Omar Suleimán es el mayor torturador de este país». A Mona Hamid no le tiembla la voz ni tiene reparos en acusar directamente al antiguo jefe de la inteligencia egipcia, nombrado vicepresidente la semana pasada por el ahora ya exmandatario Hosni Mubarak. Esta psiquiatra de voz dulce y modales suaves está acostumbrada a señalar con el dedo y sin miedo a los culpables de la tortura, una lacra de profundas raíces de la que se ha servido el régimen durante décadas para someter al pueblo egipcio. «Todos los días y en todas las comisarías y cárceles egipcias se cometen torturas», asegura.
Palizas, descargas eléctricas, violaciones, simulaciones de ahogo, privaciones de sueño, de alimentos, rotura de huesos. Las prácticas, perfeccionadas por el cuerpo de policía, tanto civil como militar, son incontables, lo mismo que las víctimas, la mayor parte de las cuales esconde su caso por miedo o por vergüenza y nunca llega a salir a la luz. No fue el caso de Jaled Said, cuya muerte, de una paliza a manos de la policía en junio del pasado año, desató una ola de indignación en todo el territorio egipcio que está en el origen de la revolución que consiguió el pasado viernes derrocar a Hosni Mubarak.
«Cualquier persona en este país puede ser torturado sin motivo», afirma la doctora. Hamid es miembro del Centro Nadim, una asociación independiente que trabaja con víctimas de la tortura en Egipto y que ha conseguido, a base de esfuerzos y muchas decepciones y gracias a la valentía de los que han superado el miedo a hablar, llevar ante la justicia a algunos de los autores de los abusos. Varios médicos, psiquiatras y abogados asesoran y defienden a las víctimas y a sus familias.
Miedo a denunciar
No sólo hay que luchar para que las víctimas denuncien, sino también para que los testigos se pronuncien o para que la fiscalía acepte los casos. La mayor parte de las veces es imposible presentar pruebas porque los informes médicos o forenses no registran ningún tipo de lesiones. Fue el caso, por ejemplo, de Saddam, un joven de diecisiete años que murió en la comisaría de Warraq en 2004 después de ser quemado, electrocutado y golpeado salvajemente por varios policías. El informe forense decretó en su momento que Saddam había perecido al caerle otros presos encima.
Ahmed Seif al-Islam conoce bien los sótanos de las cárceles y comisarías egipcias. Tiene que hacer memoria para enumerar las veces que ha sido detenido: «En 1972 estuve dos días, un año después me arrestaron durante ocho meses, en 1977, diez meses antes de escaparme y en 1983, cuatro meses. Ahí me torturaron. Después me llevaron ante el tribunal y estuve cinco años en la prisión de Tora, a las afueras de El Cairo».
Seif al-Islam, comunista convencido y activista político, decidió entonces abandonar la calle para seguir defendiendo los derechos humanos desde un despacho. En 1999 fundó el Centro de Derecho Hisham Mubarak, desde donde un equipo de abogados e investigadores vienen denunciando abusos y consiguen llevar a juicio a algunos de estos terroristas de Estado.
El día 3 fue arrestado por la Policía militar y llevado al cuartel general de la inteligencia militar en Medinat Nasser, a las afueras de El Cairo. «Nos tuvieron durante horas en un pasillo, lo que significa que todas las celdas estaban llenas», asegura este abogado. Al-Islam tiene sesenta años pero aparenta veinte más. No le torturaron. Tampoco le pegaron esta vez, pero sí pudo oír gritos y palizas.
Días desaparecido
Ahmed Salama es uno de los jóvenes integrantes del Seis de Abril que pasaron días desaparecidos durante las protestas. Hoy lleva el brazo en cabestrillo porque cuando fue arrestado le ataron las manos con una cinta plástica tan apretada que le cortó la circulación durante ocho horas. «Nos insultaron y nos amenazaron con matarnos; nos acusaron de todo, de ser espías, de estar pagados por el extranjero. Querían que confesáramos algo que no es cierto», relata este contable en paro con alma de poeta popular. Salama asegura que nunca tuvo miedo de morir. En su mente estaba lo que había sucedido con Jaled Said y todos aquellos que perecieron víctimas de un régimen injusto: «Pero al finalvemos que no ha sido en balde».