Uno recuerda haber leído comentarios sobre algún incidente aislado producido antaño en la avenida de Navarra por alguno de los usuarios del programa de metadona, pero no tenía idea de que anteriormente se hubieran producido serios tumultos en la zona, y a raíz nada menos que de una campaña de vacunación contra el cólera, que desató otro tipo de cólera.
Sin embargo, así fue, o así lo recogió hace cuarenta años DV por medio de una larga e indignada carta fimada por Ceferino Jareño, de la que reproducimos sus principales pasajes.
«Desorden e indisciplina. Es lo que para sonrojo de todos abundó tardes pasadas en los accesos a la Jefatura Provincial de Sanidad sita en la Avenida de Navarra. Desorden e indisciplina. Así fue. No pecamos de expresivos si el hecho lo calificamos de denigrante, en verdad, por el espectáculo que provocó el desorden público que en la tarde del pasado día 20 se agolpaba en informe cola para quienes fuimos a la vacunación. Unos lo conseguimos, muy a duras penas y en otros muchos sólo quedó en ganas».
El lector pintaba una escena tremebunda: «El incivismo y la indisciplina por el propio desorden campó por sus respetos y lo que tenía que pasar pasó. La masa humana, contagiada del ambiente, montó en cólera y NADIE conseguía poner orden y concierto en aquel desbarajuste con visos de populachero. Y así no vamos a ningún sitio. A un extranjero que con su 'leika' se recreaba en el espectáculo que gratuitamente se le ofrecía a su vista, quisieron lincharlo. Inaudito».
¿Desorden? ¿Masa encolerizada? ¿Linchamiento? Uf, la carta reproducida en la página 2 de nuestro periódico (edición del 29 de julio de 1971) da tan mal rollo que cuesta seguir leyéndola, pero debemos hacerlo, para intentar entender lo que pasó: «Nadie conocía en su justo alcance la importancia o trascendencia del problema y todo tomaba poco menos que aires de tragedia. Se comentaba de muertes casi repentinas, de epidemias, etcétera, cuando al parecer todo se centraba en un localizado foco de 'infección intestinal de tipo estival'. Me río yo...».
El caso es que ante aquella alarma sanitaria muchos donostiarras acudieron en busca de la vacuna y, al parecer, se encontraron con el caos. En palabras de Ceferino Jareño, «el pueblo invadió los alrededores del Instituto de Sanidad y el Ambulatorio en pos de la preciada vacuna anticolérica». Pero no había dosis suficientes para tamaño avalancha. Las puertas se cerraban «a cal y canto al público que tan estoicamente soportó 14 horas de estar en sufrida cola», mientras corrían los rumores de que algunos 'recomendados' se estaban haciendo con las últimas vacunas.
«Y aquí ardió Troya. Se produjo la explosión de quienes se sentían vejados, desatendidos. Mujeres sin distinción de edad, aprisionadas; niños apretujados hasta el punto de la asfixia y golpes y mamporrazos a mansalva. Así se escribe la historia». Una imagen penosa, de la que no encontramos más detalles. Y mientras, «el servicio de orden público sin conseguir dominar con serenidad a la masa».