Hay unanimidad: Fraga ha sido un personaje clave de nuestra historia. Las discrepancias llegan al valorarlo. Algunos lo presentan ante todo como un padre de la democracia y motor del consenso que la alumbró. Para otros, simplemente ha muerto un franquista, como si no contase lo que vino después de la dictadura. No siempre cabe resumir la vida con el aprobado o suspenso que gusta a nuestros juicios.
Esto es particularmente cierto para una trayectoria que ha durado la friolera de sesenta años en primera línea, lo que no tiene parangón. Personalidad destacada en el franquismo, lo es también en el régimen democrático. Ninguna otra persona presenta esta ubicuidad ni permanencia.
También hay consenso sobre la personalidad excesiva de Fraga. Se cuentan sus salidas de tono, su autoritarismo, su sólida preparación... A fuerza de convivir con su imagen y las leyendas urbanas sobre sus ambiciones y desplantes, forma parte del paisaje amable del país, pero todo señala que daba en personalista y antipático, pues no suele ser agradable la exhibición diaria de las capacidades propias ni el desprecio por las limitaciones ajenas.
Esto hace aún más rara su supervivencia política, que suele requerir algunas simpatías en los entornos inmediatos. Al parecer, no dudaba en maltratarlos, pero, bien por las expectativas que suscitaba, bien por el atractivo de sus propuestas, no siempre trilladas, el personaje se sobrevivió a sí mismo una y otra vez. Más que una vida, se diría que quiso vivir una biografía.
En el principio, el franquismo. Allí surgió un político de difícil definición, pero que desde luego fue franquista y no de segunda fila. En el régimen, lleno de personajes anodinos, le singularizó su entusiasmo. Sería uno de los pocos ministros conocidos por el gran público, lo que tenía su mérito dentro de la atonía imperante. Se encargaría de operaciones tan importantes como la campaña de los 25 años de paz o la del referéndum de 1966. De la Ley de Prensa y del lema 'Spain is different', que resume una época. Eran reformas y la pretensión de una imagen más presentable del régimen. ¿Cambios predemocráticos? Nada de eso. Del franquismo de Fraga no hay duda, y no solo por su actuación cuando la ejecución de Grimau o en la manipulación informativa del asesinato de Ruano. Sus iniciativas se enmarcaron en el intento de institucionalizar el régimen franquista, de darle otros aires menos tenebrosos que los de la posguerra falangista.
Fue pues un franquista de cuidado. Puede asegurarse, también, que fue de los primeros o de los que con más seriedad se planteó el futuro del franquismo sin Franco. Y, así, en la Transición le tocaría dar la talla histórica. La dio, pero probablemente no en el sentido que había imaginado. No se desarrolló su programa de reformas, no fue el artífice de la Transición. No jugó el papel que se había atribuido y quedó desplazado por Suárez y por los rápidos cambios. Antes, en 1975-76, le tocó volver a ser ministro, con Arias Navarro, en lo que vio quizás como el arranque de la Transición y se quedó en el epílogo del franquismo. Su política de orden y autoridad -«la calle es mía», los trágicos sucesos de Vitoria, entre otros sucesos graves- marcaría su figura y le invalidaría como protagonista de la democratización, si alguna vez se le pensó para ello.
Relegado al incómodo papel de actor secundario durante la Transición, paradójicamente fue en esa tesitura en la que tomó las decisiones que la historia le valora. Primero, por impulsar la política de reconciliación, que simbolizó al presentar a Carrillo en el Club Siglo XXI. Después, hombre de Estado al fin, participó en la institucionalización de la democracia. Al margen de sus aportaciones al texto, su presencia en la ponencia constitucional hizo que la derecha procedente del franquismo no viese la Constitución como algo ajeno. Y está también su travesía del desierto, dirigiendo a la derecha y conduciéndola hasta la conversión de Alianza Popular en el Partido Popular, que reunió a las distintas familias de la derecha y del centro. Fue el fundador del partido, pero también esta parte de su trayectoria la saldó con cierto fracaso. Tampoco sería el líder de la derecha en el poder, una especie de Cánovas turnando con los socialistas. Tuvo la lucidez de ver sus límites -el techo electoral de Fraga, se decía- y de dejar paso a nuevos dirigentes, que le buscarían acomodo en Galicia, donde pudo cultivar un galleguismo que apenas se le había supuesto, desarrollar vínculos políticos locales y desplegar alguna megalomanía que, por lo visto, ha hecho escuela: su mastodóntica Ciudad de la Cultura sigue construyéndose en Santiago, sin que nadie sepa para qué.
La principal aportación histórica de Fraga ha sido la de haber guiado a la derecha franquista hacia la democracia. Presenta sin embargo alguna laguna. Fraga no renegó nunca del franquismo, no esbozó ningún amago de crítica a la dictadura. Por ello no hubo posicionamientos críticos del centro derecha respecto a este periodo, alguna ruptura simbólica. El precio del protagonismo de Fraga en la derecha española fue esta imagen de continuidad, probablemente mayor que la realidad. Al fin y al cabo, el único político notable que la derecha heredó del franquismo fue el propio Fraga: ninguno más. No solo lideró el paso de los franquistas a la democracia. También fue quitándose rémoras de encima. Solo quedó la derivada de una trayectoria en la que el político llegó a la democracia sin repudiar la dictadura. Y, así, Fraga ha sido sin duda un personaje histórico excepcional.