SAN SEBASTIÁN. Saber escuchar es muchísimo más importante que saber hablar. Se puede hablar del tiempo sin decir absolutamente nada o quitar la palabra a los demás para decir también absolutamente nada o, sin ir más lejos, decir con una sonrisa justo lo contrario de lo que se piensa.
Saber escuchar es algo mucho más sutil e importante. A veces es necesario atender a los que tienen algo que decir, que cada vez son más. Lo que ocurre es que no es fácil encontrar a alguien a quien se puedan contar las penas. Y, sobre todo, no es fácil encontrar a una persona capaz de escuchar sin juzgar.
Es lo que hacen los voluntarios de Cáritas que ayudan a personas sin hogar, presos o enfermos. Después de años de dedicación han aprendido a permanecer en silencio mientras el otro habla o a decir las palabras adecuadas para no molestar. Saben cómo se escucha.
Jokin Urkola, José Agustín Larrañaga, Mikel Urdangarin y Yolanda Bonatxea han aprendido a consolar a un enfermo terminal o a hablar de libertad a un preso. Conocen las historias de los que duermen en la calle y saben que cuando se escucha hay que hacerlo «sin levantar la cabeza». Los cuatro son voluntarios que un día tomaron una decisión y pasaron de criticar a la sociedad en la que viven a intentar cambiarla.
En este reportaje explican sus motivos y relatan las historias que escucharon. Hablan de la mujer que necesitaba olvidar, del preso que tenía miedo a la libertad, de los pies que tienen toda una vida tatuada en la piel o del hombre que sintió paz antes de morir.
«Nuestra misión es acompañar y escuchar», insisten.
José Agustín Larrañaga Enfermos
«No hace falta hablar para transmitir cercanía y cariño»
1– ¿Qué es lo que sientes en este momento?, preguntó. Era la primera vez que José Agustín Larrañaga hacía esa pregunta a un enfermo. Si se atrevió a formularla fue porque la persona a la que había ido a visitar era un amigo al que le quedaba poco tiempo de vida, y los dos lo sabían. Había permanecido a su lado cinco días, casi siempre en silencio, porque muchas veces basta con la presencia para decir lo que las palabras no pueden expresar.
Pero aquella vez preguntó. Y su amigo respondió.
– Paz, –dijo.
José Agustín, de 65 años y de Getaria, tuvo en 1991 un grave accidente de tráfico del que salió vivo pero con el convencimiento de que «teóricamente tendría que estar muerto». Aquel incidente le cambió la vida. «Desperté a una realidad nueva y quise vivir para los demás».
Como voluntario desempeña gran parte de su labor en el área de la salud. Visita a enfermos, acude los fines de semana al centro para enfermos de sida sin hogar Villa Betania y ayuda a personas en fase terminal. «He llegado a pensar si hago todo esto por egoísmo porque cuando voy soy feliz. La verdad es que recibes mucho y te planteas si no estarás yendo sólo para eso», dice. Pero no todo es fácil. «Ayudar a morir es muy duro», admite José Agustín.
«Entre las familias y los enfermos terminales hay un pacto de silencio. Todos saben lo que va a ocurrir, pero nadie lo dice». Por eso, cuando los familiares abandonan la habitación, el paciente a veces dice al voluntario lo que ha callado para no hacer sufrir a sus allegados. «Sé que voy a morir», confiesa.
Su tarea le ha enseñado la importancia del silencio, que es lo que que ocurrió con un enfermo al que acompañó sin que los dos pronunciaran palabra alguna. «Él no estaba para hablar y me pidió que me quedara pero no dijimos nada. Fue un silencio activo, yo comunicaba que estaba allí con él y que eso era importante para mí. No hace falta hablar para transmitir cercanía y cariño».
Yolanda Bonatxea Lamorus
«No puedes dedicarte a dar consejos o palmadas en la espalda»
2Varios meses después de la muerte de su marido, Yolanda Bonatxea regresó a Lamorus, el taller ocupacional donde trabajan personas sin hogar. Una mujer alcohólica y eternamente silenciosa se le acercó y la llevó a un rincón. «Me dijo que ahora no empezara a beber ni a fumar cosas raras».
Y le relató su historia. «Me contó que estaba ahí porque en un accidente había muerto su marido y su hijo. Sólo se salvó ella, que también perdió al bebé que esperaba. Era una joven normal, con una familia normal, y de repente lo perdió todo, por eso empezó a beber, porque necesitaba olvidar».
Yolanda es una bilbaína de 51 años afincada en San Sebastián que ejerce como voluntaria en Lamorus desde 1999. Hace años se encontró con un sin techo que tenía un fuerte catarro y le preguntó por su salud. «Yo de lo que estoy enfermo es de soledad», le contestó. Después de oír muchas respuestas como estas se ha dado cuenta de que «una frase banal puede hacer mucho daño». «Hay que escuchar con mucha humildad, no puedes dedicarte a dar consejos y palmaditas en la espalda. A una persona que está así no le puedes decir ‘ya te entiendo’».
Yolanda ha aprendido a «estar pendiente de los sentimientos de los demás». Atiende a personas que «se levantan y caen, pero siempre lo vuelven a intentar». «Ellos se desahogan una y otra vez contando la misma pena y tú les escuchas una y otra vez», dice. Parece fácil pero no lo es. Hay que saber escuchar.
Mikel Urdangarin Presos
«Los presos necesitan ser escuchados. Para juzgarlos están los jueces»
3El primer día que Mikel Urdangarin entró en la cárcel de Martutene tuvo miedo. A medida que se adentraba en el edificio una puerta se cerraba a sus espaldas mientras se abría otra que le iba acercando a los presos. «No sabía cómo me iban a tratar pero me llevé una sorpresa cuando lo primero que hicieron fue venir a hablar conmigo; pensaba que iba a encontrarme con delincuentes, pero eran personas normales».
El segundo día, un preso se le acercó y le preguntó si podía hablar con él. Comenzaron a dar vueltas por el patio mientras el recluso hablaba del delito que había cometido, de sus días en la cárcel y de lo que pensaba hacer al cumplir condena. Cuando terminó de hablar le dio las gracias.
– ¿Por qué?, preguntó Mikel.
– Por haberme escuchado.
– Cualquiera puede hacerlo.
– Eso no es verdad –le contestó el preso–. Aquí dentro somos como vasos llenos de agua y no nos la podemos echar encima unos a otros. Necesitamos gente de fuera con vasos vacíos para verter en ellos nuestros problemas.
Fue así como Mikel Urdangarin, ingeniero zarauztarra de 39 años, que cada quince días acude como voluntario a la prisión de Martutene, aprendió que escuchar es muchas veces un tesoro más valioso que la palabra. «Sobre todo necesitan ser escuchados, no que vayas y les juzgues porque para eso están los jueces.Nosotros vamos a animarles y a decirles que pueden salir adelante».
En la cárcel ha escuchado a personas que sueñan con salir y a otras que temen a la libertad. Como el preso de unos cincuenta años que no quiere que se acabe su condena «porque dentro tiene sus amistades y en su pueblo se siente despreciado». «Sabe que fuera no encontrará trabajo y volverá a delinquir».
Jokin Urkola Hotzaldi
«El deterioro de la exclusión social se ve en los pies»
4Los pies de una persona pueden resumir su vida. Son capaces de revelar el tipo de existencia que llevan y desde hace cuánto tiempo. Hay pies que arrastran sus pasos en la calle hasta acabar convertidos en una pura deformidad de piel y carne. Pertenecen a los excluidos sociales, hombres y mujeres que dan miedo y también lo tienen. Temen sobre todo a la oscuridad de una noche sin techo.
Jokin Urkola ha aprendido a leer el paso del tiempo en esos pies. «En ellos se ve el deterioro de la exclusión social, su aspecto va marcando el tiempo que llevan en la calle». Ha visto muchas historias tatuadas en las extremidades de las personas a las que atiende en Ho-tzaldi, la casa del frío de Cáritas en la antigua iglesia de la Sagrada Familia, en Intxaurrondo viejo, que cerró el jueves sus puertas hasta el 15 de noviembre. Una vez al mes acudía al centro a pasar la noche con las personas que buscan una cama para dormir. «Los días de lluvia llegan con el calzado y los calcetines mojados, tienen los pies deformados, artrósicos, con los dedos torcidos de caminar, del frío y la humedad».
Tiene 55 años, es donostiarra y fue mecánico industrial antes de jubilarse por motivos de salud. Es voluntario desde hace doce años y ha hecho casi de todo. Colaboró en un centro de adolescentes con problemas, estuvo dos años en el Teléfono de la Esperanza y ha participado en proyectos de cooperación y desarrollo. «Lo de ser voluntario se siente, es una parte de mí».
Los voluntarios intentan que las personas a las que atienden se sientan «escuchadas, comprendidas y nunca juzgadas». «En la ciudad son sombras ante los ciudadanos», dice Jokin, que recuerda que cualquiera de nosotros puede acabar mal. «Conozco a un ingeniero que perdió su trabajo y está en la calle, o a un joven de San Sebastián que lleva mes y medio durmiendo en un portal sin que su familia lo sepa».