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«Ya no sé qué hacer con mi hijo»

AYUDA SOCIAL. ADOLESCENTES CON PROBLEMAS

«Ya no sé qué hacer con mi hijo»

El programa Norbera lleva 16 años ayudando a que adolescentes con distintos problemas y sus familias encaucen estas situaciones. La Fiscalía constata un aumento de las agresiones de hijos a padres en Gipuzkoa

31.07.11 - 04:23 -
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Hace no mucho Lorena, pongamos que se llama así, se acercó al vetusto edificio de la calle Intxaurrondo de San Sebastián donde tantas horas había pasado durante su época rebelde. Acabó saliendo por la puerta de atrás. «Nos pidió el alta voluntaria. No finalizó el programa». Pero al cabo de un tiempo se presentó ante aquellos educadores, psicólogos y psicopedagogos que habían intentado enderezar una adolescencia trufada de conflictos y les dijo: «Necesitaba enseñaros esto». Esto eran las notas de Bachiller. Era la primera de clase.
Pocos habrían dado un duro por Lorena, o por Asier, o por Ainhoa, o por Javier... Por todos los chavales, actualmente 80 y el año pasado 170, que en 16 años han cruzado la puerta del vetusto edificio para participar en el programa Norbera de la Fundación Izan, dependiente de la Diócesis de San Sebastián. Son menores de entre 14 y 18 años que han convertido en un calvario para sus familias, y también para sí mismos, una etapa ya de por sí difícil. Adolescentes, en su mayoría hijos de la clase media que puebla Gipuzkoa, que en los casos extremos han acabado en el juzgado. Jóvenes 'desacarriados' cuyo rumbo, pese a todo, es posible corregir. Como Lorena, otros muchos lo han conseguido.
Lo primero que sorprende al entrar en el edificio situado en Ategorrieta son los espacios diáfanos, la gran sala con el ping-pong, el billar y el futbolín, la inmensa terraza o la alegría de los murales que decoran las salas donde los adolescentes desnudan su intimidad y acaban hablando con los educadores, a calzón quitado, sobre los principales problemas que les han llevado a Norbera. Pueden ser chavales que han ido un paso más allá del tonteo con las drogas, el cannabis en la gran mayoría de los casos, la cocaína o la ketamina en los menos; menores con un carro de suspensos en la cartilla escolar, que muestran un comportamiento inaceptable en clase... eso si es que van; chavales que, sin problemas como los anteriores, son incapaces de entablar relaciones de amistad y sufren depresiones leves, o aquellos que han convetido su casa en un infierno con broncas en las que llegan a las manos y acaban pegando a sus progenitores.
El 15% de los adolescentes que atendieron el año pasado habían agredido alguna vez a su padre y, casi uno de cada cinco, el 18%, a su madre. El porcentaje desciende al 5% en el caso de las agresiones continuas. «Son cifras altas», reconoce Carlos Jiménez, director técnico de Norbera. ¿Y van a más? «Es un fenómeno que en los últimos 20 años ha ido en aumento, aunque desde hace unos años se mantiene al mismo nivel, lo que pasa es que ahora se denuncia más», explica. «Hay un informe que dice que en Euskadi del 2004 al 2008 las denuncias por violencia filo-parental subieron un 80%».
Este incremento también se refleja en la última memoria de la Fiscalía de Gipuzkoa, que en el apartado referido a los menores constata que la «violencia doméstica está en progresión claramente preocupante, y el mismo incremento se aprecia en delitos de lesiones y faltas contra las personas». El año pasad, se incoaron 54 diligencias preliminares en relación a delitos de violencia filo-parental, doméstica y de género. El informe se refiere «a la incapacidad de los padres de poner límites a sus hijos, o casos en los que estos, sencillamente, los infringen». Como consecuencia, «existen serios problemas de convivencia familiar que llevan a que sean los propios padres quienes demanden que sus hijos sean apartados del domicilio». Pero como se recuerda en la memoria, desde el punto de vista jurídico-penal, no siempre es posible ya que el tipo de infracción cometido no permite imponer el internamiento. Por ello, hay que optar por otras medidas, con el objetivo fundamental de conseguir que la relación familiar se formalice y que se establezcan formas de relación y solución de conflictos de forma dialogada.
Y ahí entran programas como Norbera, que en ocasiones forma parte del cumplimiento de medidas de libertad vigiliada, socio-educativas o la mediación, especialmente en casos de violencia filo-parental. Algunos casos son derivados desde el juzgado, pero en muchas ocasiones previamente ya ha habido un contacto con los especialistas de Norbera después de que las alarmas saltaran en el centro escolar, con los servicios sociales de base o directamente porque la familia había acudido reclamando auxilio.
Con secretismo y culpa
«Más de una vez nos ha pasado que los padres nos han pedido ayuda porque su hijo consume drogas, o se comporta de forma inadecuada en la escuela pero no por violencia filo-parental, un problema que ha salido más tarde, conforme hemos ido profundizando en el diagnóstico. No suele ser motivo de la primera demanda, a menos que venga por la vía judicial». Es muy raro que los padres lleguen diciendo: 'quiero que me atendáis porque mi hijo me pega', «porque es especialmente doloroso que un hijo te agreda. Es una situación que se vive con cierto secretismo, y también con culpa», explican desde Norbera. Cuesta reconocer esos episodios que empiezan a encenderse cuando el joven pide dinero, se niega a aceptar un límite de horario o cuando le molesta lo que los padres le están diciendo que tiene que hacer. Luego estalla la discusión, que va subiendo de tono, más y más, y termina en una bofetada, golpes, en un empujón o en la ruptura de mobiliario, amén de las amenazas verbales, insultos y las faltas de respeto.
Cuesta, de entrada, pedir ayuda cuando el hijo es el agresor, «porque los padres se preguntan qué están haciendo mal para que eso ocurra. Generalmente son chavales que en otros aspectos no van bien, son situaciones multicausales». Jiménez también habla del miedo a denunciar, «sobre todo en las madres, por las consecuencias penales que puede tener en el menor. Cree que la denuncia no debe ser el primer recurso, pero sí una forma de pedir ayuda. Porque si el problema llega a la Fiscalía de Menores, lo habitual es que establezca una medida penal de una mediación».
Aunque pueda predominar la idea de que son los chicos los que más agresiones cometen, en esto también las mujeres se están igualando. Lo que sí se aprecia en las estadísticas es que las madres son más suceptibles de convertirse en víctimas que los padres.
Uno de los pilares sobre los que se sustenta Norbera es que el plan de actuación con el adolescente discurre de forma paralela y coordinada a la de sus padres. Es un trabajo familiar, en el que cada uno tiene su propio educador. Que sus padres tengan entrevistas con los educadores, asistan a sesiones con otros progenitores en la misma situación o charlas con expertos es un aliciente para que los adolescentes conflictivos continúen, más allá de la primera sesión, a la que acuden obligados, yendo a Norbera. Se trata de un plan que de media suele durar año y medio. «Estas situaciones no se pueden cambiar de la noche a la mañana, es voluntario».
«Trabajando con menores es imposible no pensar en las familias, en las que se busca la mejora de las funciones parentales», explican los expertos de Norbera. En los progenitores detectan, en general, que las principales dificultades que tienen es saber poner límites, contener a los hijos, pero también en el aspecto afectivo transmitirles que se les quiere y dedicarles tiempo. «Actualmente, los padres estamos sobrecargados de tareas y a veces no tenemos ni tiempo ni calidad para estar con ellos», dice Jiménez, quien subraya la importancia del control emocional para manjenar situaciones conflictivas.
A los progenitores se les dan pautas. ¿Y a los menores? ¿qué se hace con esos adolescentes cuando, por ejemplo, agreden a sus padres? «De entrada, recordarles que es inmoral y que la violencia nunca lleva a nada. Y dejarles muy claro que nunca jamás lo pueden volver a hacer. Para ello, le vamos a ayudar a que aprendan conocer y expresar sus sentimientos, a que superen el control de sus impulsos, a saber que todo lo que desean no tiene que ser satisfecho al momento, a desarrollar habilidades de negociación...».
Porque es habitual que los adolescentes se pongan, de entrada, a la defensiva con argumentos tipo «es que mi padre o mi madre me rayan...». Pero más allá de esa fachada, en el fondo, esa relación conflictiva con los aitas «les genera un gran sentimiento de culpa, remordimientos de conciencia».
De hecho, el año pasado, cuando los chavales que acuden al proyecto Norbera fueron preguntados por qué es lo que más sufrimiento les generaba, la mayoría lo tuvo claro: el deterioro de la relación con los padres.
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