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La nueva obsesión de Alí Agca

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La nueva obsesión de Alí Agca

Cuatro años después de proclamarse Mesías, el hombre que atentó contra Juan Pablo II dice que el 'número dos' del Vaticano organizó el ataque

11.11.10 - 02:34 -
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AMehmet Alí Agca hay que prestarle atención lo justo. Y, teniendo en cuenta que hablamos de un tipo que hace cuatro años se declaró Mesías, proclamó el día del juicio final y se puso a escribir su propia biblia, lo justo en su caso viene a ser nada o casi nada. Su aportación más reciente, recogida por la televisión pública turca en una entrevista, ha sido una nueva explicación de su intento de asesinar a Juan Pablo II en 1981: asegura ahora Alí Agca que el atentado lo organizó el 'número dos' del Vaticano en aquella época, el cardenal Agostino Casaroli, en un intento de «destruir la imagen del imperio soviético a los ojos de dos mil millones de cristianos». Añade que le pagaron «de 40.000 a 50.000 dólares» y que le prometieron liberarlo tras dos años de cárcel, pero finalmente lo retuvieron porque incumplió condiciones como la de convertirse al cristianismo.
No parece que nadie haya dado crédito a esta nueva obsesión del terrorista turco, igual que se ignoró su anuncio aún más sorprendente de que era el Elegido, pero sus palabras han devuelto a la actualidad el nombre de Agostino Casaroli, una de las figuras más importantes de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX. Casaroli, que nació en 1914 y murió en 1998, se dedicó durante tres papados -cuatro, si contamos al fugaz Juan Pablo I- a crear y fortalecer los canales de contacto entre el Vaticano y los países del Este de Europa, una tarea que arrancó cuando el clero católico del otro lado del Telón de Acero atravesaba tiempos muy oscuros, con deportaciones y penas de prisión. Casaroli, dotado de una paciencia inagotable y de una habilidad negociadora que le permitía servir de engranaje entre dos monstruosas burocracias, tuvo que adaptarse a su labor con destrezas de agente secreto, como la de presentarse 'de paisano' en las fronteras donde se citaba con funcionarios comunistas. Poco a poco, su política de 'piccoli passi' fue dando frutos, como los primeros acuerdos entre el Vaticano y Hungría en 1964. En 1971 se convirtió en el primer representante de la Santa Sede que visitó la Unión Soviética; en 1974, hizo lo propio con la Cuba castrista.
Como una olla exprés
Casaroli, que hablaba cinco idiomas e incluso estudió chino mandarín, parecía tener un imán para los apodos ocurrentes: desde 'Monseñor Perestroika' hasta el '007 del Vaticano', pasando por 'Lagostina', una marca de ollas exprés muy popular en Italia, que le servía como sobrenombre ideal por su probada capacidad para soportar la presión sin estallar. Juan Pablo II no sólo mantuvo la confianza en el experimentado diplomático, sino que lo nombró cardenal y secretario de Estado, el cargo más importante por detrás del Papa, cuyas principales ocupaciones son la política interna del Vaticano y las relaciones con gobiernos y conferencias episcopales.
Formaron así una extraña pareja que parecía condenada al fracaso: Casaroli era un puro producto de la Curia, que había ingresado como archivero en la secretaría de Estado en el ya remoto 1940, mientras que Wojtyla, recién llegado del espacio exterior, era un hombre ajeno a las impenetrables complejidades vaticanas. Se daba la circunstancia, además, de que buena parte del clero polaco había contemplado con hostilidad las conversaciones de Casaroli con el Gobierno comunista. Y el carácter impetuoso del pontífice contrastaba, en fin, con esa sinuosidad tan italiana de su 'segundo', un virtuoso de la maniobra que solía moverse por Roma en 'scooter'. Pero el equipo funcionó: el 'primer ministro' se encargó incluso de sustituir al Papa en algunos actos y logró con él su mayor éxito como mediador, el encuentro entre Juan Pablo II y Mijaíl Gorbachov en el Vaticano. «Fue una gran personalidad, no sólo de la Iglesia católica sino del mundo entero», le recordaría años después el último presidente de la URSS.
¿Y el atentado? A Casaroli le pilló en un avión, de camino a Nueva York. Dos horas después de aterrizar, tomó un vuelo de vuelta a Roma -«mi deber es estar con el Santo Padre», explicó- y se ocupó de que el Vaticano siguiese en funcionamiento durante la convalecencia del Papa. En 1989, cuando le llegó la edad de retirarse, Juan Pablo II le pidió que siguiese en el puesto un año más. Y en 1998, a su muerte, se refirió a él como «apasionado tejedor de relaciones pacíficas entre individuos y naciones» y le agradeció «el bien que ha obrado en la Iglesia y en el mundo». También le lloraron, por cierto, en el Casal del Marmo, una cárcel para menores donde el cardenal, una de las personas más poderosas de la Iglesia, ejercía de simple cura.
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Agostino Casaroli, en una foto de 1985. Abajo, Juan Pablo II habla con Mehmet Alí Agca en su celda de Roma en 1983. :: AP

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