El museo Metropolitan de Nueva York ha recuperado uno de sus 'velázquez'. No es que se lo haya devuelto la Policía después de un robo, sino que una nueva restauración del lienzo ha revelado que su 'Retrato de Felipe IV' salió de la mano del genio sevillano y no de alguno de sus discípulos, como se insistió en 1973. El cuadro tiene una altura de 2,10 metros y el Metropolitan tiene la mejor colección de Estados Unidos de obras de Velázquez, así que, para el museo, éste ha sido su mejor regalo de Navidad.
Si tenían hasta el recibo de pago firmado por el propio pintor, ¿cómo podía ser que estuviera hecho por alguno de sus alumnos? La pregunta obsesionaba al director de pintura europea del Metropolitan, Keith Christiansen, que además recordaba el maltrato que había sufrido el lienzo en intervenciones anteriores. Entre ellas, la encargada en 1911 por Joseph Duveen, un judío holandés que empezó de niño vendiendo jarras de artesanía por las calles de las ciudades inglesas de Leeds, Manchester y Liverpool, y que acabó con el título de lord y como el gran marchante de arte clásico en el primer tercio del siglo XX.
Duveen creía que a los clientes había que darles colores. Nada de pinturas oscuras, rancias, depresivas, sino todo lo contrario. Así que antes de ponerlas en el mercado les pedía a sus restauradores que se aplicasen con los pinceles sin miedo. El marchante se la vendió a Benjamin Altman, propietario de unos grandes almacenes, y a su muerte en 1913 pasó como donación al Metropolitan.
En el museo tuvieron el cuadro colgado de sus salas más nobles y sus colores se fueron apagando hasta que en 1973 se produjo una furiosa revolución purista entre los historiadores del arte que terminó con la autoría de 299 cuadros sólo en el Metropolitan. Los 'greco' dejaron de ser de El Greco, los 'velázquez' de Velázquez y los 'vermeer' de Vermeer: todos habían sido pintados por discípulos de los maestros o por copistas muy profesionales. Una escabechina que años más tarde se observa como un exceso con demasiadas víctimas.
Ante las dudas de Chistiansen sobre el retrato del rey español, los expertos le dijeron que sólo podía despejarlas acometiendo una restauración en profundidad. Se encargó de ella Michael Gallagher, que sacó una muestra del acetato del lienzo y la comparó con el otro retrato del monarca en un museo de Dallas y con el de una pieza casi idéntica que se expone en El Prado. Los análisis confirmaron que las tres obras llevaban el mismo sello.
Los rayos X y la limpieza hicieron el resto. La delicadeza de las manos, los rasgos del rostro muy caracterizados, la elaboración de la cadena de oro y la caída de las ropas recién desvelados devolvieron la obra a Velázquez y al Metropolitan.