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CRÍTICA VICTORIA EUGENIA

Sublime exigencia

11.08.11 - 03:10 -
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Fue magnífico de principio a fin. Partió del que está considerado el padre del cuarteto de cuerda junto con Haydn y llegó al último Beethoven, pasando por un Bartók con breves guiños al folclore de su país. La cita de ayer en el Victoria Eugenia fue una significativa narración de lo que es un cuarteto de cuerda realizada por unos verdaderos profesionales del arte y la comunicación: el Cuarteto Casals. El conjunto, de una calidad musical difícilmente superable, regaló el interesante recorrido con un respeto absoluto a los estilos y autores.
Haciendo gala de un completo conocimiento del repertorio, escogió arcos de época para un Boccherini construido en base a las imitaciones y los diálogos entre los instrumentos. La claridad expositiva, la bien pensada articulación y las contenidas dinámicas, tal y como corresponde a la música de Boccherini, fueron la base de una ejecución adecuada y tremendamente convincente.
Con la escucha de esta obra ya teníamos muy claro cuáles iban a ser las constantes del recital, de gran exigencia interpretativa. La afinación, el dominio técnico, la seguridad o la compenetración entre los cuatro instrumentistas parecieron no importar viendo su complicidad a la hora de sentir la música. Desde la puesta en escenar hasta la forma de entender los silencios, absolutamente todo fue perfecto.
La constatación del extraordinario nivel del cuarteto ante un programa tremendamente exigente llegó con la obra de Bartók, de lenguaje complejo. Aun siendo una partitura que camina hacia el diatonismo y que muestra guiños al folclore, es una composición dura, tanto para los intérpretes como para el público, que ayer fue especialmente silencioso y respetuoso. Y es que cuando las cosas son muy buenas, convencen, se comparta la estética o no.
El intenso trabajo rítmico o la densidad polifónica del 'Allegro' inicial fueron mostrados con furia y solidez. El veloz segundo movimiento, un 'Scherzo' con sordina que utiliza el ponticello y la gama de pianissimos casi constantemente, salvo bruscos acentos, o el estático 'Non troppo lento', que hizo parar el reloj del tiempo por la sensibilidad con la que fue ofrecido, resultaron mágicos. El cuarto tiempo, en constante pizzicato, y el 'Allegro molto' final, el más húngaro de todos los movimientos, coronaron una lectura soberbia.
Beethoven no hizo más que reafirmar la capacidad del Casals de abordar con solvencia y gran sensibilidad cualquier tipo de repertorio. El inmenso movimiento central, del que el compositor dijo que era "un canto de acción de gracias ofrecido a la divinidad por un convaleciente" resumió lo que el cuarteto regaló: pura belleza, arte compartido entre cuatro grandísimos intérpretes que respiraron música juntos y nos permitieron sentirlo con ellos.
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