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Un tolosarra en Kitgum

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Un tolosarra en Kitgum

Javier Colomo, ex atleta, sigue adelante con sus proyectos solidarios en África. Acaba de regresar de un colegio para niños discapacitados en Uganda

05.10.10 - 02:21 -
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¿Por qué dejarlos abandonados a su suerte, si nosotros podemos manipular algo esa suerte? se pregunta Javier Colomo. Este tolosarra, conocido por su vinculación al atletismo, lleva tiempo embarcado en proyectos solidarios en el continente africano. Muchas veces al margen de oenegés, busca inocular proyectos sociales y tangibles con la ayuda de gente que crea que «los milagros son posibles porque los hacemos nosotros».
Javier es ingeniero, fue un consumado maratoniano y, desde que conoció África, su vida quedó marcada para siempre. En estos últimos años ha elaborado proyectos para la colocación de placas solares en diferentes centros sanitarios y educativos de Etiopía. También colabora de forma estrecha con el padre hernaniarra Angel Olaran, responsable de un centro de huérfanos a los que quiere apoyar en su esfuerzo por labrarse un futuro. Asimismo, participa en un proyecto de reforestación con la Fundación Etiopía Utopía y ahora acaba de volver de Kitgum, en Uganda, donde ha visitado una escuela para niños con discapacidades muy diversas, algunas de ellas a causa de las lesiones infligidas por miembros de la fuerza rebelde del país.
Ayuda personal
Su último objetivo precisamente tiene que ver con esta escuela. «Mi idea -cuenta Javier-, es hacer de este colegio un proyecto de ayuda personal, sacarlo adelante con el apoyo que pueda obtener de gente amiga o anónima, sin intermediar ONG alguna, con pequeñas aportaciones. Me gustaría encargarme de gestionar la finalización de un edificio que está empezado, también asegurarles las tres comidas a los niños, intentar evitar que los profesores se vayan de la escuela, dotarlos de una instalación de energía solar capaz y suficiente y a partir de aquí en adelante se verá de que somos capaces».
Colomo cuenta que en la escuela cursan sus estudios 120 niños y niñas, 80 de los cuales son sordos. Algunas de sus aulas son tiendas de campaña donadas por alguna organización humanitaria, y uno de sus dormitorios aún está a medio construir. Cuenta, como anécdota, que un día pasó por allí un ministro y les regaló una televisión. Pero en la escuela no hay toma, ni tampoco en Kitgum hay señal para poder verla, «por lo que el aparato sigue en su caja de cartón en una de las cabañas con techumbre de paja que sirve de sala de estar para el personal de la escuela».
Lo que al principio le trajo a Kitgum fue establecer una dinámica deportiva en el colegio, pero como «ocurre tantas veces en este continente, las necesidades son otras y se imponen a las ideas iniciales». «Una vez que llegué al centro me di cuenta de que lo prioritario era que hubiera luz para poder trabajar. Para que funcionasen los dos ordenadores portátiles que tienen, para que hubiera luz en las diferentes dependencias y edificios, desde la cocina a las habitaciones, dos edificios, chicos y chicas, así como en las aulas, puesto que allí se reúnen después de cenar para estudiar, leer o repasar lecciones... Así que ésta ha sido al final mi labor principal», cuenta Javier. Y cree que ha cumplido el objetivo: «El colegio ha quedado con toda la instalación eléctrica revisada, cambiada y reparada allá donde ha hecho falta. También hay ya luz en todas las estancias».
Y en el otro aspecto, el deportivo, a Javier les gustaría pensar que ha sido un comienzo y que ya hay más infraestructura que cuando llegó. Relata emocionado que cuando efectuó el reparto de la ropa deportiva «nadie protestaba por lo que se le daba, nadie prefería un color u otro, o una forma u otra, todos más contentos que unas castañuelas . Y una vez hinchados algunos balones, pies para que os quiero, a jugar, todos con todos, fue un momento entrañable. Con qué poco se hace una fiesta y cuando pienso que todo lo que se les repartió era lo que a nosotros nos sobraba, no puedo de dejar de pensar qué podríamos hacer si añadiésemos algo más, sin privarnos de nada».
Otro momento impactante para Javier fue cuando se dio cuenta de que los niños no desayunan por falta de dinero. «Y nosotros decimos que es la comida principal del día...»
Toda aquella persona que desee colaborar, tiene una cuenta corriente a su disposición en La Caixa (2100 2258 18 0200436111). No hay cantidades mínimas, ni máximas, ni periodicidades, ni compromisos de ningún tipo. «Es un proyecto sostenible y de futuro, por que la gente que trabaja allí es ugandesa, los niños también y si les ayudamos un poco, ellos no se van a ir de sus casas, porque la guerra ha terminado y muchos están volviendo, así que necesitan ese empujón».
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Javier Colomo, rodeado de niños de la escuela para discapacidades auditivas de Kitgum, en Uganda.

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