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Vestidos como antaño

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Vestidos como antaño

Tradición. El traje de baserritarra regresa a las calles de pueblos y ciudades con más fuerza que nunca en estas fechas para lucirse en las fiestas más arraigadas

24.12.11 - 02:27 -
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E n las Euskal Jaiak, en las ferias de Santo Tomás que acaban de celebrarse, en los desfiles que acompañan a Olentzero como los que se llevarán a cabo en las próximas horas e incluso a la hora de contraer matrimonio. Vestirse a la antigua usanza, como los baserritarras que habitaban nuestros montes hace más de un siglo, se ha convertido en una costumbre que va adquiriendo fuerza año tras año hasta el punto que cada vez son más los que se hacen su propio traje para poder lucirlo en esas ocasiones especiales.
Muchos buscan asesoramiento previo en Iraultza Dantza Taldea, un grupo que se creó hace más de tres décadas en Errenteria con el objetivo de dar a conocer las distintas danzas de Euskal Herria y que se ha convertido en un verdadero experto en etnografía vasca, sobre todo en lo que concierne a los atuendos vascos. Iraultza posee copias de la mayoría de los trajes utilizados en Euskal Herria desde el siglo XVI hasta la actualidad. Se trata de réplicas, tanto de originales que atesora en su sede, como de los atuendos que aparecen en el más de un millar de fotografías que conforman su fondo documental.
Su labor de investigación se traduce en infinidad de conferencias y exposiciones como la que puede visitarse hasta el próximo día 30 en pleno casco histórico de la villa papelera. La muestra reúne un total de 17 indumentarias completas, 12 de mujer y cinco masculinas, en la planta baja de Torrekua, el edificio que en un futuro albergará el Museo del Traje que permitirá dar a conocer auténticas joyas.
Las que ahora se exponen al público atraen a muchos curiosos, pero también a aquellos que van a la caza de ideas de cara al modelo que sueñan vestir. Para el director de este grupo de danzas errenteriarra, Ramón García, estamos ante «un resurgir» de la tradición, pero, eso sí, un resurgir «un poco peligroso». «Todo el mundo quiere vestirse otra vez como entonces, aunque parece que a la hora de hacerlo, en estos momentos, todo vale. Sin embargo, cuando se trata de un traje tradicional, el 'todo vale' no tiene cabida», subraya, refiriéndose a esas pequeñas variaciones, detalles en apariencia insignificantes para quienes se atreven a actualizar un legado que pocos son capaces de apreciar.
«Lo que no se puede es modificar esos diseños con la excusa de estar más favorecida. El atuendo de baserritarra se basa en cuatro prendas. En aquella época no había boutiques y la ropa se hacía en casa. Hoy en día cualquiera se atreve a diseñarlos. Hasta Ágata Ruiz de la Prada lo hará el día menos pensado a base de colores fosforitos. Está pasando lo mismo que con los trajes de sevillanas, que te los encuentras ya hechos incluso en tela vaquera», comenta Ramón García.
Y no exagera. Basta un vistazo a los vestuarios 'modernizados' que pueblan las calles en estas fiestas para encontrar decenas de ejemplos. Una falda que en lugar de abrocharse a la cintura lo hace a la altura de la cadera, porque «es lo que está de moda ahora». Telas de poliéster empleadas en la confección de la ropa inspirada en la de hace un siglo «por aquello de que tiene más caída y te hace más delgada», a pesar de que antiguamente no existían más que las de algodón. Plataformas, tacones...
El corpiño es otra prenda que, a juicio de Ramón García, se ha «desvirtuado» totalmente. «Si antes se usaba bien apretado, sujetando los riñones de la mujer que iba a cortar leña o se tenía que agachar para trabajar en la huerta, hoy se utiliza cinco tallas más grande porque nadie quiere ir sufriendo», comenta. Otro tanto sucede con el cabello. «Las chicas creen que van más monas con el pelo suelto, luciendo sus rizos, cuando en realidad siempre se llevaba recogido y a menudo, con un pañuelo cubriendo la cabeza», indica García.
«Más que una evolución, esto es una involución», se lamenta el director de Iraultza. «Tengo la impresión de que el traje tradicional se está prostituyendo, utilizándose como si fuera un disfraz. Incluso habrá a quien le oigas decir que 'hoy me he disfrazado de baserritarra', en lugar de 'me he vestido de baserritarra'».
Igual de crítica se muestra Ane Albisu, miembro del proyecto Atondu, que persigue dignificar, de alguna manera, el traje de baserritarra y garantizar el mantenimiento de las características que reunía en sus orígenes. En la publicación 'Baserritar jantzia' de Eusko Ikaskuntza, Albisu explica que «a pesar de que durante estos últimos años la situación ha cambiado enormemente, y en nuestras fiestas podemos ver trajes diversos y 'bonitos', el movimiento que se ha creado alrededor del negocio y de las ganas de 'querer ser diferente' no colabora, en nuestra opinión, a la difusión del auténtico trabajo de investigación que estamos desarrollando en torno a este tema. En una palabra, que flaco favor le hace a nuestra cultura».
¿Se puede poner freno a esa falta de rigor? «No sabemos cómo. Estamos intentándolo a través de las charlas que impartimos y siempre animamos a la gente a que se acerque a nuestro local a preguntarnos sus dudas, ver algunas de las copias que tenemos y si quiere, probárselas. Vienen, se interesan, pero luego ves que acaban haciendo lo que les apetece. En los únicos casos en que tratan de reproducir vestidos fielmente es cuando pretenden utilizarlos para su boda», asegura Ramón García.
El director de Iraultza Dantza Taldea considera que la clave está en informarse, ya que «al fin y al cabo, estamos hablando de una época documentada con fotografías». Además, ofrece algunas pautas para no equivocarse. El vestuario de los hombres se componía de pantalón, gerriko, chaleco «estampado y de colores alegres que contrastaba con el resto de prendas sobrias», chapela y blusón. «Cuantos más vieses tenía éste, más adinerado era quien lo llevaba», apunta.
Ellas vestían falda, con un delantal que la cubría casi por entero. También llevaban corpiño o chambra, «a medio camino entre una blusa y una chaqueta, que se lucía muy entallada a base de tablas o ancha y fruncida a la cintura». Cubrían la cabeza con un pañuelo. «Era la forma de marcar a la mujer, de saber su estado civil», concluye.
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