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Historias entre el barro

INUNDACIONES

Historias entre el barro

Los barrios de Txomin y Martutene tratan de recuperarse del golpe. «Aquí no hay más que vecinos y amigos. No hemos tenido otra ayuda», denuncia una hostelera afectada

09.11.11 - 02:00 -
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No puede decirse que salga el sol en los barrios donostiarras de Loiola y Martutene, por mucho que ayer los rayos intentaran iluminar las calles embarradas, dos días después de que el Urumea se desbordara con resultado devastador. Dar un paseo desde la zona de Txomin-Enea, al borde del río, hasta la cárcel de Martutene y desde allí acercarse hasta la Colonia del Pilar es hacerlo sobre un sendero de lodo e historias aciagas. Diferentes nombres y apellidos, pero similares relatos, todos desbordadas por el agua, los nervios, el miedo y la indignación, se repiten en las zonas asomadas al cauce fluvial que se han visto seriamente afectadas por la riada. Estas son algunas de sus caras.
Ligia Velázquez
«Toda una vida perdida»
Todo quedó empapado tras la riada en el Bar Itxasne, en la Colonia del Pilar, en Martutene. Hasta los billetes de la caja registradora se estaban secando ayer, mientras media docena de personas trabajaban a destajo para limpiar el local y vaciar las botellas de refrescos y alcohol que ya no valen para la venta. «Aquí invertí todos mis ahorros, 24.000 euros, hace seis meses, y mira lo que me queda», señala con el dedo hacia los billetes Ligia Velázquez. No habrá más de treinta euros. No tarda demasiado en agradecer la solidaridad vecinal. «Aquí no hay más que vecinos y amigos. No hemos tenido otra ayuda. Ayer por la tarde -por el lunes- debió de venir el alcalde con varias personas. Por aquí no se acercó, pero sé que los vecinos le pitaron de la rabia y de la impotencia que sentimos. A mí una persona de Sanidad me dejó su tarjeta y nos dijo que teníamos que deshacernos de todos los productos, porque eran inservibles. Nada más». A Ligia le sacaron en zódiac ante la crecida del río. «Me llevaron a Txapel Haundi y ahí me dejaron. Una vecina me dio la mano y me llevó a su casa. Ese ha sido mi refugio. Agradezco de verdad la ayuda de mis vecinos».
«Paso del lloro a la risa»
Una de las primeras cosas que hizo Amaia Alonso al saber que todas sus pertenencias nadaban entre las aguas que habían entrado a su piso, un bajo del paseo Antzieta número 38, fue irse de compras. «Unas katiuskas por nueve euros compradas en el Eroski», le cuenta a un amigo por teléfono. Ayer logró entrar a su casa después de dos días. Vive en una de las zonas más afectadas, el bloque de casas que se convirtió en una piscina, y de donde fueron rescatados sus vecinos en lanchas. Ella estaba trabajando, en el Hotel Monte Igeldo, cuando la cosa se empezó a poner fea. «El domingo a las once de la mañana me llamó la Policía Municipal para avisarme que retirara mi moto porque había riesgo de inundación. Me dejaron salir del trabajo y me encontré agua ya hasta la pantorrilla. Cogí los objetos de más valor, el portátil y una aspiradora, incluso hasta el champú, fíjate qué tontería, pero en ese momento me acordé de que lo acababa de comprar. El resto de cosas las dejé encima de la cama y del sofá, pensando en que no iba a subir más el agua». Pero subió. Hasta el punto de que han tenido que pasar dos días para que las alcantarillas lograran tragar todo el agua acumulada en la calle. «Cuando he abierto la puerta de casa no he podido evitar llorar. Me había preparado para lo peor, pero he descargado todos los nervios. Es desolador. Paso del lloro a la risa sin saber ni por qué». Con su piso destrozado, pasará una temporada en casa de sus padres. «He hablado con la dueña, y hemos rescindido el contrato por fuerza mayor. Yo no pierdo tantas cosas materiales, pero el susto no me lo quita nadie».
«Me he quedado sin piso»
Ayer fue el cumpleaños de Mónica Carol. Uno de los peores días que recuerda. La inundación se coló por su casa, en el número 14 de la Colonia del Pilar, en Martutene, a eso de las tres de la tarde del domingo. «Ya no sé ni qué hora era exactamente, porque estoy desorientada. Sé que el agua entró de golpe por la puerta y la ventana, y subimos corriendo al segundo piso de donde nos rescataron a las diez de la noche». Desde entonces Mónica y su pareja duermen en casa de los padres de ella, también en el mismo grupo de casas. Ayer la encontramos en la calle, intentando echar una mano a los locales comerciales destrozados por el agua. «Es una impotencia total. Nos han dejado solos. Estamos muy enfadados», dice de forma atropellada, reflejo de los nervios que le acompañan desde el domingo.
«Tenemos para rato»
La fontanería Txomin, en la entrada de unos garajes en Txomin Enea, parece una piscina, con agua hasta los tobillos que está costando achicar. Manolo López y su socio José Antonio Illarreta llevan dos días apañándoselas como pueden para intentar recuperar la normalidad. Aunque costará. «Uff, aquí tenemos para rato», contesta José Antonio. Manolo dice que no saben «ni por dónde empezar». Ayer a media mañana intentaban hacer hueco a la bomba de agua con sendos taladros para agujerear el suelo. «La gente está muy cabreada, como para no estarlo. Por aquí no ha venido nadie. El enfado es mayúsculo». Para ellos, la inundación supondrá un parón en el trabajo. Además de los días que perderán para limpiar el local, han perdido mucho material. «Ni sabemos. Todavía no podemos ni contar las pérdidas. Bastante tenemos con secar el agua».
«Siempre son promesas»
Sara Grajal es la nueva vecina de local de la Fontanería Txomin. Forma parte de Nasdrovia Antzerki Talde, un grupo de teatro profesional que ensaya en los bajos de una casa en Txomin Enea. «Acabábamos de hacer una pequeña obra, limpiar y pintar las paredes. Menos mal que todavía no habíamos metido mucho material...», intenta Sara quitarle peso a la situación. Su padre, Alberto, que le acompaña en las tareas de limpieza, eleva el tono de enfado. «Aquí siempre pasa igual. Desde que tengo memoria estamos escuchando las mismas promesas y las mismas frases, que si van a limpiar el río o a encauzarlo. Pero luego los proyectos se dedican a otras cosas. Mucho metro pero luego no gastan el dinero en los problemas principales como puede ser éste. No hay derecho». Sara cuenta que el grupo de teatro ha tenido que instalarse en un garaje de forma provisional para seguir ensayando, porque tienen funciones contratadas. «Este domingo, por ejemplo, tenemos actuación».
«Que vengan a ayudar»
Para entrar al bar Santi, en la casa Venta Berri, hay que hacerlo por la ventana. La puerta del local está cerrada desde que empezó a crecer el caudal del río y, tras la inundación, la basura que han ido sacando del almacén, completamente embarrado, ocupa buena parte de la entrada a la casa. «Yo es que no entiendo nada. ¿Cómo es posible que no venga nadie a echar una mano? Nos estamos arreglando entre vecinos y familiares, pero aquí, quien más quien menos, se ha visto afectado por las inundaciones, así que cada uno tiene lo suyo», afirma Nicolás. Está ayudando a su cuñado, Santi, que es el propietario del bar familiar, con cien años de historia. «Primero fue de mis padres y ahora nuestro», cuenta Santi, a quien la crecida del río no le causó sorpresa, en un primer momento. Acostumbrado a sufrir pequeñas inundaciones, pensó que iba a ser «una más, pero esto ha sido una pasada. Normalmente, las gordas no pasan de medio metro, aquí ha pasado del metro. No lo esperábamos, fue una crecida rapidísima». ¿Y ahora qué? La pregunta obtiene casi la misma respuesta entre todos los protagonistas de este reportaje. «A limpiar, que es lo único que podemos hacer ahora». Como otros muchos vecinos, Nicolas se queja de «falta de atención» por parte de la Administración. «Pasado el momento de emergencia, se siguen necesitando cosas. Por ejemplo, contenedores. Esta mañana -por ayer- he llamado para pedir uno porque la basura acumulada ya no nos deja casi ni movernos».
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