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Zombies bajo el arco iris

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Zombies bajo el arco iris

Si hay muertos vivientes, están en 'Crackolandia', un barrio de Sao Paulo que se ha transformado en el peor lugar del mundo. O casi.

29.01.12 - 02:41 -
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Ese arco iris debe ser un espejismo, una alucinación colectiva generada por los vapores de la droga que cubren Crackolandia. Porque, de verdad, nada bonito puede encontrarse aquí. El estómago más duro se revuelve al ver a esa mujer de vientre prominente fumando una pipa de crack mientras discute con otro 'zombie'. Calada tras calada, humo infumable directo al feto que crece en su útero ajeno a la fealdad que le rodea. No tendrá música de Mozart junto a la tripa; tan solo el chisporroteo de las piedras de pasta de cocaína con bicarbonato sódico al ser quemadas, un crepitar de palomitas siniestras que da nombre a esta droga.
Esta zona de Sao Paulo se llama en realidad Barrio de Luz, en honor a la estación de trenes de fines del siglo XIX que exhibe su belleza entre tanta miseria. Pero nadie lo conoce por ese nombre. Los años 80 pusieron de moda esta droga barata que llega al sistema nervioso en segundos y cuyo efecto dura, como mucho, diez minutos. Un viaje demencial en uno de esos tiovivos que no valen lo que pagas y se acaban antes de tiempo, dejándote enfadado y con ganas de más. Después, la depresión y la ansiedad. Y vuelta a empezar. Las pipas arden en Crackolandia. Hasta treinta veces al día por persona, entre 3 y 10 dólares (2,7 y 7 euros) cada una... Habrá que robar de nuevo para hacer frente a los 200 euros diarios que puede llegar a costar la adicción. Al final, no tan barata.
Pero aquí no solo hay niños en el vientre de sus madres. También los hay que lo abandonaron no hace mucho. Críos que no han cumplido ni 10 años se sientan en la acera y fuman 'en tubo', pipas fabricadas con un cilindro metálico que muchas veces es una antena de radio; por él introducen un alambre del que cuelgan la piedra. Otros se hacen cigarros y lo mezclan con marihuana, lo que recibe el acertado nombre de 'diablito'. Nadie preguntará a estos pequeños por sus padres, nadie les dirá que vuelvan a casa, si es que la tienen, o les guiará hasta alguna ONG. Para ellos no hay pelis de Disney. Sus chucherías no son nubes de azúcar ni regaliz de palo. Aquí no hay reglas, ni sexos ni edades. Con el crack no hay desigualdades. Todos en la misma noria: ahora arriba, diez minutos después, abajo. La dependencia es brutal.
Estas calles llevan muchos años invadidas por los caminantes -unos 2.000 entre drogadictos e indigentes en una ciudad de 11 millones-. Sucios, harapientos, arrastran sus pies, y tras desgastar las piedras de su pipa se quedan dormidos en cualquier lugar. Algunos ni se molestan en despertar y pasan a engrosar la lista de caídos de Crakolandia. Y aunque perdieron su esencia en algún momento, diluida entre el humo que exhalan, en los ojos sin brillo de los que siguen en pie subsiste una chispa de lo que fueron. A ese pequeño destello se entregan las organizaciones que tratan de devolver la vida a estos zombies que, como los de ficción, sólo piensan en una cosa.
Protestas y barbacoa
Voluntarios y trabajadores sociales, que confían en el milagro y luchan por rescatar a quienes no quieren ser rescatados, se manifestaron la semana pasada contra una operación gubernamental para recuperar la zona que envió a 300 policías militares. El Ejecutivo de Dilma Rouseff ha aprobado una partida de 2.200 millones de dólares (1,7 millones de euros) para luchar contra esta «epidemia de crack», tal como la definió el ministro de Salud, Alexandre Padilha, quien aportó datos: desde 2003 hasta el año pasado, los «dependientes químicos» se multiplicaron por diez hasta llegar a 1,2 millones de adictos entre 193 millones de brasileños.
Así que los 300 policías irrumpieron en Crackolandia y se emplearon a fondo con balas de goma y gases lacrimógenos para dispersar a estos espectros que más que golpes necesitan bálsamo. En otras ocasiones ya se ha tratado de expulsar a los yonquis, mendigos, putas, manguis y camellos que al llegar la noche montan aquí su imperio. Esperar que se diluyan es poco realista, así que los caminantes, torpemente, se instalan unas calles más abajo, otras más arriba...
Aparte de criticar los métodos, las ONG desconfían de los motivos; no hay que olvidar que el Mundial de Fútbol de 2014 está a la vuelta de la esquina. Rodrigo Vinagre, miembro de una organización de ayuda a los indigentes, argumenta que esto «forma parte del proyecto 'Nova luz', destinado a impulsar el valor de la propiedad en la zona». Él, junto a otras decenas de voluntarios, organizaron el sábado pasado una barbacoa para alimentar a los 'residentes' y protestar por esta «tentativa violenta de sanear el área» y «criminalizar la pobreza». Aquél sí resultó un día bonito. Quizás al final fuera de verdad ese arco iris.
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