Añorga contó con su propia moneda allá por los años veinte. El barrio donostiarra recibió en 1954 la visita del cardenal Roncalli -que más tarde sería el Papa Juan XXIII-. Los trabajadores de Cemento Rezola fueron envidiados durante largos años y considerados unos privilegiados entre el proletariado de la comarca de Donostialdea.
Éstas y otras historias jalonan el proyecto audiovisual 'Añorgatarrak', un recorrido a través de siglo y medio de existencia de este barrio, que nació, creció y se desarrolló a partir de la actividad generada por Cemento Rezola. El director de Patrimonio Cultural del Gobierno Vasco, José Luis Iparraguirre, y el director de FYM-Cementos Rezola presentaron ayer el proyecto, junto a los miembros del equipo de Okupgraf, en un acto celebrado en el propio museo de la fábrica.
Una veintena de vecinos -alguno de ellos recientemente fallecido- ofrecen en este trabajo audiovisual de una media hora de duración sus testimonios sobre la vida de este barrio en un relato lleno de «luces y sombras», según explican los autores del proyecto, Iñigo Royo y Marian Larzabal. El vídeo, realizado por encargo del Museum Cemento Rezola y concebido como «un homenaje a la Colonia Industrial de Añorga», muestra la historia de un barrio -especialmente sus últimos setenta años- en los que todo era propiedad de la fábrica: desde las casas de los trabajadores, alquiladas a bajos precios, hasta el economato, pasando por la escuela, las sesiones de cine o las fiestas del barrio, envidia de toda la ciudad.
«Eran otros tiempos -explica Iñigo Royo-. La gente llegaba al barrio para trabajar en la fábrica, que al principio estaba en la zona del actual Añorga Txiki, y ahí trabajaba, sabía que trabajarían sus hijos, hacían la compra y vivían sus momentos de ocio».
La mayor parte de los trabajadores de Cemento Rezola procedían de las localidades del entorno, aunque en algunos momentos también se instalaron allí trabajadores procedentes de pueblos de Salamanca y otros puntos de la Península. Y al fondo de todo, sobrevuela la sombra de Don Julián, quien fuera propietario de la fábrica durante muchos años. En todo caso, Royo y Larzabal coinciden que entre los testimonios recogidos, con las opiniones más variopintas, predominan las que expresan un sentimiento de gratitud.
Cemento Rezola alcanzó en los cuarenta y cincuenta su máximo nivel de producción, con hasta 450 trabajadores en plantilla, pero a partir de los sesenta comenzó a padecer un declive que se agudizó con la crisis que azotó la economía mundial en la década siguiente. La caída de la demanda provocó unos recortes de plantilla, aunque algunos de los trabajadores afectados siguieron contando con el apoyo de Don Julián para montar nuevos negocios. De hecho, Así nació la empresa Orona. Tras unos años de zozobra en los que se aventuraba un futuro incierto, la fábrica fue adquirida por el grupo Italcementi. Hoy, todo ha cambiado, aunque Añorga y su fábrica siguen estando ahí.