No hace frío en la calle pero a las diez de la noche la sala ya casi está llena. No es el cine ni el teatro, ni siquiera la presentación de un libro con croquetas en un espacio polivalente. Las cuarenta plazas del local son hamacas de plástico con un colchón y una manta encima. Hay poca luz; al amparo de la penumbra algunos huéspedes duermen o intentan dormir. Junto a la entrada grupos de personas juegan alrededor de varias mesas al dominó acompañadas por voluntarios. La gran novedad de este año es una habitación de cristal con un extractor de humos para que los invitados puedan fumar sin salir al exterior. Vendrá bien dentro de poco, cuando lleguen noches húmedas y gélidas y los inquilinos de Hotzaldi se acerquen hasta el viejo templo empapados de agua y ateridos.
Volverán como vuelven hoy después de un duro día. En la entrada les esperará como siempre un buen caldo caliente que les reconforte tras una jornada más o menos complicada. Podría ser algo parecido a lo que se siente al regresar a casa después de un día de trabajo si no fuera porque no hay trabajo, no hay casa y, sobre todo, porque nadie sale al encuentro del recién llegado para preguntarle algo así como '¿qué tal te ha ido el día, cariño?'.
Los voluntarios de Cáritas lo intentan, aunque no es lo mismo. Saben que son un sucedáneo de hogares que no existen pero hacen lo que pueden. Bastante es que todos los años, cada 15 de noviembre, abran en una vieja iglesia donostiarra la sala del frío para que los sin techo, vagabundos, indigentes, mendigos o como se les quiera llamar además de seres humanos, tengan en invierno unas horas de descanso antes de volver a la calle.
Un hombre canta a Camarón en el exterior mientras aguarda a que le abran la puerta. Ha aceptado, junto con otros tres visitantes de Ho-tzaldi, hablar de su vida y responder a una simple pregunta : '¿qué tal te ha ido el día?'
«Me llamo Bruce Lee, soy de San Sebastián y tengo 50 años. Llevo nueve en la calle». Quizá sea el instinto, pero algo parece indicar que no todos los datos que ha facilitado Bruce son ciertos. De todas formas, no importa; él y sus compañeros saben que pueden dar los nombres que quieran para no revelar su verdadera identidad.
Los demás son Habib Refes, argelino de 30 años; José Javier, irunés de 38, e Isabel, que nació en algún lugar de Valladolid hace 27 años. Escuchan con una sonrisa a Bruce mientras vuelve a repetir una de sus frases favoritas. «Aquí como en la Biblia y en el Juzgado: la verdad y nada más que la verdad».
Tabaco y galletas
La verdad es que el día que ya está a punto de acabar no ha traído grandes novedades para estos cuatro habitantes de Hotzaldi. Como siempre, han desayunado café con leche y bollos en el Aterpe de Cáritas o en la Cruz Roja, antes de acudir a dedicarse a sus ocupaciones habituales.
«Me he movido para un paquete de tabaco y otro de galletas, y he entregado currículos de trabajo». José Javier ha pasado la jornada visitando oficinas de empleo temporal o entrando en obras para buscar algún lugar donde ganar un salario. «He colocado ventanas de aluminio, he sido cristalero, albañil, yesista... Toda la casa te la hago entera», resume como quien muestra a un empresario su catálogo de habilidades. Pero sus intentos no han tenido hoy demasiado éxito. «No te dicen nada, si cae algo te llaman y tienes que conformarte con lo que te ofrezcan».
Su futuro se torció cuando empezó a consumir cocaína hasta que a los 33 años entró en prisión. «Hice algunos robos por locura. Me gustaba la fiesta y gasté mucho dinero, desde que he salido llevo un año malviviendo. He pasado hambre y nunca había estado en la calle durmiendo en el suelo».
Como nunca es tarde para aprender y nunca se sabe lo que va a ocurrir en el futuro, Bruce da algunos consejos para sobrevivir al aire libre. Después de nueve años sin techo es todo un experto en el viejo arte de dormir al raso, como lo demuestran las catorce multas de 350 euros que acumula por el delito de acampar en vía pública. «No pago ninguna», explica para disipar posibles dudas sobre sus posibilidades económicas.
Desde su punto de vista, el mejor lugar de San Sebastián para dormir al aire libre es debajo de un puente de las afueras cuya dirección no le importa revelar, aunque sus compañeros le recomiendan que no lo haga por si se forma cola para pernoctar en su única y aireada suite. De todas formas, ya está ocupada.
Bruce ha residido bajo puentes, en chabolas, en una fábrica abandonada y en las escaleras del estadio de Anoeta, aunque todavía recuerda las noches de verano que durmió tranquilamente tendido sobre la hierba en la localidad riojana de Alfaro. Pura gloria estrellada repleta de cigüeñas que no le hace olvidar que lo mejor para combatir el frío es el interior de «una caja de cartón de lavadora».
Sin embargo, no siempre basta con el confort. Pernoctar en la calle también significa pasar miedo y Bruce lo corrobora cuando se acerca a un paragüero y extrae de él un grueso bastón. «Yo duermo con él en la calle porque nunca sabes lo que te puede pasar», afirma.
Aprender a dormir con un ojo abierto es un requisito indispensable para despertar de una sola pieza. Por fortuna, un año es más que suficiente para licenciarse en una especialidad que se adquiere con la práctica. «Aunque estés dormido tienes un instinto y si pasa por delante de ti una sombra la ves y abres los ojos», explica José Javier.
A Isabel le ocurrió algo parecido aunque prefiere no contarlo. «Tuve problemas», se limita a decir. Sabe que el hecho de ser mujer multiplica los peligros a los que se expone en la calle, pero no tiene más remedio que afrontarlos. La de Isabel es la historia de un fracaso, y no precisamente el suyo. Cuando tenía ocho años sus padres se separaron y terminó con sus tres hermanos en los servicios sociales de Valladolid, que la acogieron hasta que cumplió la mayoría de edad. A partir de ese momento procuró seguir el consejo que le dieron los susodichos servicios sociales y que, según Isabel, se resumían en una sola frase: «apáñatelas como puedas».
Eso mismo fue lo que hizo. El resultado es que desde entonces ha desempeñado trabajos esporádicos y desde hace unos seis años habita bajo los cielos de San Sebastián con algunas ausencias debido a motivos personales. Entre ellos, ver a su hijo de cuatro años, que vive con una familia de acogida. «Cada tres semanas lo visito y me dejan salir al parque con él», explica.
Isabel ha comido hoy un bocadillo de chorizo. Le han dado dos en el Aterpe, pero el segundo lo ha guardado hasta la hora de la cena. Entre el desayuno y la hora de comer ha lavado su ropa y ha hecho ganchillo en las instalaciones de Cáritas. Su merienda ha sido pan de molde con mantequilla. Poco más ha podido hacer porque soporta a sus espaldas el peso de su hogar. «No hay ningún sitio donde podamos dejar nuestras mochilas y tenemos que cargar con ellas todo el día. Necesitamos una consigna porque así es imposible moverse para buscar trabajo».
Vivir como Rambo
Habib ha tenido más suerte y hoy ha comido caliente en un comedor de Cáritas. «He tomado garbanzos, carne de ternera y fruta», explica. Llegó a San Sebastián hace tres meses desde Mérida, donde se ganaba la vida vendiendo ropa y bisutería en los mercadillos y también trabajaba como camarero y pintor.
La crisis le empujó a Donostia y de dormir bajo techo pasó a despertarse en la calle. A la espera de conseguir dentro de unos tres años los papeles que legalicen su situación, sus días transcurren entre clase y clase de castellano hasta el punto de que tiene la agenda más ocupada que un estudiante con actividades extraescolares. «Después de desayunar voy a las clases de la Cruz Roja y a la tarde a las de la EPA. Cuando termino entro en la biblioteca a ver la televisión y usar el ordenador antes de ir a Hotzaldi».
Bruce Lee escucha el relato de sus compañeros y al fin le llega el momento de contar qué tal le ha ido el día. A las 8.30 ha salido de la sala del frío para ir a buscar a su mujer, que duerme en otro albergue y, como él, también vive en la calle. Poco después del mediodía han comido macarrones y gulas y después de la merienda se han dirigido a la biblioteca.
No ha hecho mucho más y tampoco es que se esfuerce por hacerlo. A su edad se considera demasiado trabajado por la vida como para esperar de ella algo por encima de lo habitual. «Yo vivo como John Rambo, día a día», afirma. Tras haber pasado seis años en prisión, Bruce aspira a conseguir una pensión de invalidez. «Es lo que espero de la vida después de treinta años vendimiando», afirma.
Isabel coloca sobre la mesa el bocadillo de chorizo que ha reservado para la cena. La sala de Hotzaldi se va llenado poco a poco de huéspedes que van ocupando sus camastros. Algunos beben caldo de una jarra de plástico; otros lavan sus pies, castigados después de una jornada tras otra sin apenas descanso. «Yo tengo los callos que parecen sandías», describe Bruce.
José Javier tiene una hija de diez años a la que no ve desde hace cuatro meses. «Estoy divorciado y vive con su madre, pero tuve una bronca y me cogieron miedo aunque yo voy a hacer todo lo posible para poder verla». Cuando se le pregunta dónde le gustaría hallarse dentro de un año no duda en contestar que trabajando y con su hija, de la que espera que sea «como su madre, responsable». «No quiero que sea como yo», dice. A la espera de ese tiempo soñado, hoy ha comprado un paquete de tabaco y otro de galletas con el dinero que ha obtenido pidiendo limosna.
El futuro de Habib depende de su situación legal y los papeles que consiga. «Dentro de un año me gustaría haber comprado una habitación, saber castellano y trabajar de camarero. Quiero estar bien y vivir como la gente», asegura.
Lograrlo no debería de ser tan complicado. En muchos casos ese tipo de vida se resume en el simple hecho de abrir la puerta de casa y encontrar una voz que pregunte qué tal ha ido el día. A Isabel le gustaría que esa pregunta se la hiciera su hijo, con el que aspira vivir cuando encuentre trabajo y al que quisiera explicar «lo que me ha pasado» y decirle «que no cometa mis errores». «He estudiado para ayudante de cocina y carpintería de madera», explica.
Queda el futuro de Bruce Lee. Su deseo es tan simple como el ser humano. «Quiero una vida mejor que ahora», sueña.