Es un viaje por el mundo de la exclusión social de la mano de personas que dedican parte de su vida a ayudar a los necesitados. Laguntza Etxea, Hotzaldi, Lamourous y Zurekin Bat son los destinos que Cáritas ha mostrado a un grupo de voluntarios que han conocido de primera mano parte de lo que se hace en San Sebastián para ayudar a quienes no tienen nada porque lo han perdido todo o nunca lo tuvieron. Son, como dice uno de sus responsables, «las últimas tablas del naufragio».
La primera parada es Laguntza Etxea. Abrió sus puertas en Ategorrieta en 2005, cuando la creciente llegada de inmigrantes obligó a Cáritas a ampliar un servicio que ya ofrecía. En sus instalaciones, donde funciona el único comedor social de San Sebastián para inmigrantes, colaboran 55 voluntarios.
Dar de comer a 60 personas al día no es su único cometido. En Laguntza Etxea ofrecen asesoramiento jurídico y se les acompaña en su proceso de integración individual. Además, se ha puesto en marcha una bolsa de empleo doméstico, se proporciona servicios a personas sin hogar para cubrir sus necesidades básicas y se han abierto ocho pisos de acogida.
Como siempre que se habla de inmigrantes hay quien argumenta que han venido a quitarnos el trabajo, que su presencia entre nosotros hace que aumente la delincuencia y que viven a costa de la Administración, el director de Laguntza Etxea, Jon Telletxea, se apresura a rechazar lo que califica de «manifestaciones desacertadas y con poca conexión con la realidad».
«Son estereotipos y prejuicios. Cuando se dice que aumenta la delincuencia, sacas datos y ves que este argumento no se sostiene, y lo de las ayudas que se les da tiene mucho de mito», afirma. «En cuanto a lo de quitarnos empleos -añade-, tienen los peores trabajos, los que nadie quiere».
Último día
Lo que sin duda nadie quiere es estar en la piel de las cuarenta personas que esta noche la pasarán en la calle. Muchas de ellas ya se habían acostumbrado a dormir en Hotzaldi, la sala del frío que desde 2005 Cáritas abre cada 15 de noviembre y cierra el 31 de marzo. El momento del cierre ha llegado y los necesitados que este invierno han hallado cobijo en la antigua iglesia de la Sagrada Familia, en Intxaurrondo viejo, se unirán al medio centenar de personas que en San Sebastián pernoctan habitualmente en portales, cajeros o donde puedan y les dejen.
José Antonio Lizarralde, 'Pottoko', se encarga de explicar la tarea que realizan los 70 voluntarios de Hotzaldi y los 160 que atienden en Aterpe, un albergue donde se acoge a personas en estado de necesidad y que cuenta con una sala de noche con 16 plazas. «Al hablar de los sin hogar hablamos de dolor, sufrimiento, injusticia y fracaso social. Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad», afirma.
A quienes llegaban al recién cerrado Hotzaldi se les daba un caldo, una toalla y un par de calcetines. En Aterpe se les ofrece comida, lavandería, peluquería y respaldo para que puedan salir del bache o, al menos, reducir los daños que sufren. «Nosotros tenemos una estructura social pero ellos no. La tuvieron en su momento pero por distintas circunstancias no han solucionado su problema», dice 'Pottoko'.
El responsable de Cáritas continúa con su explicación. Le toca ahora el turno a Eutsi, un proyecto piloto que puede parecer simple pero que ha tenido efectos espectaculares. Se trata de un lugar, situado en los bajos del Buen Pastor donostiarra, en el que se ofrece cada hora un vaso de vino a personas con dependencia crónica del alcohol. A cambio, se comprometen a ir al médico o a participar en un taller ocupacional. El resultado es que se han reducido en un 50% los ingresos en residencias.
Es posible que los mejores reguladores de gas ciudad se ensamblen en Lamorus, el centro educativo ocupacional que Cáritas mantiene en la avenida José Elósegui de San Sebastián. Y si no es cierto, da lo mismo. «No nos importa la productividad de cada uno, sino su actitud ante la vida», asegura Rafa, responsable de un taller al que «se viene a hacer algo, no a pasar el tiempo».
Ese algo son trabajos para empresas que llevan a cabo personas sin hogar. Todas ellas cobran un salario, aunque no sea mucho dinero, y también reciben a cambio «un sentimiento de utilidad y pertenencia». «Es gente castigada, con una edad media de 50 años, que vive en soledad en la calle o en pensiones infames. La gran mayoría tiene grandes dramas a cuestas».
Y los dramas se agudizan los fines de semana. Cuando las calles se llenan de parejas o familias, los excluidos recuerdan lo que tuvieron y su soledad se vuelve a veces insoportable. Para paliar esta situación Cáritas ha creado de manera experimental el centro de ocio Zurekin bat.
Está situado en Bidebieta, en una capilla que guarda un secreto en su interior. Su planta principal es la de un pequeño templo con mesas y sillas donde se conversa o se juegan partidas. Una puerta lateral y unas escaleras descendentes dan acceso a un pequeño teatro con butacas y escenario que sorprende por lo inesperado de su existencia. Allí, en ese mundo dentro de otro mundo, los sin techo ven películas, organizan bailes y presencian actuaciones musicales o de magos. Durante unas horas olvidan lo que son o al menos no se sienten solos y procuran divertirse. Aunque después tengan que volver al exterior.