Acercarse a la cultura del gigante asiático, una salida profesional, ampliar el currículum académico... Las razones para estudiar chino son variopintas. Tres jóvenes vascos que están aprendiendo el idioma relatan su experiencia.
Peio González, Abadiño
Hace seis años que Peio González empezó a estudiar japonés por una inquietud personal. «Me atraen mucho la cultura y los idiomas orientales, y decidí probar suerte con el japonés», recuerda. Este joven de 29 años de Abadiño ejerce ahora como profesor particular dando clases del idioma a nivel básico, mientras sigue perfeccionando su dominio. Además, ha trabajado de intérprete en varias ocasiones, aunque no se siente «del todo preparado» para esta segunda ocupación. Dentro de su proceso de inmersión en la cultura oriental, hace un año empezó a estudiar chino «porque era el siguiente paso».
«Cuando te pones delante del chino sabiendo japonés te das cuenta de que partes de una base que no tienen los demás», explica Peio. Aunque ambos idiomas no tienen nada que ver en su gramática, varios siglos de vecindad han provocado el préstamo de palabras entre los dos «como entre el francés y el castellano». «Yo ya estaba acostumbrado a ver y escribir los caracteres, por lo que el primer contacto con el chino me resultó muy sencillo», comenta. Lo que más le está costando es habituarse a la prosodia del idioma porque «es muy difícil hacerse a los cambios de tono en el habla». A pesar de todo, su ritmo de avance es «mucho más rápido de lo habitual», algo de lo que da fe Yu Li, su profesora particular.
Peio empezó mirando el idioma por su cuenta hasta que vio que necesitaba ayuda porque la pronunciación «es muy importante». Buscó un profesor que diera clases a alumnos de forma individual. «En Bilbao no hay demasiado oferta para aprender chino más allá del nivel básico. La escuela de idiomas no lo ofrece, no tenemos Instituto Confucio y es complicado incluso que salgan adelante los cursos de la UPV», se queja. Pero Peio tiene claro que su esfuerzo está mereciendo la pena. «En un futuro quiero dirigir mi carrera profesional hacia Asia oriental y el chino es crucial».
Gorka Urtiz de Urbina, Vitoria
Gorka Ortiz de Urbina trabaja como operario en la planta de Michelín en Vitoria y en sus ratos libres le gusta aprender idiomas. Junto al castellano, este vitoriano de 30 años ya domina el euskera, el inglés y el francés; y para su quinta lengua se atrevió con algo un poco más exótico: el chino. «Quise cambiar un poco de registro, busqué un idioma al alza y que no tuviera raíces romance», explica. Con esa idea, en septiembre pasado se apuntó a la academia Zador de la capital alavesa, donde recibe tres horas de clases a la semana.
«Pensaba que el cambio de chip iba a ser más brusco, pero no me está resultando tan complicado como esperaba», comenta Gorka. La mayor dificultad es la escritura. «Cada palabra se asocia a un carácter diferente. Tener en la cabeza todos esos símbolos resulta complejo. Sin embargo, no tienen declinaciones, por lo que sus formas verbales son mucho más sencillas que las nuestras», añade con confianza.
Aunque Gorka admite que cada vez que arranca con una nueva lengua se plantea si le podría abrir alguna puerta a nivel profesional, esa no es su motivación principal. «Para mí, conocer su idioma es una buena forma de entrar en contacto con la cultura de un país, y China y sus tradiciones me interesan mucho». En un futuro, su intención es visitar el gigante asiático y ejercitar lo que ha aprendido. Mientras llega el momento de viajar, cree que tendrá «alguna complicación» para encontrar alguien con quien practicar la lengua. «Bueno, siempre cabe la posibilidad de acercarse a los bazares chinos y hablar con los tenderos», bromea.
Ainhoa Bidaurre, San Sebastián
A día de hoy unos pocos centros educativos ofrecen la enseñanza del chino como clases extraescolares, aunque hace cinco años la oferta era todavía más escasa. Ainhoa Bidaurre, de 16 años, fue una de las pocas que por aquel entonces tuvo la oportunidad de empezar a aprender la lengua en el colegio donostiarra Mary Ward, cuando tan sólo tenía once primaveras. «A Ainhoa le gustan mucho los idiomas y cuando en el 'cole' le ofrecieron las clases le surgió la curiosidad», explica su madre, Mari José Aramburu. «Nosotros, por nuestra parte, le animamos también porque sabíamos que este idioma le puede venir muy bien para el futuro», añade.
Ainhoa encaró su aprendizaje del chino con ilusión, pero no lo tuvo fácil. Primero se quedó sin grupo por falta de alumnos en el colegio, después pasó a una academia de la capital guipuzcoana donde se tuvo que incorporar a un grupo de nivel inferior para poder continuar estudiando la lengua. Una vez más, la falta de otros estudiantes ha hecho que este año se vuelva a quedar sin clases. «Estaba muy contenta aprendiéndolo y quiero retomarlo una vez que acabe el Bachillerato», comenta Ainhoa.