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Un príncipe en el palacio del mar

visita de alberto ii de mónaco

Un príncipe en el palacio del mar

Alberto de Mónaco rinde homenaje en Gipuzkoa a sus antepasados, en el Aquarium y el Museo Balenciaga. Hace dos años fue Carolina. Ayer su hermano Alberto. Los Grimaldi se reencuentran con el pasado de su familia en Gipuzkoa

26.11.11 - 02:25 -
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De pequeños aprendimos que el hombre tiene tres cuartas partes de agua, pero es probable que en algunos organismos la proporción sea aún mayor. Cuando uno ve a Alberto II de Mónaco asomado al Cantábrico tiene la sensación de que su alma se gobierna al compás de las mareas. Será cosa de familia. Su tatarabuelo, el primero de los Grimaldi que reinó con el nombre de Alberto, fue un entusiasta del océano que pasó a los libros de historia con el sobrenombre de 'El príncipe navegante'. Cuentan las crónicas de la época que fue uno de los precursores de la investigación del medio marino y que era tal su afición por el océano -dirigió 28 campañas de investigación a bordo de sus barcos- que sus súbditos suscribieron en 1909 una declaración en la que le reprochaban que se preocupase más por los asuntos científicos que por el gobierno del Principado. Algo de aquella pasión debió de pasar al Alberto actual, que no sólo ha escogido para casarse a una nadadora, al fin y al cabo lo más parecido a una criatura marina, sino que además se ha embarcado en singladuras que le han llevado a conocer los dos polos del globo en una acción dirigida a llamar la atención sobre el calentamiento global.
Pero bueno, retrocedamos hasta la escena en la que se ve al Príncipe asomado al Cantábrico. Si abrimos el campo de la cámara veremos que se encuentra en un balcón de un edificio repleto de peceras y restos de criaturas marinas que vigila una de las bocanas de la bahía de San Sebastián. Es el Aquarium, el primer instituto oceanográfico que hubo en España y también el museo más visitado del País Vasco hasta que se abrió el Guggenheim. Durante décadas la seña de identidad del viejo Aquarium fue el esqueleto de una ballena franca capturada en 1870, se dice que el penúltimo ejemplar de los cogidos en la costa vasca. Aquel mecano de marfil de doce metros varado en una gran sala se convirtió en el símbolo sentimental del museo y también en gráfico testimonio del talento de nuestros ancestros para combinar depredación y conocimiento.
Es probable que el tatarabuelo del hoy Príncipe de Mónaco conociese la osamenta de la ballena. El primer Alberto de la familia Grimaldi recalaba con frecuencia en aguas españolas, igual porque le traían a la memoria recuerdos de sus años mozos. A los 17 años ingresó en la Escuela Naval de Cádiz y llegó a servir de oficial en la Marina española tanto en aguas peninsulares como en Cuba, colonia hasta 1898. Al término de su periodo de formación regresó a Mónaco pero mantuvo sus vínculos con la Armada, donde ascendió hasta lograr el título de contralmirante. Tuvo mucho trato con la familia real española y conoció tanto a Alfonso XII como a su hijo Alfonso XIII. Fue precisamente esa relación la que está en la génesis de la visita de ayer de su descendiente a San Sebastián.
Alfonso XIII, que como el resto de su familia pasaba los veranos en la capital donostiarra, puso al gobernante monegasco en contacto con un grupo de próceres de la ciudad con inquietudes científicas. Su pasión por el mar era para entonces de dominio público y se sabía incluso que se había embarcado en un discutido proyecto de construir un museo oceanográfico en el Principado. El Grimaldi nauta, que visitó San Sebastián por primera vez en 1903 en su yate 'Alice' dentro de una de sus campañas de investigación en el Golfo de Vizcaya, asesoró de mil amores a los donostiarras y apadrinó la fundación en 1908 de la Sociedad Oceanográfica de Gipuzkoa (SOG).
Tampoco tuvo problema en cederles unos años más tarde los planos que habían servido para construir su museo de Mónaco, un imponente edificio que domina el Mediterráneo desde un escarpado acantilado de 85 metros de altura y que tardó once años en levantarse. Aquellos dibujos inspiraron muchas de las soluciones técnicas adoptadas en el Aquarium donostiarra, que abrió sus puertas en 1928. Para entonces el Príncipe ya había fallecido, pero el retrato al óleo que había hecho llegar unos años antes a San Sebastián para agradecer su designación como alto protector de la SOG ocupaba un lugar destacado en las salas del edificio.
Viaje en el tiempo
El actual jefe de los Grimaldi se reencontró con su antepasado en la ofrenda floral que realizó ayer ante aquel retrato en compañía del presidente de la SOG, Vicente Zaragüeta. Fue un viaje en el tiempo que reunió un siglo después a los descendientes de dos de los principales impulsores del museo oceanográfico, el tatarabuelo del Príncipe y el abuelo del actual presidente, de nombre Vicente Laffite. El ancestro del regente monegasco aparece en el cuadro que se conserva en el Aquarium con algunas de las condecoraciones que obtuvo por sus servicios en la Marina española, entre ellas el collar de la Real y Muy Distinguia Orden de Carlos III. Se trata de una distinción que sólo se entrega a muy altas personalidades y que ocupa el segundo lugar en el escalafón de las condecoraciones civiles tras el Toisón de Oro. También luce la Gran Cruz al Mérito Naval con distintivo blanco. Vamos, que era una figura reconocida en la sociedad española de la época.
Es probable que el descendiente de aquel Alberto no tenga tantas condecoraciones, pero no hay duda de que es bastante más conocido de lo que fue su tatarabuelo. Los Grimaldi contemporáneos constituyen una auténtica monarquía en la corte de la prensa del corazón y garantizan una cobertura mediática que no conoce fronteras. Lo comprobó hace un par de años el propio Zaragüeta cuando logró que la hermana de Alberto, la princesa Carolina, acompañase a los Reyes de España en la inauguración del Aquarium remodelado. La presencia de Carolina proyectó la imagen del museo donostiarra por medio mundo y contribuyó a su consolidación como atractivo turístico de primer orden.
Con Alberto la expectación fue algo menor. Las princesas, ya se sabe, suelen dar más juego que los príncipes. El de Mónaco, no obstante, hizo gala de unos modales exquisitos y demostró que se desenvuelve como pez en el agua -en este caso en acuario- en las ceremonias públicas. Alberto llegó a media mañana al aeropuerto de Hondarribia en su avión privado procedente de Niza. Media hora más tarde estaba en San Sebastián saludando a los miembros del Patronato del Aquarium a la puerta del edificio. Vestía con sobriedad: traje y corbata azules con una camisa blanca. Al principio no sabía muy bien qué hacer con la makila que le entregó el presidente de la SOG, Vicente Zaragüeta. ¿Se la tenía que devolver? Un rápido intercambio de miradas le bastó para comprender que el bastón de mando iba a estar en sus manos durante toda la visita.
Elogios monegascos
Al Príncipe le acompañaba el director del oceanográfico de Mónaco, que confesó estar gratamente sorprendido por las instalaciones donostiarras. El elogio del responsable del más reputado de los museos marítimos -Jacques Cousteau estuvo varios años a su frente- llenó de satisfacción a los miembros de la Sociedad Oceanográfica de Gipuzkoa. La idea de hermanar a los dos museos, un proyecto largamente acariciado por Zaragüeta, cobra de esa forma mayor verosimilitud.
La visita de Alberto de Mónaco empezó con el descubrimiento de una placa que reconocía el papel que desempeñó su tatarabuelo en la fundación de la SOG y la consiguiente edificación del Aquarium. El Príncipe recorrió las dependencias atendiendo las explicaciones que le iba dando Zaragüeta. Tras la ofrenda floral ante los retratos de sus antepasados, dejó su firma en el libro de honor del Aquarium recordando los «lazos centenarios» entre la institución y el Principado y apelando al «recuerdo siempre vivo» de su tatarabuelo Alberto I.
Hubo tiempo también para los discursos. El turno lo abrió el presidente de la SOG, que dio la bienvenida al dirigente monegasco en francés y luego hizo un recorrido por la historia del museo sin olvidar una mención al nuevo proyecto de ampliación, para el que pidió ayuda a las autoridades congregadas. Le respondió el Príncipe, que expresó su agradecimiento por el «caluroso» recibimiento y glosó la relación entre su tatarabuelo y la SOG.
Precisamente sobre su tatarabuelo versa el libro que Alberto II regaló al Aquarium, un ejemplar de edición limitada que detalla algunos de los descubrimientos que realizó el Grimaldi nauta a lo largo de sus 28 campañas de investigación. El presidente del Aquarium, a su vez, le obsequió con un original del primer cartel publicitario de la institución, que data de 1929, un cuadro de Alfredo Bikondoa sobre el poema de Paul Valéry 'El cementerio marino' y una maqueta de una birreme, una antigua nave griega, realizada por Antxon Ciaurriz.
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