diariovasco.com
Martes, 29 mayo 2012
sol
Hoy14 / 19||Mañana15 / 18|
más información sobre el tiempo
Estás en: > > >
Goteras en Shangri-la

TIPICAZOS

Goteras en Shangri-la

La televisión e internet han cambiado para siempre Bután, el pequeño reino perdido en los Himalayas. La vieja generación de agricultores budistas convive hoy con otra que mira al exterior, bebe, consume droga, usa minifalda y se divorcia

19.08.11 - 02:30 -
En Tuenti
CerrarEnvía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

* campos obligatorios
Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

* campos obligatorios
El mito surgió de la pluma del escritor inglés James Hilton. Él alumbró Shangri-la, el paraíso tibetano perdido entre las cumbres de la cordillera del Himalaya en el que discurre su novela 'Horizontes Perdidos', que Frank Capra llevó al cine en 1937. Aquel bonito sueño en blanco y negro quedó grabado en el imaginario de millones de personas. Era simple cuestión de tiempo que alguien creyera haberlo encontrado en algún rincón del planeta.
Un rey desconocido, Jigme Singye Wangchuck, aportó la primera pista en los años 70, cuando, poco después de su proclamación como cuarto monarca butanés, anunció que su objetivo no era elevar el Producto Interior Bruto (PIB) del país sino trabajar por la Felicidad Nacional Bruta(PNB) de sus súbditos. Aquellas palabras y los primeros testimonios de afortunados viajeros que describían una idílica tierra habitada por unas gentes sencillas, pacíficas, orgullosas de sus tradiciones y profundamente religiosas obraron el milagro. Shangri-la 'apareció' en el mapa. Su nombre, Bután. Un pequeño país del tamaño de Suiza -no llega a los 40.000 kilómetros cuadrados-, situado al sur del Tíbet, entre China y la India, cerca de Nepal, cuya población ronda los 700.000 habitantes.
Después de siglos de espaldas al mundo exterior, Bután y los butaneses han experimentado un cambio vertiginoso en los últimos cuarenta años. La transformación arrancó lentamente con la llegada de los primeros viajeros en los años 70. Pero el gran salto adelante -hacia atrás en algunas cosas- llegaría con la autorización de la televisión en 1999 y, sobre todo, con la generalización de internet y la telefonía móvil.
El cambio puede ser difícilmente perceptible para los visitantes que, en número creciente aunque todavía muy limitado -unos pocos miles al año-, visitan el país. Todos deben abonar al Gobierno una tasa diaria de 200 dólares. Por ese dinero reciben transporte, alojamiento y manutención. Si tienen gustos más sibaritas, además de abonar la tasa, pueden optar por gastar a partir de 850 euros diarios para disfrutar de uno de los cinco idílicos hoteles, pequeños e integrados en el entorno, que la cadena Amán ha levantado en el país.
Lo que se encuentra el viajero en esta Shangri-la del siglo XXI es un pueblo de una bondad que extraña a los ojos occidentales. Sobre todo fuera de las dos únicas ciudades que merecen tal nombre, la capital Timphu, y Paro, que acoge el único aeropuerto del país, en el que solo aterrizan y despegan los aviones de la compañía nacional, Druk Air.
Hasta hace dos décadas, la realidad butanesa era la de un país casi anclado en la Edad Media, sin apenas coches ni electrodomésticos, con la mayoría de la población viviendo en nevadas montañas y en fértiles valles. Esa fotografía hoy es pasado. Como ocurrió primero en Occidente y ahora en China o la India, sus dos gigantescos vecinos, hoy existen dos butanes y dos tipos de butaneses.
La exaltación del sexo
En el campo, en todo el este del país, la vida discurre como antes, como siempre. Las familias -en algunos casos los hombres todavía tienen más de una mujer, una costumbre que ya no se da entre las generaciones más jóvenes- se dedican a la agricultura y al cuidado de los animales, generalmente vacuno y yaks. Sus casas, modestas, tienen tres o cuatro plantas. La baja es para el ganado. Las centrales, para vivir. La última, muchas veces sin paredes, es la despensa.
Buena parte de las casas lucen en sus fachadas enormes falos pintados. No existe una única explicación. La más común atribuye la costumbre a la influencia de Drukpa Kunley, el Divino Loco, un lama que hace varios siglos se dedicó a predicar el budismo por estas tierras exaltando el sexo.
El trabajo y la oración llenan la vida de los butaneses. El concepto occidental del ocio apenas existe. Como tampoco la prisa o el estrés. El tiempo libre sirve para disfrutar de unos paisajes de ensueño, cazar o pescar -quienes no llevan sus creencias religiosas al límite-, charlar y, los que tienen la suerte de estar alfabetizados, leer. Un lujo solo al alcance del 47% de los butaneses que están alfabetizados. En los hombres el nivel es del 60%; en las mujeres, del 34%.
Los butaneses acostumbran a ir ataviados con el traje nacional, excepto para trabajar en el campo. Ellos con el go, una especie de elegante albornoz, que se completa con zapatos y calcetines hasta la rodilla. Ellas con la kira, una falda hasta los pies. Es como si el reloj se hubiera parado en otro tiempo o se asistiera a una representación teatral. ¿Una prueba de su apego a las tradiciones? En algunos casos, sí. En otros, simple cumplimiento de la ley. El traje nacional es obligatorio para caminar por la calle, ir a la oficina, la escuela o el monasterio... hasta las seis de la tarde.
Ahora cada atardecer, y en número creciente de año en año, jóvenes, adolescentes y cada vez más adultos de Timphu y Paro mudan su aspecto. Del go y la kira, a los jeans y la minifalda. Es lo que mola en las discotecas donde, solo hasta las diez, eso sí, se beben coca cola y combinados alcohólicos, y se escucha la misma música que en Nueva York, Sydney o Bangkok. Y el desplazamiento, a ser posible en coche. En el país aún no hay semáforos, pero los butaneses de ciudad han aprendido ya el significado de la palabra atasco.
Son los designios de la globalización. Como antes le ocurrió a Nepal. La televisión local, que inauguró sus emisiones en 1999, abrió el camino. Todavía hoy apenas emite de cinco de la tarde a diez de la noche. Da igual. Pero las parabólicas e internet hacen el resto. Ellas se llevan el grueso de la audiencia con los partidos de fútbol de las ligas inglesa y española, y la emisión de películas del Bollywood indio.
Fútbol y golf
Nada extraño, pues, que los butaneses hayan empezado a diversificar también sus gustos deportivos. Hasta antesdeayer el monopolio era para el deporte nacional, el tiro con arco, que conserva su popularidad. Eso sí, ahora no es extraño ver a algunos practicantes con unos flamantes arcos de fibra de vidrio 'made in USA' recién adquiridos por internet. Pero el fútbol ha empezado a penetrar en colegios, monasterios y descampados. Y la clase alta hace ya tiempo que ha importado el golf a Shangri-la. El primer campo del país -de nueve hoyos- está en Timphu.
Los butaneses, como los españoles de los años 60, sueñan con una televisión y un coche. La tele empieza a ser común en sus angostas viviendas, en las que nunca falta el retrato del rey y un pequeño altar. La mayoría de los hogares cuenta igualmente con cocinas a gas. Sin embargo apenas hay frigoríficos, lavadoras y aún menos coches, demasiado caros.
Y es que Bután figura entre los países con menor renta per capita. En el último ranking del Banco Mundial figura en el puesto 125 de 160 estados con 1.831 dólares anuales. España tiene 31.774 y ocupa el puesto 26. Ello no es obstáculo para que los butaneses declinen realizar algunos trabajos especialmente penosos, como el asfaltado de carreteras, que suelen ejecutar indios.
La vestimenta no es la única restricción que sufren los butaneses, que en 2008 estrenaron una democracia todavía imperfecta. Desde 2004 está prohibida la venta de tabaco y fumar en espacios públicos. El escaso respeto ciudadano a tal veto ha llevado al Gobierno a endurecer la norma. Algunos adictos a la nicotina ya han dado con sus huesos en la cárcel. Las penas por distribución son aún más graves, al igual que por consumo de marihuana u otras sustancias. Y eso que la 'maría' crece de forma salvaje por todo el país.
La acelerada modernización ha tenido consecuencias. El número de jóvenes con problemas por consumir estupefacientes se ha disparado. También la cifra de divorcios, fruto de la creciente afición de los butaneses por las relaciones extramaritales. Además, han empezado a aparecer pandillas de jóvenes que atacan a otros para robarles, sobre todo, móviles de última generación.
Son las goteras de la Shangri-la real. De unos butaneses que intentan subirse al tren de la modernidad sin enterrar el edénico legado recibido de sus mayores.
TAGS RELACIONADOS
En Tuenti
Goteras en Shangri-la
Goteras en Shangri-la
Goteras en Shangri-la
Goteras en Shangri-la
Goteras en Shangri-la

Un grupo de monjes juega al voleibol. A la izquierda, dos azafatas de Druk Air (las líneas aéreas butanesas) en el aeropuerto de Paro. En las fotos pequeñas, estampas callejeras del país asiático.

:: AFP Y REUTERS

Videos de Más actualidad
más videos [+]
Más actualidad
Diario Vasco

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.