En todas las sociedades del mundo, son las personas quienes generan y disponen del conocimiento y quienes, a través de sus interacciones -y de las interacciones entre las organizaciones en las que participan- generan riqueza y bienestar. Y son a su vez las personas las destinatarias últimas del bienestar generado, son el fin último.
En la actual sociedad del conocimiento, día a día se están produciendo en todo el mundo cambios muy profundos y rápidos, tanto en el ámbito económico como en el social; son cambios que a su vez generan efectos en todo el mundo.
La sociedad del conocimiento se caracteriza cada vez más por el protagonismo de las personas: la persona es el protagonista de las organizaciones del conocimiento: el conocimiento reside en las personas, y la innovación se produce en la interacción entre las personas. La calidad de las interrelaciones y de las comunicaciones entre las personas es una de las claves de toda sociedad competitiva, de sus procesos de generación y distribución de riqueza; en definitiva, de la sociedad del bienestar.
Y para que las personas nos sintamos protagonistas de nuestro devenir personal y social, es necesario generar determinados contextos que faciliten, favorezcan y promuevan determinadas competencias y habilidades técnicas, pero muy especialmente, determinados valores, actitudes y habilidades emocionales.
Contextos que promuevan, en primer lugar, el sentido de la iniciativa y actitudes emprendedoras en diferentes ámbitos: en el sistema educativo, desde la más tierna infancia; en los ciclos básico y medio; en los ciclos superiores; en la universidad, trabajando con ejercicios prácticos los valores asociados al emprendizaje y a la innovación, con un lenguaje adaptado a cada edad. Son actitudes que se deben promocionar en todos los ámbitos: en el familiar, en el laboral, tanto cuando estemos en activo como temporalmente en desempleo, promoviendo el intraemprendizaje y la creación de nuevas empresas, así como en todos los procesos de desarrollo tecnológico.
En segundo lugar, promoviendo el 'empoderamiento' de la persona trabajadora, mediante su cualificación, participación e implicación en diferentes proyectos empresariales y organizacionales. Cualificación con la adquisición de nuevas competencias técnicas y habilidades manuales, directivas, organizacionales, sociales y socioemocionales. Interiorizando nuevos valores y participando activamente en la gestación, gestión, en los resultados y en la propiedad de todo tipo de proyectos de todo tipo que le afecten.
En tercer lugar, desarrollando modelos organizativos de cuarta generación que vayan más allá de la innovación. Modelos organizativos eficientes e innovadores, basados en la persona, en la corresponsabilidad y el compromiso, con liderazgo compartido ampliamente distribuido, que incluya la gestión inteligente de las emociones, generando así los necesarios entornos de confianza. Modelos organizativos colaborativos, capaces de adaptarse a entornos complejos, rápidamente cambiantes, capaces de conciliar la vida laboral y familiar. En definitiva, contextos que generen entornos de trabajo de alta calidad organizativa, ambiental, emocional y tecnológica.
Y, finalmente, generando contextos que desarrollen al máximo la responsabilidad social empresarial y el capital social, tanto en las relaciones personales intraempresariales como en las relaciones interorganizacionales, con los diferentes públicos con quienes nos relacionamos.
Todo lo anterior, que podemos calificar como procesos de innovación social orientados a la empresa, produce efectos muy positivos en la generación de riqueza de un territorio, al mismo tiempo que sube el nivel de satisfacción de las personas de forma relevante al sentirse protagonistas de la construcción de un futuro mejor. Lo tenemos a nuestro alcance, lo podemos empezar a practicar mañana mismo, es necesario pero no suficiente para una competitividad empresarial de cuarta generación.
La competitividad empresarial, como fuente de generación de riqueza y bienestar requiere, además, de entornos tecnológicos potentes, de un sistema educativo de primer nivel mundial, desde las primeras etapas hasta la universidad, pasando por la formación profesional, de las adecuadas infraestructuras de todo tipo y de un entorno fiscal, laboral y financiero adecuado. Competitividad empresarial que requiere, cómo no, en momentos de crisis como el actual, de medidas transitorias específicas que pudiéramos denominar 'anticrisis'.
Y esta es la vía para generar riqueza, para generar desarrollo económico y social, uno de los pilares básicos del bienestar social. Y una vez más, es necesario pero no suficiente: si no lo completamos con las medidas adecuadas de distribución de la riqueza generada y unas buenas dosis de generosidad, poco habremos avanzado. Porque, en definitiva, ¿cuál es el fin último del bienestar social? Son las propias personas que con su protagonismo generan el bienestar social.