El pasado martes, a la misma hora y a pocos metros del hotel bilbaíno en que Batasuna pedía su legalización en rueda de prensa, el líder de EA, Pello Urizar, exponía en Sabin Etxea el acuerdo de ambas fuerzas al presidente del PNV, Iñigo Urkullu. Seguramente la coincidencia fue casual pero entre aquellas dos calles de Bilbao, invadidas por la habitual rutina de tráfico y transeúntes, se estaba jugando ya la partida para configurar un nuevo mapa político del nacionalismo vasco al calor del alto el fuego anunciado dos días antes por ETA.
La apuesta de la izquierda aber-tzale por las vías sólo políticas, con el apoyo de EA, se ha enmarcado en un nuevo intento de la ilegalizada Batasuna de volver a las instituciones. Pero la estrategia tiene un mayor alcance: crear una alianza de fuerzas soberanistas y de izquierdas para intentar convertirla en el polo hegemónico del abertzalismo, como alternativa al PNV y con voluntad de desplazarlo. Una entente que aspira a contar con la masa social de los sindicatos ELA y LAB, que conforman la mayoría sindical en Euskadi, y que podría implicar también en un futuro a Aralar - que de momento aboga por mantener su perfil propio-, Alternatiba (escindidos de EB) o los vascofranceses de AB.
El plan se encuentra en pañales, porque el primer objetivo de Batasuna es encontrar la fórmula para retornar a las urnas, pero sus dirigentes ya hacen números y calculan, en palabras de Txelui Moreno, que el acuerdo estratégico que han cerrado la izquierda abertzale y EA puede llegar al 20% del electorado vasco en una primera fase, y «a liderar el país» en una segunda fase. El PNV, que siempre ha sido consciente de este objetivo estratégico de «sustituirle», mira de reojo estos pasos y, de momento, aboga por seguir su propio camino en la demanda de más autogobierno, con el objetivo de desbancar a PSE y PP del poder en Euskadi y confiado en que conservará la capacidad de arrastre sobre su importante masa social.
La conformación de estos dos grandes bloques viene gestándose desde la salida de Juan José Ibarretxe de la política, aunque germinó a raíz del fracaso de Lizarra. El cambio de gobierno en Euskadi coincidió también con los primeros movimientos en el seno de la izquierda abertzale para articular su debate interno y buscar una apuesta por vías sólo políticas. El adiós del ex lehendakari y el arrinconamiento de su plan soberanista también consagró el alejamiento de EA respecto al PNV.
El partido de Urizar reprocha al Euzkadi Buru Batzar haber abandonado el soberanismo. Una crítica en la que coincide el dirigente de la izquierda abertzale Txelui Moreno que, en declaraciones a este periódico, aboga por «defender el derecho de Euskal Herria a decidir su futuro en paz y en libertad, en vez de mendigar transferencias que llevan 30 años de retraso y han sido incapaces de conseguir en tres décadas».
Precisamente, el papel que está jugando el partido de Urkullu en Madrid, con una influencia decisiva para aprobar los Presupuestos del Estado a cambio de contrapartidas económicas para Euskadi, es vista con desdén por el movimiento soberanista. Estos partidos aprovechan además la circunstancia para etiquetar al PNV de 'autonomista', por aspirar a completar el Estatuto y no centrarse, a su juicio, en la búsqueda sin ambages de la autodeterminación.
Una acusación que obviaría el recorrido del PNV en los últimos años, ya que, si bien el perfil de Urkullu se acerca más al pactismo con el Estado que, por ejemplo, el de Ibarretxe, el partido ha venido defendiendo postulados favorables al derecho a decidir y a un nuevo marco. La ponencia política del partido con la que Urkullu sustituyó a Josu Jon Imaz al frente del EBB aunaba las sensibilidades de la formación jeltzale sin renunciar a las pulsiones soberanistas.
La conformación de estos dos bloques se refleja también en la actitud de cada partido ante el anuncio de alto el fuego de ETA. Uno de los aspectos más significativos ha sido el escepticismo mostrado por el PNV y el propio Urkullu, que ha mostrado en este tema una amplía sintonía con el Gobierno Vasco a la hora de denunciar que es la organización armada quien lleva «la iniciativa» por delante de la izquierda abertzale. Una tesis que, por ejemplo, no comparte el presidente del PNV de Gipuzkoa, Joseba Egibar. En este territorio, donde seguramente más que en cualquier otro los jeltzales y la izquierda abertzale se disputan la preeminencia del nacionalismo, el sector peneuvista más proclive al entendimiento entre abertzales ha sugerido en el pasado una eventual colaboración para evitar que la Diputación caiga en manos constitucionalistas.
Otro modelo social
La convocatoria de manifestación de ayer en Bilbao, finalmente prohibida, también ha mostrado una foto de abertzales, incluido Aralar, en la que no aparecía el PNV. Y no sólo la cuestión identitaria le separa del resto de nacionalistas a un partido encuadrado en el centro derecha-político. El polo soberanista propone un nuevo modelo social. Moreno reprocha al PNV «una política económica favorecedora del gran capital engordado con dinero público», y cómplice del «recorte de derechos a los trabajadores», señala el dirigente de izquierda abertzale.
A la espera de nuevos gestos de ETA que puedan aclarar, y en su caso consolidar, el camino hacia el final de la violencia, lo cierto es que los resultados electorales de Batasuna en tiempos de paz fueron muy destacados. En el año 1998, con el viento a favor de la tregua de Lizarra, Euskal Herritarrok, liderada por Arnaldo Otegi, logró una histórica cifra de 224.001 votos y catorce parlamentarios vascos. La vuelta del terrorismo de ETA menguó la cifra, tres años después, a la mitad de escaños y a 143.139 votos. En 2005, en los albores del proceso de Loiola, EHAK mejoró los resultados pese a ser un partido desconocido que sustituyó a última hora a las candidaturas ilegalizadas.
Estos datos, que son un claro reflejo del rechazo social a la violencia, nunca han sido tenidos muy en cuenta ETA, pero ahora pueden convertirse en un factor inspirador de la nueva estrategia política si consolida un escenario sin violencia.
Una de las consecuencias que puede tener el reordenamiento dentro del abertzalismo es simplificar el atomizado mapa nacionalista, en especial si Hamaikabat participa al final en coalición con el PNV. Quedaría en medio Aralar, que con cuatro parlamentarios en Vitoria lidera la «izquierda abertzale civil» y que no tiene en sus planes inmediatos integrar un polo soberanista.