años de gobierno ante un auditorio que había asimilado hace mucho tiempo la marcha de su líder. No fue como en 1997, cuando Felipe González dejó a los socialistas con la boca abierta y las lágrimas en el rostro al anunciar por sorpresa su renuncia en otro congreso federal. Joaquín Almunia ni se despidió, dimitió la noche de la derrota electoral de 2000.
Zapatero no fue ajeno a los intensos movimientos subterráneos de las dos candidaturas en las últimas horas, con una caza a la desesperada del delegado y con maniobras de dudosa ética. Por eso hizo un encendido llamamiento a la unidad del partido después del congreso. Recordó que ha tenido «el apoyo más grande que ha tenido ningún secretario general» del PSOE y «qué bien se trabaja así».
Fue tal su énfasis en reclamar unidad y cohesión que después de decir que se agolpaban en su cabeza «los recuerdos y las emociones» de estos años, individualizó en José Bono, su gran rival en el 35 Congreso, lo que debe ser el día después del cónclave socialista. Señaló que ganar el congreso de hace doce años fue «importante», pero no lo fue menos lograr «la amistad y la lealtad» del expresidente castellano-manchego.
Zapatero quiso dejar claro que si se iba no era por su gestión en el Gobierno, la que ha llevado al PSOE a su crisis más profunda de la historia reciente, sin apenas poder territorial y municipal, y con el grupo parlamentario más pequeño desde la recuperación de la democracia, con 110 diputados. Si abandona el barco, vino a decir, es por convicciones democráticas y por su defensa de la limitación de mandatos.
Atisbo de autocrítica
Sobre la crisis, hizo un atisbo de autocrítica por «la tardanza» en admitir su existencia, pero rechazó las críticas por «imprevisión» en la toma de decisiones. «Trabajamos dando respuesta en cada momento a la circunstancia que se producía», dijo. Y el resultado, subrayó, es que España, a diferencia de otros países del entorno, no fue intervenida. Ése, prosiguió, era el objetivo del drástico ajuste del gasto de mayo de 2010; ése y «mantener al máximo la cohesión social», precisó.
Zapatero animó a predicar con el ejemplo. Si en la última legislatura reprocharon a la oposición su falta de sentido de Estado y colaboración para hacer frente a la crisis juntos, los socialistas ahora deben aplicarse el cuento. «El PSOE no tiene como objetivo derrotar al PP sino a la crisis», y si para ello es necesario cerrar filas con el Ejecutivo, habrá que hacerlo, afirmó.
Anoche se votó el informe de gestión del que ha sido hasta ahora secretario general del PSOE, que fue apoyado por 734 delegados, mientras que 21 votaron en contra y 53 se abstuvieron.