Los socialistas españoles están reunidos nada menos que en su 38º congreso a punto de revelarnos el secreto que guardan sus 956 delegados sobre si el futuro inmediato del PSOE llevará el apellido Rubalcaba o Chacón. Estas últimas semanas todos sus dirigentes, incluidos los candidatos a la secretaría general, se han afanado en tranquilizarse a sí mismos asegurando ante la opinión pública que el partido socialista saldrá unido y más fuerte del cónclave de Sevilla. Es decir, como siempre. Pero nunca se había dado una situación como ésta, y la resolución entre solidaria y apañada de crisis anteriores en ningún caso es garantía de que, tras tan igualado pulso entre dos aspirantes al liderazgo socialista, militantes por un lado y votantes por el otro puedan reconocerse en el partido que salga del congreso.
La señal más inquietante que han ofrecido los contendientes es la de su deliberado 'fair play'; su renuencia a subrayar las diferencias que se supone debieran separarles; su obstinada repetición de mensajes en clave que no es seguro que sus propios seguidores supieran descifrar. Inquietante porque una de dos, o es el reflejo de una contienda absurda e inercial, en la que Chacón y Rubalcaba se embarcan no se sabe muy bien cómo y para qué, o la soterrada liza entre aparatos oculta agendas que solo se conocerán mucho después del congreso y cuyo contenido exacto, por imponderable, no está hoy ni siquiera al alcance de los candidatos. Con la ponencia marco y los pronunciamientos de ambos en la mano no es fácil de explicar que persistan dos aspirantes, y mucho menos que, por el mismo precio, no haya surgido un tercero e incluso un cuarto contendiente.
Si de lo que se trata es de interpretar señales, la sentida renuncia de Carme Chacón a disputar las primarias con Alfredo Pérez Rubalcaba fue toda una invitación a que éste, de fracasar electoralmente, hiciera lo propio en la siguiente ocasión. Es verdad que aquella retirada adquirió la dramática apariencia de un desistimiento poco menos que definitivo. Pero si después del descalabro del 20-N la noticia de que Chacón se postulaba para la secretaría general no condujo a Rubalcaba a rehuir la pelea es de suponer que el exvicepresidente contaba con poderosas razones y con peticiones igualmente convincentes para aspirar a la máxima responsabilidad en la dirección socialista. «Nada peor que un vacío de poder» le dirían unos; «peor sería dejar el partido en manos de no se sabe quién» le advertirían otros. Y entre que no se ha arrugado nunca y se sentía responsable de cómo quedaba el partido tras la mayoría absoluta del PP, pues adelante: todo menos que Chacón deshilache aun más el maltrecho legado.
No es fácil imaginar cómo 956 delegados que han sido elegidos como tales por formar parte del tramo superior de la pirámide socialista en cada una de las provincias podrían impulsar una renovación en toda regla del partido, a no ser que cada uno de ellos proceda a su personal transfiguración. Pero la metamorfosis puede darse simplemente porque entre pasillos y conciliábulos sean las urnas las que saquen el cónclave fuera de control. En otras palabras, al congreso debe partírsele el eje para que Carme Chacón salga victoriosa. Frente al previsible Rubalcaba la exministra encarna el atractivo de lo imprevisible; esa mezcla de ilusionismo y desesperación que acompaña a todo tiempo de zozobra, además de la máxima ignaciana de no hacer mudanza. Si el discurso maestro del vicepresidente decepcionó a los propios bastante antes de que comenzara la campaña de las generales, hoy puede ser el momento de los juegos de palabras que Chacón lleva memorizados. Un cambio seguro, pero seguro que un cambio.
Si gana Rubalcaba serán pocas cosas las que varíen en el PSOE en cuanto a sus mecanismos de decisión. Aunque la ausencia opositora de estas últimas semanas dará paso a una presencia parlamentaria y pública que se verá obligada a nutrirse más de las contradicciones en las que incurra el gobierno Rajoy que de las virtudes socialistas. Si gana Chacón casi todo será distinto y el partido experimentará probablemente la mayor transformación orgánica que haya conocido el socialismo español hacia su afrancesamiento; hacia su apertura total pero también hacia la irrupción de núcleos de influencia ajenos a la tradición de las agrupaciones socialistas. A no ser que hoy se produzca un corrimiento de posturas tal que dote a la candidata de una amplia mayoría a la que ceñirse, lo que obligaría a Rubalcaba a retirarse en el último momento.
Porque ahí sí que se atisban las diferencias entre los contendientes. Chacón puede saberse perdedora de antemano sin por ello renunciar a medir sus fuerzas. Pero si Rubalcaba no se asegura el triunfo antes de la votación la retirada en el último momento se convertiría en su servicio final a la causa para lastrar así el vuelo libre de la secretaria general. Claro que de ganar, Rubalcaba no contará con Chacón. Mientras que de salir vencedora ésta no podrá contar con Rubalcaba. Una Chacón derrotada deberá medirse en el futuro con esa tercera o cuarta opción que esta vez no se ha atrevido a personarse, y que Rubalcaba se encargará de propiciar. Por eso hoy se dirime un pulso definitivo. Y no solo para el futuro político de los aspirantes. Lo es también para la organización política de eso que hasta ahora ha representado el PSOE.