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04.02.12 - 01:52 -
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Según la antropología moderna, el momento evolutivo en el que puede afirmarse que se inicia la andadura de la especie humana es cuando se producen los primeros enterramientos. Ni siquiera el uso de herramientas o la aparición del lenguaje supone algo tan epifánicamente humano como el hecho de dar sepultura a los muertos. Somos sepultureros. Ninguna otra especie lo es. Y eso nos define aún más radicalmente que el hecho de que podamos hablar o pilotar aviones. Por eso, no dar sepultura a los antepasados ocasiona una violencia interior que no encuentra descanso. Últimamente se han exhumando algunas tumbas en este tremendo país. Pequeños féretros vacíos de niños robados. Y grandes fosas comunes de gente asesinada y amontonada de mala manera. Gente que tenía nombre. Que tenía padres y que tenía hijos. Cuando empezaron las exhumaciones, el cardenal Rouco dijo que «a veces es necesario saber olvidar». Utilizó la palabra «saber». Yo aduciría que a veces lo difícil es poder olvidar. Les exhorto a leer la carta manuscrita que María Martín envió a Garzón. La memoria nunca te deja en paz. Es insoslayable: está ahí. No es una caja que uno pueda cerrar voluntariamente. No es un plato que uno pueda apartar de sí para no sufrir. No es una película que uno pueda negarse a ver porque es amarga y terrible. Está ahí todo el tiempo. En realidad, eso es lo que somos: memoria. La gran paradoja del ser humano es la de verse proyectado hacia delante sin poder olvidar su pasado. Con el agravante de que, cuanto más doloroso es, cuanto más lacerante resulta la injusticia que permanece irresuelta y cuanto más nos gustaría librarnos de él para poder seguir adelante, más se empeña él en perdurar. De hecho, recordamos para saber quienes somos. ¿Cómo puede pedírsele a alguien que se olvide de eso? Sabiendo, además, que lo que más caracteriza a la naturaleza humana es su fe en la verdad y su sed de justicia: esa arraigada confianza insensata y romántica (pero en el fondo tan sustancial e irrenunciable), que nos hace creer que el mal será finalmente enmendado y seremos, tarde o temprano, desagraviados de la injusticia que se cometió con nosotros. Quizá la historia ya ha juzgado el franquismo. No estoy seguro, pero bueno. De todos modos, otra cosa son los casos y testimonios personales. Y en eso estamos. En las dictaduras de largo recorrido el tiempo se aplaza con respecto a la posibilidad real de poder clamar justicia. Hay que esperar a que acaben. Y luego hay que seguir esperando para hacer una transición llevadera. El dulce alivio del olvido, si llega, aunque tarde, llegará tras un entierro digno. Lo insepulto no puede olvidarse. Justicia es restablecer un equilibrio que ha sido alterado. Mientras sea posible, hay que hacerlo. Nadie puede establecer una fecha de caducidad para eso.
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