Nadie diría que ha tenido que recurrir a Caritas para poder salir adelante. Aparentemente, Jesús Tellería no parece una persona necesitada; de hecho, podría ser perfectamente ese vecino del barrio al que saludas por la calle de vez en cuando y al que no parece que las cosas le vayan mal. Viste unos vaqueros azules, una camiseta negra, una chaqueta de algodón azul y unas zapatillas corrientes, ni muy caras ni muy baratas. Y parece que la vida le trata más o menos bien hasta que comienza a hablar de cómo la crisis lo dejó sin trabajo primero y sin dinero después, y de cómo llegó a encontrarse en una situación de verdadera precariedad. Un temblor se balancea al fondo de su garganta cuando lo cuenta, como si aún le sorprendiera el curso que han tomado las cosas en poco tiempo. Donostiarra de nacimiento, Jesús tiene 42 años, está divorciado, tiene dos hijos pequeños y una hipoteca de 700 euros sobre los hombros que planea como una amenaza cada mes sobre su piso en Bidebieta. Es lo único que conserva y que no quiere perder. Y su historia se resume en que le fue bien, hasta que le fue muy mal.
Todo comenzó hace cuatro años. Jesús trabajaba en una importante empresa constructora de Gipuzkoa como oficial de primera y, pese a pasar de un contrato temporal a otro, llegaba a ganar mucho dinero. «Podía, si quería, gastar 200 euros en un fin de semana, mientras que ahora ese es el dinero que tengo para todo el mes cuando hay suerte». No en vano, trabajaba en la construcción, un sector que funcionó a todo gas cuando parecía que las casas se vendían antes de ser edificadas. En ese contexto, Jesús se casó, se compró un piso en su barrio y tuvo dos hijos. Disfrutaba de la familia y los amigos, y no le faltaba el dinero para sus caprichos. Pero todo esto cambió cuando las inmobiliarias y los bancos de EE UU pusieron al descubierto sus vergüenzas y la economía mundial cayó como una baraja de naipes derribando el sector estrella de la península: la construcción.
De repente, la temporalidad de su contrato se convirtió en un problema serio. Cuando finalizó la obra en la que trabajaba, no se lo renovaron. La razón, según cuenta, las ansias de contratar barato de las empresas, que se veían venir de lejos la crisis, en conjunción con los «agentes» que empezaron a rondarlas ofreciéndoles inmigrantes para trabajar en la construcción «por el precio más bajo posible y haciendo uso de todos los márgenes y lagunas legales para que no hubiera problemas». Y lo que parecía un bache en su vida se acabó convirtiendo en un socavón cuando el tiempo pasó sin que encontrara otros empleos perdurables y la prestación por desempleo se agotó. Un socavón al que cayó, cuenta, en caída libre. Cuando llegó al fondo, cuatro años después, se había quedado no sólo sin un trabajo, sino sin esposa -la escasez «trajo problemas en casa» y se divorciaron-, con una hipoteca y con varios conflictos con su familia. «Lo primero que haces es recurrir a ellos, debo dinero a mi madre», admite. Sin mujer, con enfados con la familia y sin conseguir trabajos de más de algunas semanas -«he llegado a enviar más de 200 curriculums en un solo día», concreta- se fue «hacia adentro, sin atreverse a salir del cascarón» durante alrededor de dos años. «Escondí la cabeza para intentar evitar los golpes, te sientes nada, te desmoronas, no ves el final, sientes el desprecio de los demás y el tuyo propio. Y hundirte, quedarte en casa es lo peor que puedes hacer. Debes moverte, hacer lo que sea, cualquier cosa, pero yo no lo veía».
Ánimos de los hijos
Fueron sus hijos los que le sacaron de ese estado. Los veía dos fines de semana al mes, y siempre le decían: «Venga aita, no estés mal, no estés así». A Jesús se le saltan las lágrimas cuando explica que no podía permitir que sus hijos, tan pequeños, se llevaran «ese recuerdo de él de su infancia». Así que recurrió al cura de su parroquia y él le puso en contacto con Caritas, «que se ha portado muy bien», aconsejándole, orientándole e incluso apoyándole económicamente con la hipoteca cuando no podía más. «Pese a la vergüenza que te da, tienes que hacerlo, aunque sea llorando. Ya no me quedaba otra».
Ahora está mejor. Cuando decidió tirar para adelante se apuntó a un curso tras otro, y trabajó en las cosas que iban saliendo. «En cualquier cosa», aunque fueran de pocos días. Aún así, confiesa que muchas veces aún cae en la desesperación. Y cuando le increpan que por qué no ahorró, responde que los ahorros se le iban con la casa y los hijos, que no podía ahorrar.
Hoy con suerte dice que le quedan 200 euros al mes, pero que intenta guardar lo máximo para cuando está con los hijos, porque los niños van creciendo «y ya no se conforman con unas chuces. Y yo quiero que tengan una infancia normal, y la gente en esta ciudad puede llegar a ser muy mala, a veces parece que están deseando que te vaya mal», se desahoga sin querer ahondar más en este tema.
Intenta ahorrar en pequeñas cosas, nada de ropa, no tiene coche y se corta él mismo el pelo. «¡Ni sé cuántos años hace que no me como un filete!», añade. Pero confía en una gran obra en la ciudad que le dé un trabajo más estable. Cree que la crisis aún durará un par de años, «pero estaría bien, aunque creo que no va a ser así, que las personas fuéramos más solidarias, y las empresas más responsables socialmente. Que no se olviden de nosotros», sentencia.