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El don preclaro

01.02.12 - 02:20 -
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Dejó escrito el poeta (A. Machado, 1875-1939), que, «de toda la memoria, sólo vale/ el don preclaro de evocar los sueños». Antes de llegar a esta conclusión tan totalitaria, había recurrido al recuerdo «del pasado soñar los turbios lienzos» y a ese (este, aquel) «día triste en que caminas/ con los ojos abiertos», que todos -no solamente él- anduvimos y andamos. Pese a todo, y a la remembranza de los sueños como único bagaje de la memoria, puede agregarse algo más, muchas más sensaciones de todo tipo, que es que, mientras se persiste en ese caminar apesadumbrado (que la tristeza es compañera persistente del caminante por los abrojos de la vida) se han ido acumulando otras experiencias, otros devaneos del sentimiento, el placer de compañías y amistades que, cuando nos dejan, se nos clavan aún más puntiagudos, pinchazos que se nos penetran en clavija tan dolorida como es la soledad, que al conjuro de esta palabra se asoman a la memoria de quien tiene la cabeza llena de ellos, otros muchos más poemas de distinto jaez y procedencia, pero enraizados preferentemente en esa amistad ya dicha y que la muerte de un amigo puede dejarnos en muda impotencia como siempre ocurre, lo que hace que haya sido ésa, precisamente, la situación vivida por mí estos pasados días, y que hace clasificar a la amistad como 'preclaro don', de parecida manera como a sus sueños clasificaba el poeta.
Un tal Marco Tulio Ciceron (106 a.C.- 43 a.C.) escribió un tratado sobre la amistad y le otorgó los máximos elogios, como era de ley que los otorgase. Y, lo leyera o no don Adelardo López de Ayala (1828-1879), no le fue sin embargo imprescindiblemente necesario leerlo para escribir en su famosa 'Epístola a Emilio Arrieta'), que, «de nuestra gran virtud y fortaleza/ al mundo hacemos con placer testigo;/ las ruindades del alma y su flaqueza/ sólo se cuentan al secreto amigo», y, para mejor gozar de ese don, buscó, «retirado de las gentes,/ de la amistad los dulces beneficios». Sucede que, de no morirnos jóvenes, que es cuando los lirios se tronchan sin posibilidad de ajarse por el paso aleve del tiempo, la única alternativa que nos queda es ir envejeciendo, muy lentamente a veces como en el caso de mi amigo recientemente fallecido, que llegó de esta manera, lenta y suave, paso a paso, año tras año, a muy difíciles calendarios para el común de los mortales. Es el caso, por lo tanto, de que, de su paso al otro lado del tapiz, nunca hubiera podido decir el poeta como de su amigo dijo de manera tan inimitable, es decir, que «temprano levantó la muerte el vuelo,/ y que temprano madrugó la madrugada», que, en este caso, «han sido muchos años en el suelo,/ viviendo muy feliz su todo y nada» (Y perdóneseme el ripio de la fácil coda, excusable en todo caso si por contagio de la rima algo pudiera excusarse). A esos muchos años por él vividos, contribuyó sin duda, su envidiable pergenio de hombre matriculado en la asignatura de la vida con todas las notaciones y haberes a su favor, sanidad de cuerpo y mente, sentido del humor en plenitud con pujos propios de acendrada personalidad, bondad tan amplia e intensiva que fuera difícil encontrar a alguien que pudiera decir nada negativo sobre él, es cierto, pero tan difícil o más aún encontrar algo de lo por él dicho desclasificando a nadie. Pero, a pesar de ello, y como es de esperar por todo nacido, no importan nada ni siquiera los ángulos más rectos del existir cuando se sabe que la inexorable Muerte -en mayúsculas siempre- nunca quiso entender de matices sino de su ley absoluta, y, en este caso, esperó en el quicio del accidente para llevárselo en volandas haciendo que, de esta manera, se cumpliera su destino.
Recordaba yo, al filo de la muerte de este querido amigo y ante la anquilosada espera ante su cuerpo en el tanatorio, envuelto en esa especie de nube que la tristeza nos extiende como manto pero que hace germinar no se sabe qué virus de memorias encajadas en los nudos neuronales acaso, esa larguísima tradición elegíaca que tiene a la muerte por protagonista.
Ante el cadáver del amigo y más o menos devastado por los pensamientos que en tales momentos asoman, resaltaron las que nos muerden con las ganas de retar a la muerte en sus supuestos dominios de victoria suprema, que arranqué yo en mí mismo, en íntimo pensar ante la circunstancia y el momento, con aquella alocución, treno si así pudiera decirse -apóstrofe, provocación, aguijoneo en las ijadas de lo inútilmente yerto salvo la rebeldía del dolor-, que se encierra en la exaltación de Paulo en su Primera Epístola a los Corintios (15, 55): «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¡dónde, oh sepulcro, tu victoria?», añadiendo que si G.A. Bécquer (1836-1870) se quejó, con razón, de «¡qué solos se quedan los muertos!», lo cierto es que también es verdad lo solos que nos dejan.
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