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Arropados en el polideportivo

INUNDACIONES

Arropados en el polideportivo

El Gasca se convirtió en el refugio para los damnificados que no tenían dónde dormir. Cruz Roja atendió a una veintena de personas, que ayer por la mañana intentaba aún quitarse el miedo y el frío del cuerpo

08.11.11 - 03:28 -
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Arropados con mantas y también por el calor de los voluntarios de Cruz Roja, dieciocho vecinos de los barrios donostiarras de Loiola y Martutene pasaron la noche del domingo en el polideportivo Gasca de la capital guipuzcoana. Dormir no durmieron mucho, porque los nervios y el miedo habían calado lo suficiente como para no conciliar el sueño. Nada extraño después del «caos» que fue creciendo a lo largo del día, a medida que también aumentaba el caudal del río Urumea. Dejaron sus casas de forma urgente, algunos rescatados en lanchas por los servicios de emergencia, por la crecida del río, ese 'vecino' que tantos sustos acostumbra a darles y que el domingo por la tarde se desbordó como no lo hacía desde mucho tiempo. Mari Carmen Elizegi, nacida en la zona de Txomin y 40 años de vecina en la Colonia del Pilar, comparaba las inundaciones con las del año 1983 y con otras de mediados de los cincuenta. «Ha sido horrible», resumía ayer por la mañana, junto a un grupo de damnificados que intentaba quitarse el frío de encima con un café caliente en la entrada del polideportivo.
Los efectivos de Cruz Roja se habían preparado para lo peor. A las siete de la tarde, el equipo de respuesta inmediata en emergencias (Erei) fue activado oficialmente. A las nueve, una quincena de voluntarios ya se encontraba a pie de pista organizando el dispositivo, que quedó listo una hora más tarde. Con capacidad para atender a 500 personas, se desplazó material para 200, aunque finalmente solo fueron montadas cincuenta camas y utilizadas una veintena, informó Leire Tapia, coordinadora del equipo. «La atención ha sido de diez», agradecían, pese a todo, los afectados. «Ayer -por el domingo- pasamos miedo, pero lo peor llega en realidad ahora, entrar en casa sabiendo que todo está perdido. Cuando nos rescataron por la tarde, el agua ya lo había inundado todo, el frigo se quedó flotando. Estuvimos literalmente con el agua al cuello. Es que la crecida sucedió de forma muy rápida», cuenta Irene Domínguez junto a su marido Ramón Juárez, vecinos de Kristobaldegi.
Maruja y Vili, que viven en el bajo de una casa de la Colonia del Pilar, en Martutene, pasaron el día en Logroño con el peor de los presagios. «Hicimos el camino de vuelta a casa sabiendo que ya se estaba inundando todo, pero no esperábamos encontrarnos con esto. Ni siquiera pudimos entrar en casa. Estuvimos a punto de dormir en el coche cuando nos informaron de que podíamos venir al polideportivo», cuenta con los nervios reflejados en su cara ojerosa y sus manos inquietas. «Hemos hablado con una vecina y nos ha dicho que nos esperáramos lo peor. Nos hemos quedado sin casa», lamenta con preocupación lógica por su futuro más inmediato.
«Una cosa es contarlo y otra vivirlo», añade al relato Irene. «Me pasé todo el día con los prismáticos, sin quitarle ojo al río, pero el agua subió rapidísimo». Para Mariano Santos el miedo por las inundaciones fue a peor cuando empezó a anochecer y su hermano, que también vive en Martutene, no daba señales de vida. «Estuvimos tres horas hasta que lo localizamos. Se había dejado el móvil en casa y como no se podía entrar al barrio no dábamos con él». Mariano vive en un segundo piso en la colonia Artolategi del barrio donostiarra de Martutene, punto negro cada vez que la lluvia insiste en caer sin cesar. «La noche del sábado la pasamos ya medio en vela pensando en lo que podía pasar. Visto el panorama, ayer moví el coche de sitio pero no me imaginaba que iba a ser para tanto», relata.
La «eterna» espera al rescate
Enara Ayesa y Miguel Fernández también pasaron la noche en el polideportivo. Se libraron de los desperfectos en su casa porque viven en un tercer piso de la Colonia del Pilar, pero acabaron atrapados por la inundación en plena calle, donde ayudaron a sus vecinos y a los propietarios de los locales a salvar la mayor parte posible de enseres. «Varios vecinos acabamos en una esquina, esperando a que pasara la zodiac para que nos rescataran. La verdad es que tardaron bastante y esas horas se hicieron eternas», admite Miguel, que acaricia a Laica, la perrita de un vecino que también durmió en el Gasca. «La encontramos en brazos de un bombero y nos la llevamos. Los pobres animales están también muy asustados». Enara confiesa que ha pasado «mucho miedo». «Primero empiezas a pensar que el agua se va a llevar el coche, pero luego la cosa se puso bastante más seria».
Son todavía las nueve de la mañana. Maixabel Azaña, responsable de la atención de urgencia del departamento de Bienestar Social del Ayuntamiento de Donostia, recibe las últimas noticias móvil en mano. Hay que esperar al menos otras dos horas más para poder acceder a Loiola y Martutene, que amanecieron cubiertos por una manta espesa de barro y basura arrastrada por la riada. Cinco personas de los servicios municipales permanecieron en el polideportivo desde el domingo para intentar cubrir las necesidades básicas de las personas desalojadas. La noche en el Gasca fue un recurso de urgencia, y luego hubo que reubicar a las personas que lo necesitaran en pisos municipales o albergues. Azaña explica que para estos casos se sigue un protocolo para «garantizar la seguridad» de los afectados y nadie se quede sin ayuda.
Ayer, además de los realojos, se resolvían otros problemas cotidianos. Joseba Novoa, de Cruz Roja, entregaba una bolsa con ropa cedida por el hospital San Juan de Dios a una mujer cuyo domicilio había quedado completamente anegado y carecía de recursos. Otros voluntarios se desplazaban en ambulancia hasta una farmacia para comprar la medicación necesaria para varios desalojados. Miguel sacaba a pasear bajo la lluvia que aún se empeñaba en caer a Laica, sujeta con un cordel que hizo las veces de correa. Enara llamaba al trabajo para excusarse de su ausencia obligada por las evidentes circunstancias. Y todos deseaban volver a la normalidad, «cuanto antes, aunque costará mucho tiempo».
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