La revuelta está a las puertas de Damasco, pero la alternativa al régimen sigue sembrando gran incertidumbre entre los ciudadanos de a pie para evitar otro proceso como el de la plaza Tahrir de El Cairo. La cabeza visible de la oposición política es el Consejo Nacional Sirio (CNS), al que los aliados del régimen denominan 'Consejo de Estambul' -por haber sido constituido en Turquía- y al que acusan de ser un organismo en manos extranjeras y sin apenas arraigo entre la población. «Es complicado que alguien te conozca en Siria después de 42 años de dictadura», asegura su máximo representante en Damasco que, por supuesto, prefiere mantenerse en el anonimato.
Su vida está marcada por la lucha contra el sistema, lo que le ha llevado a prisión en varias ocasiones, pero ahora considera que se ha «llegado a un punto de no retorno». «La gente ha perdido el miedo a hablar y dice lo que piensa sin importarle el castigo. Hay activistas a los que han encerrado por manifestarse tres veces y siguen saliendo a la calle», sostiene.
La oposición interna en Siria está fragmentada. El régimen ha legalizado recientemente cuatro nuevos partidos, y autoriza las reuniones de movimientos que hasta ahora estaban absolutamente prohibidos y que piden cambios en el sistema. Son pequeñas aperturas incluidas en el plan de reformas propuesto por Bashar el-Asad para intentar superar la crisis. «No hay nada que hablar con esa familia, solo aceptaremos negociar con el régimen cuando El-Asad haya dejado su puesto y podamos preparar la transición», apunta de forma tajante y cierra cualquier posibilidad de diálogo, como propone Rusia.
A las dudas de la población, el representante del CNS responde con un programa cuyas prioridades son «una democracia que incluya a todos los sirios, el fin de los privilegios, la reforma de las fuerzas de seguridad y la ilegalización del Baaz». Y sobre los temores en torno a una guerra sectaria los califica de «una herramienta que ha intentado usar el régimen desde el primer día para satanizar la revolución».
Un mismo movimiento
Después de unos primeros meses de manifestaciones pacíficas, la revolución en Siria pasó a una fase con presencia de grupos armados que ahora se engloban dentro del Ejército Sirio Libre (ESL). «Desde hace dos semanas se nos puede considerar un mismo movimiento con una rama política y otra militar. Sobre el papel parece claro, pero sobre el terreno no hay un control real sobre ellos y hay muchos grupos diferentes», apunta el entrevistado, que sigue muy de cerca el estallido revolucionario en los barrios que rodean Damasco.
«Ya no pueden controlar la situación y estamos activos en Damasco y Alepo. Su gran temor ahora es que la población tome una plaza al estilo de Tahrir», afirma el responsable del CNS en la capital siria. Aun así, está seguro de que «es cuestión de tiempo» que esto suceda. «Cada día son más débiles y estamos seguros de que el Ejército no está dispuesto a ir hasta el final con El-Asad».
En las calles del suburbio de Saqba, de la capital siria, se pueden ver las cicatrices de la batalla de los últimos cuatro días. Sus habitantes muestran los impactos de los disparos de tanques contra bloques de viviendas, tiendas y mezquitas. La plaza donde el viernes pasado miles de vecinos se congregaron para celebrar los funerales por los mártires de la revuelta es ahora un lugar muerto, con postes de luz en el suelo, y las marcas negras de las barricadas de fuego en el asfalto. Las trincheras de sacos terreros abandonadas son la única huella que queda de la presencia de los milicianos del ESL. Nada más.
Tras cuatro días de combate ya no se escuchan disparos ni explosiones. El Ejército controla los accesos y las fuerzas paramilitares patrullan las calles. Pero en un colegio, no muy lejos de las calles principales, tres milicianos del Ejercito Sirio Libre con la cara tapada por pañuelos custodian una especie de montículo de plásticos, mantas y tierra en un colegio. Cierran la puerta y comienzan a remover la pila para dejar a la luz el cuerpo de seis milicianos que perdieron la vida en los combates del fin de semana. «No los podemos enterrar, ni se los podemos entregar a sus familias porque nos matarían a todos si nos sorprenden», lamenta uno de ellos.