«En una situación irreversible o de inconsciencia permanente, no deseo que me apliquen medidas de soporte vital que intenten prolongar mi supervivencia, no quiero que se me mantenga con vida por medio de tratamientos desproporcionados, renuncio a la alimentación artificial». Los anteriores son algunos de los deseos que Felipe, un maestro donostiarra ya jubilado, ha dejado por escrito en un documento con el que espera tener «una muerte digna». Incluso, aunque sabe que hoy en día no es legal, en el testamento vital que completó añade que se le practique la eutanasia activa, «por si en el futuro estuviera legalizada».
Como Felipe, 8.014 vascos (datos de agosto de este año) cuentan ya con un documento de voluntades anticipadas. Se trata de un 'testamento vital' en el que expresan las instrucciones a tener en cuenta cuando se encuentren en una situación en la que no pueda expresar personalmente su voluntad.
Y cada vez son más los vascos que dan el paso de firmar este documento. De hecho, desde que en 2004 se creara el Registro Vasco de Voluntades Anticipadas (Osakidetza), la cifra de ciudadanos que han realizado el documento ha ido creciendo año tras año. «Este año volveremos a superar las cifras del año pasado, en el que 1.501 vascos firmaron el documento», asegura José Luis Vidal, director del Registro Vasco de Voluntades anticipadas. En cuatro años, las altas han crecido un 50%.
Las razones de este fenómeno, según explica Vidal, se deben a que «cada vez se conoce de manera más amplia el derecho a participar en la toma de decisiones que le puedan afectar en un futuro en el que ya no pueda decidir».
En opinión de la delegación en Euskadi de la asociación Derecho a Morir Dignamente, la aparición en los medios de comunicación de noticias de casos relacionados con prácticas en el final de la vida, «como las sedaciones para paliar el sufrimiento en el Hospital de Leganés», así como los debates entorno a proyectos legales, como el de la Ley de Muerte Digna -que finalmente no salió adelante en la anterior legislatura-, «han movido a muchas personas a preocuparse y firmar testamento vitales».
Asimismo, añade Vidal, existe también un «mayor conocimiento» de este derecho por parte de los profesionales médicos que, en su relación clínica, abordan con los pacientes cuestiones relativas al final de la vida. En la actualidad, los médicos tienen acceso al registro vasco de voluntades anticipadas, donde consultar si ese enfermo inconsciente ha dejado por escrito sus preferencias en el final de la vida.
«Un acto de amor»
Pero, ¿qué es lo que los ciudadanos reflejan en un testamento vital? «Estos documentos tienen mucho de acto de amor. Hay gente que tiene una sensibilidad especial, una inteligencia emocional y quiere evitar que sus hijos acaben enfrentándose por intentar demostrar quién quiere más a su ser querido». No quiere que sus hijos pasen por lo que quizás pasó él, que tuvo que pedir a los médicos que, por favor, acabaran con el sufrimiento de su padre. Una decisión que tomó solo y que todavía le enfrenta a su hermano. «Una tragedia», afirma Vidal.
En el terreno de lo concreto, en un testamento vital se expresa desde una simple voluntad de donar órganos, hasta principios vitales e instrucciones concretas ante situaciones sanitarias. «En la mayoría de los casos se refleja el deseo de alivio del sufrimiento, en especial el dolor y la angustia, cuando la estrategia de curación no sea posible. Si ese alivio puede ser en el entorno familiar, incluso en casa, pues en casa», explica el director del registro. También es habitual que se solicite la limitación del esfuerzo terapéutico o la renuncia a técnicas de soporte vital en situaciones de inconsciencia permanente o estado irreversible.
«Se trata de tener un final de vida sin sufrimiento personal y sin sufrimiento de los familiares, que es un sufrimiento moral», añade el director del registro. La gran eficacia del documento de voluntades anticipadas se nota cuando no existen. «Entonces el facultativo se encuentra con que no conoce la opinión del paciente y tiene que recabar el relato y reconstruirlo a través de los familiares», explica.
La cifra de testamentos vitales que se firman en Euskadi crece año tras año. Se da la circunstancia de que, de los 8.014 vascos que aparecen en el registro en agosto de este año, la mayor proporción -uno de cada tres- son guipuzcoanos. Por sexos, por cada varón vasco que realiza el testamento vital, lo firman dos mujeres. «Este hecho guarda relación con el rol tradicional de cuidador de la mujer, que ha sido la persona que ha estado ocupándose de otras personas en situaciones de gran deterioro de dependencia, de agonía. Es algo que no quieren para sus familiares», afirma Vidal.