«Parece Navidad», gritaba emocionado un niño de corta edad en Pasaia a su madre ante la cortina de nieve que se interponía entre él y el objetivo de la cámara con la que estaba a punto de ser inmortalizado. La escena se repetía en toda Oarsoaldea. Nadie quería quedarse sin una foto de los paisajes con los que amaneció el día. Pese al frío, fueron muchos los que salieron a la calle para disfrutar de estampas propias de un cuento.
La motora que cruza ese estrecho brazo de mar que separa a San Pedro de Donibane no cesó de trabajar durante toda la jornada, incluso cuando a mediodía la nieve cayó con más fuerza y el viento se empeñó en azotar los copos, esparciéndolos por los tejados de las casas que se asoman a la bahía. Sólo durante unos segundos su motor se empeñó en no arrancar, pero la pericia de Pedro Arrieta acabó con cualquier asomo de resistencia.
«¡Ponle cadenas Peio! Que si no, no marcha.». «A ver si va a descarrilar... Ten cuidado», bromeaban varios sanjuandarras apostados junto al Humilladero de la Piedad.
Pedro volvió a poner rumbo al embarcadero sanpedrotarra, donde la aguardaban quienes a diario hacen su reparto de pan y otros productos de primera necesidad. El día empeoraba, pero Pedro lo encaraba con buen humor.
«No pasa nada. Esto es cuestión de abrigarse y ya está. Me he puesto guantes para llevarlo mejor», comentaba sin detener su singladura de un lado a otro de los 'Pasaias'.
Casi tantos viajes como la motora tuvieron que hacer los butaneros Mustafá y Eduardo. A su llegada a la Plaza Santiago, se convirtieron en los más reclamados por los vecinos del distrito. Todos ayer parecían necesitar una bombona de butano con la que hacer frente a la bajada de los mercurios.
«Hoy vamos a estar sin parar hasta las cuatro de la tarde», señalaban, mientras confesaban no dar abasto porque los pedidos se multiplicaban. «De repente, todo el mundo nos pide que le llevemos una bombona a casa y no hemos traído suficientes para todos. Tendremos que volver más tarde, si podemos», aseguraban.
En los alrededores de la Central Térmica de Iberdrola, el carbón se teñía, como por arte de magia, de un sorprendente color blanco, que llamaba la atención de los pocos transeúntes que se atrevían a ir a Lezo andando. A pocos metros, los operarios echaban sal para evitar resbalones. Entre ellos se encontraba todo un campeón, el patrón de remo y figura del canicross Juanmari Lujambio.
Para un auténtico conquistador del fin del mundo, la nieve que ayer caía en buena parte de Gipuzkoa no era nada comparada con las hazañas vividas 'por exigencias del guión' en el hemisferio Sur. «Allí sí que pasé frío y hambre», decía.
Otros valientes subían hasta la ermita de Santa Ana para disfrutar de una vista de la bocana muy poco habitual. San Juan se vestía de un manto blanco, pero también San Pedro. Incluso el barco-museo 'Mater' cambiaba de apariencia y daba la bienvenida a los escolares que subían abordo transformado en una embarcación como aquellas que décadas atrás navegaban hacia Terranova.
En Trintxerpe, los efectivos de Protección Civil decidían hacer noche, por lo que pudiera pasar. Preparados estaban también los agentes de la Guardia Municipal, que recibían la orden de mantener en funcionamiento las escaleras mecánicas de la zona alta del distrito para evitar que el mecanismo pudiera helarse durante su parada nocturna.
En Errenteria, los quitanieves pasaban por delante de la Alameda, donde Pelukas, el kiosquero más activo de la villa, tomaba imágenes para el recuerdo. Se helaban los jardines, los coches, los bancos y hasta las fuentes, como la del querubín que sujeta entre sus manos un pez.
Los lezoarras más jóvenes jugaban a tirarse bolas de nieve muy cerca de la iglesia del Santo Cristo, que estrenaba una cobertura blanca similar a la de la casa consistorial.