A punto de cumplir 63 años, Rosalía Miranda, técnico de prevención, asegura que el testamento vital que se hizo hace cinco años tiene «el mismo valor que el testamento de bienes». Esta navarra afincada en Vitoria preside además la delegación en Euskadi de la asociación Derecho a Morir Dignamente, que realiza una labor de informar sobre sus derechos a la población.
- ¿Por qué decidió firmar un documento de voluntades anticipadas?
- El conocimiento de que existía esa posibilidad, porque era algo que desconocía. Fue a raíz del caso del Hospital de Leganés, hace cinco años. Luis Montes, doctor anestesista, fue acusado por una asociación de derecho a la vida de realizar prácticas eutanásicas -finalmente absuelto después de que los jueces confirmaran que no hubo mala praxis en las sedaciones que se aplicaban en el centro-. Yo oía en la radio y leía en la prensa lo que estaba pasando. Entonces decidí hacerme el documento de voluntades anticipadas. Me parece que es una lucha y un gran derecho para la población. Además, a raíz del caso de Leganés, me hice socia de Derecho a Morir Dignamente. La gente debe saber que hoy en día hay una ley, un registro en Osakidetza y un servicio público en el cuál puedes dejar hecho el documento de voluntades anticipadas y normalizarlo en nuestra vida como tenemos el DNI, el testamento de la casa y las tierras del pueblo. El testamento vital tiene el mismo valor que el testamento de los bienes. Es otro documento del siglo XXI tan normal como son todos los otros.
- ¿Y qué es lo que expresa en su documento?
- Lo más importante es que no se me conecte a ninguna máquina cuya desconexión signifique la muerte. No quiero que me conecten porque realmente me sacarían de una situación de muerte para vivir conectada a una máquina. No quiero que se me reanime de una parada cardiorespiratoria en la cual el médico sabe que va a conllevar un daño irreversible que limite mi capacidad mental y física.
- ¿Conoce a más gente que haya firmado un testamento vital en su entorno cercano?
- Sí, en mi círculo de amistades. Las familias no necesariamente tenemos vínculos ideológicos. Tengo hijos y con quienes he hablado de esto es con ellos. De hecho, constan como testigos en mi documento, porque confío que la vida me depare un proceso biológico esperado, que es que yo muera antes que ellos. Espero que ellos tutelen que mis deseos se cumplan. Mis hijos saben mis pensamientos en esta materia.
- ¿Lo ven como algo extraordinario?
- No. También les he enseñado que en esa misma carpeta tengo el documento de cómo dejo mis bienes cuando me muera y no les parece un documento extraordinario. Les parece que es sensato y prudente que su madre tenga hecho eso, para que todo quede claro. Y con el testamento vital también les parece sensato que lo que yo pienso quede por escrito. Como yo no lo podré defender, lo defenderán ellos.
- ¿Cuál sería para usted un final indigno?
- El que no se correspondiera con mis valores. Yo me siento dueña de mi vida y, por lo tanto, mi vida es hasta el último momento que respire y que tenga conciencia. Yo no hago depositaria de mi vida a ninguna religión y a ninguna persona le confiero más autoridad que la que yo tengo sobre mi vida. Espero del médico que su saber lo ponga a la disposición de mis creencias y valores, no de los suyos.