Desde el célebre episodio del vestido de Mónica Lewinsky el mundo entero sabe que Hillary Clinton es la persona idónea para guardar secretos de Estado. Lo de Obama comienza a resultar más inquietante. Su entusiasta grito de guerra, 'Yes, we can', ha mutado en un bochornoso 'I don't know' que ha puesto al Pentágono en el punto de mira y a la Administración norteamericana en la lista negra de Amnistía Internacional. La culpa la tiene un periodista australiano llamado Julian Assange, el fundador de Wikileaks, una web especializada en filtraciones de alto voltaje con la intención de revelar a los ciudadanos documentos que los Gobiernos mantienen ocultos bajo siete llaves.
Wikileaks saltó a la fama en 2006 colgando en su página evidencias de crímenes de guerra perpetrados por el ejército norteamericano en Irak y Afganistán. En un par de años acumuló más de un millón de documentos ultrasecretos a los que la semana pasada se sumaron 400.000 más donde se constatan violaciones masivas de derechos humanos elementales y algo, si cabe, mucho más grave: la pasividad de la Administración Obama, que parece encubrir con su silencio la práctica sistemática de torturas, alegando que las filtraciones de Wikileaks suponen una amenaza para la seguridad de sus servicios de inteligencia.
¿Trabaja Wikileaks para el enemigo? Desde luego, sus informantes son perseguidos como si lo fueran, el propio Assange se mueve bajo estrecha vigilancia y su página se ve sometida a sospechosos ataques por parte de hackers altamente especializados. Pero la verdad es que el enemigo no está dentro de esta Garganta Profunda para ciberdisidentes, sino, precisamente, ahí fuera. Wikileaks no sólo denuncia crímenes de guerra amparados por la bandera de la Libertad. Entre sus scoops destaca la revelación de las identidades de los miembros de un partido de ideología neonazi en el Reino Unido, informes sobre los delitos medioambientales perpetrados en África por las multinacionales mejor blindadas del planeta o -lo último-, un plan para entorpecer el desarrollo del software libre en Europa diseñado desde el entorno de Microsoft.
Vivimos en un mundo donde la tecnología sólo parecía tener una dirección: mantener vigilados a los ciudadanos bajo el ojo orwelliano de los poderes públicos. Con Wikileaks ese ojo se ha vuelto bidireccional: ahora somos nosotros quienes les vigilamos a ellos. ¿Para cuándo una Wikileaks made in Euskadi? Me temo que en nuestro pequeño país esas son todavía palabras mayores.