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El impacto de la neurociencia

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El impacto de la neurociencia

09.01.11 - 04:30 -
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Estamos inmersos en la quinta revolución, la revolución neurocientífica. La primera vino de la mano de Galileo, la segunda de Darwin. Einstein lideró la tercera, la de la mecánica cuántica que trasformó nuestra manera de entender la materia, y Crick y Watson con su doble hélice de ADN protagonizaron la cuarta que propició una nueva visión de la vida. Como todas las revoluciones, ésta también genera inquietud. Se entenderá que la esencia de la naturaleza humana es un producto de la organización cerebral, fruto a su vez del dictado de los genes y el efecto modulador de las circunstancias, el ambiente, la cultura. Sin embargo, así como no hay 'genes de...', tampoco estamos predestinados a ser de una u otra manera. El cerebro está en continuo cambio en función de las experiencias que vive. Cada segundo se crean un millón de conexiones, algunas se fortalecen, otras se debilitan y nuevas neuronas sustituyen a las que mueren. Este dinamismo es la mejor garantía contra el determinismo. Por otra parte, el reduccionismo científico hasta la neurona, permitirá entender los procesos que subyacen al amor, la empatía o la moralidad pero no anulará la percepción global del ser humano. Aunque un musicólogo pueda analizar con detalle las notas que componen una sinfonía de Mozart, su belleza global seguirá intacta.
Esta visión no es original ni moderna; lo destacable es que empieza a poder objetivarse. Y da vértigo porque se entreven peligros. Quizás la organización y funcionamiento del genoma y del cerebro humano son tan complejos para garantizar nuestra supremacía y supervivencia como especie, pues su comprensión total puede ponerlas en riesgo... a menos que se tomen medidas. Los descubrimientos en neurociencia tendrán gran impacto en las políticas sociales y los políticos deben conocer de primera mano sus potenciales consecuencias y actuar con antelación, facilitando el debate plural y promoviendo medidas para evitar las repercusiones negativas. Porque el objetivo fundamental de conocernos es hacernos mejores como individuos y como sociedad. Sin utopías, con sus claroscuros y tejida entre todos. Imperfección para evitar la distopía. La ciencia ya no se rige por el «si puede hacerse, debe hacerse» sino por el «si puede hacerse, decidiremos (la sociedad) si se hace o no». El debate sosegado sobre sus implicaciones éticas, hará que no tengamos que esperar a que se produzca un caso chocante, como sucedió con la oveja Dolly que dio pie a la discusión sobre clonación. Tal vez ese caso sea el transhumanismo, la concepción del futuro ejemplificada en Ray Kurzvveil, para unos un visionario, para otros un loco. Su teoría de la singularidad se basa en que la tecnología crece de manera exponencial y sus costes se reducen en paralelo. Kurzvveil asegura que en 2049 se podrá simular el funcionamiento cerebral mediante tecnología informática. Habrá cerebros en chips que se implantarán en personas con enfermedades, en personas sanas que quieran aumentar sus capacidades intelectuales o en robots humanoides. Cerebros todopoderosos en cuerpos inmortales entre realidades virtuales. ¿Idea peligrosa, aventura fascinante o ambas? Esta simbiosis neurobiotecnológica basada en l a genética, robótica, informática y nanotecnología, puede ser decisiva para la curación de la depresión y el alzhéimer, dos epidemias del siglo XXI. El resto de aplicaciones plantea serias dudas. ¿Se violan normas éticas? ¿Se pierde la condición humana? Imagine un androide al que implantan un chip que contiene mis vivencias... ¿soy yo? El debate evitará situaciones tan enconadas como las vividas con las células madre embrionarias, los potenciadores cerebrales, las células artificiales o los alimentos transgénicos, su ausencia sólo favorece a los más fanáticos cuya voz siempre se oye más fuerte porque gritan más, aunque no tengan razón. En este contexto es importante recordar la frase del neurobiólogo C Blakemore: «Entre la ciencia y la sociedad están los medios de comunicación». Es preciso un diálogo entre científicos y. medios de comunicación para informar sin sensacionalismo.
«Es la economía, estúpidos» ha pasado a la historia como el llamamiento de Bill Clinton para subrayar que lo que realmente importaba al pueblo norteamericano en aquellos momentos era la recuperación económica. Y le dio la victoria electoral. En la actualidad el eslogan de muchos políticos es «Es la energía, estúpidos», dirigido a quienes aún no han comprendido que el reto más grave del siglo XXI es la búsqueda de nuevas fuentes energéticas para frenar el deterioro del planeta y el cambio climático. El próximo eslogan podría ser «Es el cerebro, estúpidos». El cerebro es el reservorio final de la naturaleza humana. Con su objetivación, todavía imperfecta, las explicaciones extracientíficas empezarán a sobrar.
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::ALFONSO BERRIDI

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