Leerle a Modiano, no hay duda, es como tocar el fondo de la memoria. Pero ése es, solamente aunque tan variado, uno únicamente de sus preciados regalos. Memoria de autores, sobre todo, que se pudiera decir que se perdieron y se asoman, para sorpresa y alegría del lector, de esa caja mágica que abre este escritor. Nada más comenzar la novela, aunque para esto ya nos haya soltado una larga lista, y cargando la excusa sobre el nombre y la amplísima biblioteca -de plúteos rellenos pero aún más de sus tan grávidas neuronas-, de Maurice Sachs, nos cita a escritores como René Boylesve y Abel Hermant, cuyo rastro, en España al menos, no es posible encontrar en otro lugar que en la editorial Prometeo que fundó, en Valencia, Vicente Blasco Ibáñez, con títulos tan inolvidables para los que los hemos leído, como 'El perfume de las islas Borromeas' (Boylesve) y 'Trenes de lujo' (Hermant), que escribe Modiano que «a René Boylesve, aconsejo leerlo en verano, en Cannes o en Montecarlo, a eso de las ocho de la tarde, con traje de alpaca» y «las novelas de Abel Hermant requieren mucho tacto: hay que leerlas a bordo de un yate panameño, fumando cigarrillos mentolados.» una broma que no sólo no hay que tomarlo en cuenta sino además, agradecerle la cita con todo lo que nos resucita la memoria retroactiva y nos gratifica en el renuevo de tan viejas lecturas. A Modiano, como a todos los grandes lectores que un día se pusieron a escribir novelas, hay que agradecerle esos apuntes literarios que nos hacen engrosar la lista de los autores de culto (al mismo tiempo que lo incluímos a él mismo en ese ritual de latría) y que, leyéndolos nos van repasando viejas lecturas de grandes autores, siendo este aspecto mucho más atractivo que el de la misma urdimbre de la novela. O, siendo en este caso particular, al menos, parecidamente igual.
En esta 'Trilogía de la Ocupación', que según el introductor de esta obra, José Carlos Llop es «expresión de la crítica francesa Carine Duvillé», el paseo por este París, es increíblemente apasionante, bien que acaso sea preciso hacerse con un mapa de viejos tiempos ilustrado con míticos lugares y personajes, y dejar que la vieja memoria vaya rescatando matices y resplandores.
Siguiendo y persiguiendo la sombra del narrador, ese tal Raphaël Schlemilovitch, que tanto hace recordar por homofonía y hasta por trayectoria aquella maravillosa historia de 'Peter Schlemiel, el hombre que perdió su sombra' según la creadora imaginación de Adelbert von Chamisso (1781-1838), la aventura del seguimiento se convierte muy pronto en fruición, cuando sin darnos tiempo suficiente ni siquiera para el necesario respiro, nos cita a nombres como Proust, Dreyfus, Barrés, Zola, Déroulède, Valery Larbaud, Scott Fitzgerald, David Copperfield, condesa de Ségur, Cléo de Mérode, Otero, Andersen, y un tan larguísimo etcétera que, de persistir aquí en ir citando nombres y más nombres, pronto nos quedaríamos estancados por falta de espacio. Es precisamente por esa riqueza nominal y por lo que su cita comporta, por lo que esta primera novela 'El lugar de la estrella' (simbólicas las dos estrellas, 'Arco de Triunfo', 'amarilla de David'), nos arrastra, y nos adentramos en la segunda, 'La ronda nocturna', en la que la ciudad de París se nos abre en tan distintos aspectos y de la que supimos antes de conocerla realmente, París también de recuerdo y devoción, y, en cuanto a la tercera novela de esta trilogía, 'Los paseos de circunvalación', mejor volver a las peculiaridades biográficas del autor, o, mejor aún a las de su padre, y a las de su nacimiento, haciendo hincapié en lo esencial de la trilogía, que, según el propio autor «No es la Ocupación histórica la que describo en mis tres primeras novelas, es la luz incierta de mis orígenes. Ese ambiente donde todo se derrumba, donde todo vacila.»