Mitt Romney recitaba el sábado en un mítin de Florida los incansables ataques al pasado 'lobista' de Newt Gingrich que han ampliado su ventaja en las encuestas hasta 20 puntos , cuando un espontáneo del público le interrumpió. «¡Mándale a la Luna!», gritó. La Luna, donde el candidato de las «ideas grandiosas» ha prometido montar una colonia permanente al final de su hipotético segundo mandato, «no está en nuestros planes», dijo el exgobernador de Massachusetts con una sonrisa.
Gingrich ha sugerido incluso que esa colonia imaginaria se convierta en el 51 Estado de la Unión, pero para eso tiene que ganar antes el Estado más importante de estas elecciones, Florida, donde Romney confía en recuperar su liderazgo esta noche.
Los 50 delegados en juego que se atribuirán al ganador de las terceras primarias que se celebran este año, además de los caucus de Iowa, son el premio gordo de la campaña pero también el del desempate. Rick Santorum ganó Iowa tan tardíamente que no pudo beneficiarse del impulso, mientras que Romney se llevó New Hampshire y Gingrich Carolina del Sur. Con Santorum siempre batallando por el tercer puesto, el verdadero pulso está entre el mormón que quiere gobernar el país como la empresa de capital de riesgo que fundó y el exportavoz del Congreso.
La Luna ha ejemplarizado para muchos votantes la acusación de «errático» que se le hacía a Gingrich desde su propio partido, el Republicano, que es el más conservador. «Gingrich es alguien que tiene una idea distinta a cada minuto y todas disparatadas», recordó el exsenador y excandidato presidencial Bob Dole. «Casi nadie de los que ha trabajado con él en el Congreso le ha apoyado. Eso habla por sí solo. Es una persona que siempre va por su cuenta. Las cosas son a su manera o a la tremenda». Cuando le preguntaron si el exportavoz del Congreso tiene alguna posibilidad de ser presidente, Dole resumió sin querer el sentir del aparato del partido: «Espero que no».
Candidato antisistema
Comentarios como ese han permitido que Gingrich se bautice como el candidato antisistema que atrae al Tea Party, pese a llevar más de 30 años en Washington. «Si quieres poner de mal humor a un progresista, ¡vota por Newt Gingrich!», propuso la excandidata a vicepresidenta Sarah Palin.
El viejo lobo de 68 años que ve en esta batalla su gran oportunidad de ser presidente está dispuesto a llevarla hasta el final, aunque las encuestas vuelvan a acertar esta noche. Sus contratos con Freddie Mac, una empresa hipotecaria a la que se culpa parcialmente de la crisis, le han servido mal en un Estado que ha pagado cara la burbuja inmobiliaria, y sus comentarios sobre el español, que una vez llamó «el idioma de los guetos», han sido explotados en la campaña publicitaria pro Romney.
Gingrich sale de Florida con apenas 457.000 euros en caja y una ristra de Estados por delante donde la influencia mormona favorecerá a Romney, pero con una estrategia clara: ser el candidato de los que quieren a cualquiera menos Romney. «Cuando sumas todos los votos de quienes no son Romney es muy probable que en la convención haya una mayoría que no sea Romney», dijo al salir de una megaiglesia evangélica. Allí es donde busca su suerte. Los líderes evangélicos han apoyado a Santorum, con cuyo 12% de la intención del voto podría hacer frente al exgobernador de Massachusetts, pero el exsenador de Pensilvania, que ha pasado el fin de semana en un hospital de Virginia donde su hija de tres años ha esquivado la muerte, todavía no se retira.