Zarauztarra, licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, su mundo fotográfico es, precisamente, publicitario: campañas y eventos. Con estudio en Meagas, ha viajado a China y Tailandia. Pero sus andanzas por La India, base de su exposición en el bar de la esquina Zabaleta con Avenida de Navarra, han sido su primera expedición fotográfica.
– Si vamos al monte vamos al monte y cuando vamos a hacer fotos...
– ¿No crees que tengo razón? Mis amigos me llaman y me dicen ‘Vamos al monte y tiramos unas fotos’ o ‘Vamos a Getaria a comer y echamos unas fotos’. Yo me niego. A ver, si vamos al monte, vamos al monte. Y si vamos a sacar fotos vamos a ello, con esa idea y ese objetivo. No se pueden mezclar las cosas. Tu disposición mental, vital y artística es distinta si vas a una cosa u a otra.
– Lo explica cristalino el chiste ese de ‘¿Estamos a setas o a Rolex?’
– ¿?
– Ya te lo contará alguien, tranquilo. ¿Por eso dices que tu viaje a La India fue expedición fotográfica? ¿Los de China y Tailandia, no?
– El de China bastante pero Tailandia fueron vacaciones. Además, en La India me vi en la urgencia y necesidad de tener siempre la cámara conmigo y me encontré con que debía entrenar a tope la mirada, eso que llaman ‘ojo de fotógrafo’.
– Creía que eso de cargar siempre con la cámara era uno de los mandamientos de la Fotografía...
– Depende.
– ¿De qué?
– Del mundo fotográfico en el que te muevas. El mío, el de la publicidad, las campañas, las bodas, me lleva a estudiar y planear mucho. Busco y encuentro la luz, el encuadre, el escenario que necesito. Y cuando lo tengo todo como yo deseo, hago la foto. Me sucedió incluso en Tailandia: sabía a qué hora salía el sol, cuándo se ponía y cómo lo hacía. Solo debía esperarlo con mi cámara preparada. En la seguridad de que a no ser que hubiese monzón, la foto deseada me iba a aparecer.
– ¿Y qué pasó en La India para que todo cambiase?
– La idea misma del viaje, de la expedición. Fui a experimentar esa otra fotografía de la que te hablo, esa que te obliga a parar el taxi en el que vas porque tu ojo, entrenado para ser un buen ojo de fotógrafo, ha visto algo que debes atrapar inmediatamente. Píllalo con la cámara que llevas. Hazlo ya o lo perderás para siempre. No se repetirá.
– Suena entre apasionante y agobiante.
– Lo es pero también resultó ser lo que había ido a buscar.
– ¿Hallaste una luz diferente?
– No.
– No me esperaba esa respuesta.
– Pero es que la luz de La India no es distinta a otras luces. La diferencia radica en la forma que tienen ellos de buscarla y encontrarla. Hasta de provocarla.
– ¿?
– ¿De qué están hechos nuestros monumentos?
– ¿Mayormente? De piedra.
– Pues allí son de mármol. Y el mármol...¡brilla! Y el sol cuando se refleja en él crea colores increíbles. Pasa también con la ropa, la ropa de las mujeres indias. Y de los hombres. Parece que quisieran aclarar el color de cobre de su piel usando rojos, platas, amarillos, rosas. Tonos que brillan al sol y rebotan en tu cámara. Y luego están esos ojos tan profundos que te miran desde...
– ¿Muy lejos, muy dentro?
– Exacto. Desde el fondo. Y es que se los pintan desde niños. Se los pintan de un negro muy profundo.
– ¿Te sentiste a gusto en La India?
– A ratos. A quienes vean mis fotos, estos hombres y mujeres les parecerán muy exóticos; ellos piensan lo mismo de nosotros. No creas, en muchas aldeas no han visto demasiados occidentales de carne y hueso. ¡Nos sacaban fotos! Con sus móviles y cámaras compactas. Podías entonces establecer el juego de tú a mí y yo a tí pero otros actuaban, lo juro, en plan paparazzi, ‘voyeur’. Como en todos los sitios, hay gente muy legal pero para otra, y lo entiendo porque los japoneses en Madrid o los franceses que potean por aquí sentirán lo mismo, eras simplemente ‘dinero que se mueve’, una visa andante. Pero la experiencia más fuerte fue con las mujeres
– ¿Hermosas?
– Sus rostros cuentan vidas enteras. Pero no me refería a eso. Pensaba en momentos en los que tuve que apartar la cámara porque notaba que si las fotografiaba, sus hombres las maltratarían. Vi en ellos maneras y formas que me resultaron odiosas.