Enrique paga «la deuda» contraída hace siete años con la asociación Ekintza Dasalud con su testimonio, que es la terapia que utiliza para ayudar a otros padres que, como él, vieron a sus hijos hundirse con el juego. La familia, dice este guipuzcoano, hereda la mochila de dolor y angustia que el enfermo descarga cuando asume el problema y pide ayuda. «Yo he visto llorar a muchas más familias que a enfermos en la asociación», apunta. Quizá porque para cuando el afectado toma consciencia del problema ya ha iniciado su propia rehabilitación, pero a la familia todavía le queda un largo camino por recorrer hasta curarse. Enrique dice que a él todavía le acecha de vez en cuando «la preocupación» de que su hijo pueda recaer. Solo ha ocurrido una vez, al año de terminar el tratamiento y de recibir el alta. «Llevaba un mes jugando y nos lo contó. Su error fue pensar que estaba curado y que podía volver a jugar en sus ratos de ocio. Pero la ludopatía es una enfermedad crónica».
A las personas que alberguen sospechas sobre el comportamiento de algún familiar o amigo les recomienda «estar muy atentos a los signos», porque antes o después la ludopatía acarrea problemas de dinero, que se traducen en deudas, mentiras, mal carácter. A ellos se les encendió la alarma cuando su hijo, que entonces tenía 22 años, empezó a retrasarse en la hora de llegada a casa a la noche. «La cena es nuestro momento de estar en familia. Empezó a llegar tarde y a poner excusas. A la enésima empezamos a sospechar que algo le pasaba», cuenta Enrique. Fue al comprobar en los extractos bancarios que el chaval, que por entonces trabajaba, llegaba a sacar 100 euros al día de la cuenta cuando supieron que el problema era serio. «O algo de drogas o el juego», dice Enrique que pensó. Acertó. «Hablé con él y se derrumbó. Aquella conversación le supuso un desahogo, porque pudo liberarse de todas las mentiras. Para entonces ya tenía clara la idea de que necesitaba ayuda. Incluso había buscado en internet el teléfono de la asociación». En nueve meses recibió el alta, pero Enrique decidió quedarse para servir de ayuda a otros padres que pasan por su misma situación. «Que se reconozca la ludopatía como una adicción como otra cualquiera es importante porque siempre ha sido una enfermedad incomprendida, como si fuera un vicio que elige el jugador, cuando no es así».