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El camino de la constancia

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El camino de la constancia

El donostiarra Iker Urreizti colgó las botas este verano tras una carrera brillante. Sus innumerables horas de trabajo, muchas en La Jaula, le han permitido cumplir su sueño

28.09.11 - 02:18 -
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«Para mí, el baloncesto es un camino, el que yo elegí. Tengo que agradecer a mi familia, a mi mujer y a mis niños que me hayan seguido durante los últimos diez años. He trabajado en lo que me ha gustado, por eso estoy muy agradecido». El pasado 8 de mayo, en Girona, Iker Urreizti jugó su último partido como profesional. Era el final de una carrera brillante con una estrella como guía: la constancia.
«El baloncesto es un deporte muy físico», explica. «Si mides 1,52 en el instituto, como era mi caso, te toca currar. He tenido una carrera larga sin tener unas condiciones especiales. Las trabajamos mucho, con José Ángel Samaniego o con Juan Carlos Comas Valls, no digo que no, pero el que algo quiere, algo le cuesta».
Horas y horas de esfuerzo que marcaron un viaje con un punto de partida: La Jaula de Sagües. «Sobre todo recuerdo que daba igual que hiciese frío o que lloviese. Aquí veníamos nosotros, con nuestro pantalón corto y nuestra camiseta de tiras».
A partir de los seis años, cuando su familia se mudó al barrio de Gros y Urreizti ingresó en el Miren Bihotza, La Jaula se convirtió en su «segunda casa. Sobre todo era un ambiente. Todo el colegio era muy baloncestero. ¿Horas? No había horas para jugar a baloncesto. A la hora de comer, en el recreo... Siempre. Ahora los chavales tienen otras cosas, pero nosotros teníamos eso y lo disfrutábamos al máximo».
El baloncesto era una diversión, pero para él suponía algo más. Era su pasión. Y desde muy pronto, una forma de vida que también le hizo sacrificar algunas cosas.
«Si deseas algo con fuerza tienes que renunciar a cosas», recuerda. «Por ejemplo, no tuve excursiones con el colegio. No porque no pudiera, sino porque me autoexigía no faltar a un entrenamiento. O salir con los amigos, o muchas cosas. Ahora pienso, 'si hubiese hecho todo eso, ¿me lo hubiera pasado mejor?' Yo creo que no».
A los 16 años, Urreizti dio un paso sin vuelta atrás. Se marchó a Alicante. «Recuerdo aquella tarde en la que le dije a mis padres que quería ser jugador profesional y que lo iba a intentar a toda costa. No fue fácil, pero sabía que me iban a apoyar. Así lo hicieron».
«Fue duro, pero estaba viviendo mi sueño», relata. «Tuve que tomar esa decisión porque en Gipuzkoa no había equipo de élite en aquel momento. No ganaba ni para el desayuno, pero jugué a nivel profesional y me sentí realizado. Me hizo coger fuerzas para mi futuro».
Un futuro en el que se ha convertido en el jugador con más partidos en la historia de la LEB, con 439, además de dos ascensos. «La considero mi Liga. Tener el récord de partidos es un honor, porque es una competición fantástica».
Un partido muy especial
Pero antes, vivió uno de sus partidos más emotivos. Fue en la ACB y con la camiseta del Valladolid. «Allí tenía a mis dos fieles seguidores. Sobre todo al aita, que poco después cayó enfermo. Es el mayor regalo que pude hacerles. Todos los fines de semana mi aita acababa de trabajar de noche, viajaba, veía el partido y se volvía de noche. Esa relación era muy especial y el que viera ese partido para mí es algo único». Su equipo perdía por 18 ante el Caja San Fernando, entonces en la zona noble. «Gustavo Aranzana prácticamente lo dio por perdido y nos sacó a los chavales. Tenía 19 años. Fue uno de esos partidos en los que te sale todo. Creo que en once minutos hice 14 puntos, cinco asistencias, tres o cuatro robos...».
Se acercaron a cuatro y Urreizti clavó un triple... Y el Valladolid recuperó la bola. Quedaban catorce segundos. «Raúl Pérez, el alero estrella, me la pidió. Hice como que no le vi, y en el último segundo se la di a Llorens bajo aro. La metió. Siempre le digo a mi hermano que a ver quién ha salido a hombros de una cancha ACB. Fue increíble».
En su camino, Urreizti ha vestido la camiseta de trece equipos, aunque la que tiene un lugar más hondo en su corazón es la aurinegra del Canarias, donde ha jugado sus últimas cuatro temporadas. «La Laguna vive el baloncesto como una religión en el sentido más positivo. Es un club muy familiar y tiene la filosofía de que si el jugador está mal, hay que apoyarle. Teníamos un pabellón diferente, una bombonera al estilo griego. Hemos disfrutado muchísimo. La familia aurinegra es especial». «A mí me paró un día un abuelito por la calle y se me puso a llorar sin conocerme», continúa. «Me daba las gracias por los cuatro años. Tenía claro que no me iba a otro sitio, les debía el irme con su camiseta».
En dieciséis años de carrera, Urreizti no ha tenido la oportunidad jugar una temporada entera en Gipuzkoa. «Me da un poco de pena, sobre todo porque mis amigos, mi familia, no han podido disfrutarlo como me hubiera gustado».
Sin embargo, cuando se le pidió una mano, allí estuvo. El Askatuak, en LEB 2, se jugaba el descenso contra el Doncel La Serena. Era el mes de abril de 2001. «Iñaki Almandoz, con todo el cariño, nos llamó -vino junto a Albert Alzamora-. Tengo un recuerdo maravilloso de poder jugar en el Gasca, de que los aitonas, la familia, todos pudieran, aunque fuesen tres partidos, disfrutar de verme jugar». El Askatuak se salvó.
Una vida llena de buenos recuerdos deportivos, pero sobre todo, personales. «Los números, las temporadas pasan. Y a nosotros nos quedan las amistades. Tengo la suerte de que en cada ciudad, en cada rincón, puedo dar un buen abrazo».
A sus 36 años, Urreizti comienza a escribir un nuevo capítulo. Lo hará en Almería y pensando en los más pequeños. «Me encanta todo lo relacionado con los chavales. Además, para mí, al tener dos hijos, es importante crearles un ambiente sano como el que nos crearon a nosotros en el Juven en Altza. Me encantaría trabajar para ello, con una escuela, ayudando a que escojan un buen camino».
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Recuerdos. Iker Urreizti, en Sagües, donde comenzó a jugar a baloncesto con sus compañeros de colegio. :: PEDRO MARTÍNEZ

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