Con crisis o sin crisis económica, en San Sebastián hay muchas personas que no tienen recursos para comprar lo imprescindible para comer y tienen que recurrir a la ayuda que proporciona el Banco de Alimentos, que les suministra unos productos básicos, lo suficiente para tener una ingesta de comida diaria. En este momento son unos 8.500 los donostiarras que precisan de esta ayuda. Posiblemente la demandarían más personas, muchas de las que tienen una pensión que ronda los 400 euros mensuales, pero que no la piden por no pasar la vergüenza de acudir a la asociación o parroquia que distribuyen estos alimentos.
Al margen de estos significativos datos y otros que se ofrecerán a lo largo de este reportaje, queremos dar a conocer la existencia del Banco de Alimentos de Gipuzkoa, cuya efectiva misión es para muchos desconocida. La idea de crear un banco de alimentos se gestó en Estados Unidos. El norteamericano John van Hengel, al ver en su entorno que había gente que no tenía para comer, se acercó a varios supermercados a pedir que le donaran los productos que estaban cerca de su caducidad y que para los establecimientos eran ya invendibles y los tenía que destruir. Se los donaron y los pudo repartir entre los necesitados. Su iniciativa no tardó en extenderse por Estados Unidos y llegó más tarde a Europa y también a España donde se empezaron a crear bancos de alimentos, cuya filosofía se cimenta en el rechazo al despilfarro, pero sobre todo por el no aprovechamiento de todo tipo de bienes, sobre todo, naturalmente, de los alimenticios, que siendo perfectamente consumibles, si bien no comercializables, son destruidos antes de darles una utilidad de alcance social.
Esta ola social llegó a Bizkaia, donde en 1994 se crea un banco de alimentos. Algunos de los promotores de este banco, amigos de varios guipuzcoanos, entre ellos unos cuantos donostiarras, les sugieren hacer lo mismo en Gipuzkoa. El grupo, vinculado al colegio de Ingenieros de Gipuzkoa, se pone en marcha para tratar de poner en marcha un banco de alimentos en Gipuzkoa. «Partíamos de cero. Se desconocía en el territorio esta actividad y mucho menos la filosofía que perseguía este movimiento», explica Javier Aguirregabiria, uno de los fundadores del Banco de Alimentos de Gipuzkoa.
El comienzo fue duro al tener que ir llamando puerta a puerta y explicar en cada gran superficie o fábrica de alimentación lo que se pretendía. A las instituciones públicas también les pilló esta iniciativa fuera de juego. Alguna como el Ayuntamiento de San Sebastián tardó en apoyarla porque esto suponía de entrada reconocer la existencia de la pobreza en la ciudad y porque además desconfiaba del sistema al no controlar directamente esta labor social.
Las personas que tomaron la iniciativa, que eran y son voluntarios que trabajan de forma altruista dando parte de su tiempo libre para este cometido, tenían que explicar ante los gerentes de las empresas que visitaban que el reciclaje de cualquier subproducto a destruir, bien por próxima caducidad, bien por excesos en la producción, etcétera, genera unos costes generalmente elevados sin otra contrapartida que la eliminación física de los stocks no vendibles, ya que, en la generalidad de los casos, no es posible una ulterior aplicación rentable de los mismos.
Se calcula que de cada kilo destruido, sin contar la mano de obra que debe aplicarse a tal fin, acarrea un costo de 0,06 euros, entre transporte, logística y eliminación. Otro tema al margen es el denominado 'costo ideológico' incluido dentro de la pérdida e prestigio de una empresa que destina parte de sus propios fabricados a su destrucción. Además, es de resaltar que el Fisco reconoce las acciones que realizan las empresas para la mejora del bienestar de la sociedad, permitiendo la desgravación de las aportaciones que realizan a fundaciones benéficas, entre las que se encuentran oficialmente los Bancos de Alimentos.
Pues todas estas cuestiones fueron explicadas con paciencia en las empresas guipuzcoanas que se dedican a temas alimentarios y en las grandes superficies por el grupo de voluntarios que quería poner en marcha el proyecto del Banco de Alimentos. Y a base de insistir mucho se fue poco a poco logrando la adhesión de empresas y grandes superficies con la donación de alimentos. La Diputación ofreció su apoyo subvencionando el alquiler del local donde se almacenan y reparten los alimentos, y más tarde entró el Ayuntamiento donostiarra. Con la ayuda de Kutxa se compraron vehículos para la recogida de alimentos y una cámara frigorífica. Además esta entidad financiera da 6.000 kilos de alimentos al mes que compran a distintas empresas de alimentación y aportan garbanzos, lentejas, azúcar, leche y aceite.