Mikel Olaetxea cerró un ciclo de éxitos en los campeonatos de plata al derrotar 22-18 con una espectacular voltereta a Miguel Merino en la final del Manomanista de Segunda, ayer en el Adarraga de Logroño. El delantero de Lizartza remontó un 9-18 en contra gracias a una tacada de trece tantos. Cada vez que iba a ejecutar el saque el público le pitaba, pero acalló a todos y se llevó el triunfo. Suma esta txapela a la del Cuatro y Medio, lograda en 2008, y a la de Parejas, obtenida hace dos meses junto a Albisu.
El verdadero Olaetxea, el que se había ganado la condición de ligero favorito, apareció justo cuando el partido parecía tocar a su fin. Miguel Merino había mandado hasta entonces gracias a su derecha. Con una pelota viva que metió en el rebote con su primer saque, mantuvo a Olaetxea lejos de posiciones peligrosas. También acertó a cruzar la pelota a la pared izquierda. El guipuzcoano ejercía de recadista. Alguno recordó aquella época en la que se dedicaba al reparto de panes por los caseríos de Berastegi, Elduain y Berrobi. Anduvo como una peonza, dando vueltas, lo mismo atrás que adelante, igual a la derecha que a la izquierda.
No conseguía contrarrestar el dominio del riojano, quien aprovechó bien su saque para poner lejos la pelota y llevar la iniciativa. También la recuperaba con buenos restos cuando el saque obraba en poder de Olaetxea, incapaz de aprovechar el saque-remate con la asiduidad que le ha caracterizado a lo largo de este campeonato.
Mikel, sin embargo, no se vino abajo ni cuando pintaban bastos. Con la ayuda de su hermano Iraitz, el botillero, esperó su oportunidad con la esperanza de que apareciera antes de que el adversario llegara al cartón veintidós. Y apareció. Una falta de saque de Merino en el 9-15 le brindó una primera ocasión de la que no obtuvo fruto. Después, con el 9-18, el zaguero de Villar de Torre no enganchó un sotamano (10-18). Aquella jugada pudo quedar en anécdota ante la diferencia que reflejaba el marcador. No fue así.
Las armas de Olaetxea
Resurgió el Olaetxea que había resuelto cuatro eliminatorias para plantarse en la final. Y lo hizo con sus armas. Aunque carece de una derecha poderosa, busca el saque-remate con determinación y emplea la zurda con técnica. Tanto a tanto, saque a saque, remate a remate, adquirió la confianza que le había abandonado en la primera media hora de choque.
Su resurrección sobre la cancha del Adarraga coincidió con el bajón físico del mayor de los hermanos Merino, acentuada con el 13-18, un tanto duro y clave de diecisiete pelotazos que agotó las reservas del riojano. Joaquín Plaza trató de recuperarle con un par de descansos, con ánimos, con una larga charla que le ofreció mientras el pelotari cubría su cabeza con una toalla. Mejor le hubiera venido un tanto que se le negó.
Olaetxea asaltó el Adarraga por la vía rápida: saques, ganchos, un dos paredes de aire con la zurda, alguna parada en el txoko... Sólo cuatro de los doce últimos tantos se resolvieron con más de tres pelotazos. El delantero de Lizartza, que pertenece a Asegarce, evitó el peloteo consciente de su inferioridad en ese terreno. Olaetxea calentó más de un bolsillo con su remontada. Sus fieles seguidores, a los que la distancia entre Lizartza y Logroño no amilanó, se volvieron locos. La pasión con la que La Rioja vive los partidos de pelota cuando alguno de los suyos está sobre la cancha es evidente, pero Lizartza saltó a la cancha para abrazar a su ídolo, derribarlo -van a ahogar a algún pelotari- y levantarlo después para que recibiera la txapela. El año que viene jugará en Primera.