Le llamaron 'el Iribar' y 'el Arconada' del hockey. El donostiarra Alberto Carrera fue una leyenda de este deporte, elegido el mejor portero del mundo durante varias temporadas. Campeón de Europa, ochenta veces internacional, olímpico en Munich y Montreal, portero de la selección mundial en los más importantes citas, Carrera viajó por los cinco continentes con su stick y sus guantes.
«Nosotros apenas llevábamos protección, sólo la coquilla y los guantes. Ahora los porteros de hockey van forrados. Yo jugaba sin nada, siempre con un Lacoste de manga corta, pero nunca me llevé un bolazo en la cara. Algún golpe en el muslo, uno en el hombro y, eso sí, un buen palo de un stick en la cara. Algunos decían que los porteros éramos un poco suicidas, pero yo no tenía sensación de peligro. Con el guante en la mano izquierda me protegía como un boxeador y con la derecha sostenía el stick».
Siempre destacó por sus reflejos y sus paradas resultaban espectaculares, auténticos vuelos con el apéndice del stick.
«Comencé a jugar en el Atlético San Sebastián por unos amigos y al año siguiente ya era internacional. Fui valiente a la fuerza, porque el campo interior de Anoeta era de gravilla y allí no valían remilgos. Debuté con la selección en Pakistán, en 1969, ante 50.000 espectadores, en un partido de homenaje a los pakistaníes campeones olímpicos. Fue impresionante».
Posteriormente ha estado varias veces en Pakistán, «el país donde se vive el hockey con más pasión, aunque han bajado desde que se juega en campos de hierba artificial». Y también en la India. «Los indios tienen más afición al críquet, pero el hockey les encanta. En un partido en la India, en el Memorial Nerhu, paré tanto que el público se entusiasmó. Me dieron el trofeo al mejor jugador y cuando estaba en el vestuario se me acercó un aficionado que me dio 500 rupias de regalo. Era un espontáneo que había quedado maravillado y me entregó el equivalente a 2.500 pesetas de las de entonces para premiarme por mis paradas».
Fue un portero tan conocido que le llamaban de todos los sitios para jugar partidos o torneos amistosos.
«Una vez me invitaron a reforzar al equipo de la Policía de Punsat en un torneo en la India y resultó muy llamativo jugar de portero teniendo como compañeros a policías. También me llamó un millonario agente de bolsa inglés que formaba un equipo con figuras de todo el mundo denominado curiosamente 'Lady Liller' para jugar unos partidos de exhibición. Era muy divertido, nos lo pasábamos muy bien y tras los partidos bebíamos unas cervezas...».
Sus relatos de viajes resultan atractivos. «Estuve con la selección europea en Zimbawe y Sudáfrica. Entonces el appartheid estaba en pleno auge y daba grima ver una impresionante tribuna repleta de blancos y una especie de grada-jaula con los negros. Un jugador me invitó a su casa, una gran mansión, y se puso a jugar al golf, lanzaba docenas de pelotas a lo lejos y tenía a un grupo de negros para recogerlas...».
También fue a una gran gira por Australia reforzando al Polo. «Fue un viaje inolvidable, casi unas vacaciones porque fui con mi mujer. Estuvimos un mes de aquí para allá y jugamos varios amistosos».
Tragedia en Muniche
Pero Alberto Carrera actuó en muchos compromisos oficiales, que quizás no generaban tantas anécdotas. «Bueno, sí fue curioso que en el Campeonato de Europa de Madrid de 1976, que ganamos, estaban tan seguros de que Alemania se iba a proclamarse campeón que el trofeo llevaba grabado su nombre. Hice un gran campeonato y sólo encajé un gol, aunque creo que mi más destacada actuación fue en el Mundial de Holanda, donde paré muchísimo y me eligieron el mejor del torneo».
En esas competiciones oficiales destaca, logicamente, su doble presencia olímpica. «A Munich-72 fuimos con una preparación mal planificada. Creo que jugamos bien y si no es por la derrota mínima con Alemania, hubiéramos sacado medalla. Quedamos séptimos y también fui elegido mejor portero de los Juegos, por lo que me incluyeron en la selección mundial».
Alberto Carrera fue uno de los testigos del drama del secuestro de los deportistas israelíes y el dramático desenlace. «Al principio, en Munich no había mucho control, incluso yo colé en la villa con mi acreditación a tres o cuatro amigos donostiarras con los que comí en el buffet libre. Hasta que llegó el 5 de septiembre. Recuerdo que estabámos en una cervecería junto al control de la villa olímpica y desde el balcón vimos gentes con armas en los tejados de las residencias de atletas. Pero no sabíamos lo que pasaba. Luego cambió todo, la villa se clausuró y el ambiente fue dramático».
Hasta entonces, Alberto Carrera y sus compañeros habían estado muy a gusto. «Me acuerdo que un día comí frente a frente con Mark Spitz, que llevaba dos guardaespaldas y también con Oleg Blokine, el gran futbolista ucraniano de la selección soviética».
En Montreal, cuatro años más tarde, Carrera volvió a ser el meta de la selección, que terminó sexta. «Fueron unos Juegos agradables, aunque perdieron mucho por el boicot de los africanos. En la villa olímpica estuve con varios guipuzcoanos, como mi vecino el atleta Ramón Cid («creo que nuestra casa de Amara Nuevo era la única en la que vivían dos olímpicos») o como Luis Arconada, que a veces venía algo escamado porque Kubala le bombardeaba en los entrenamientos. Es que Kubala le pegaba igual de fuerte que cuando era jugador... Por allí andaba el madridista Juanito, con el que me reía muchísimo».
A sus 64 años, ya jubilado tras trabajar en la división de plásticos de Explosivos Riotinto, Alberto Carrera sigue más a la Real que el hockey. Recuerda a sus ex compañeros, como el malogrado Alustiza, a Berridi, a los Usoz, a Joseba Elizondo que fue entrenador de la Real de fútbol y del Atlético de hockey. A tantos jugadores, unos buenos y otros malos, «porque había que completar el equipo con el que quisiera apuntarse, lo nuestro no era fútbol. Yo solía decir que en hockey era mucho más difìcil ser el peor que el mejor...».