Las situaciones de crisis económicas proyectan escenarios en los que se ponen de manifiesto las carencias, aquello que necesitamos activar para recuperar la senda del crecimiento. En un momento en el que cuatro de cada cinco españoles piensan que la economía va mal, muy mal, son cada vez más los que miran a su alrededor buscando a los emprendedores. Nos acordamos de que el potencial de desarrollo de una economía y de una sociedad necesita poner el foco en las estrategias de innovación en las que el emprendedor tiene un papel protagonista.
Así que la cuestión ahora no es tan fácil como comprar tecnología o incluso fichar conocimiento. Es algo más complicado. Sin embargo, algo se ha hecho en este campo. No debemos olvidar que hemos ido configurando un ecosistema para propiciar la actividad emprendedora formado por un número creciente de fundaciones, semilleros, incubadoras, institutos de investigación, centros tecnológicos, parques tecnológicos, programas universitarios e iniciativas de carácter público. Hay muchos ejemplos, tanto en Euskadi como en España y Latinoamérica.
La cuestión en estos momentos no es tanto que no se den las condiciones para el desarrollo de la actividad emprendedora, como que necesitamos identificar, reconocer y poner en valor todo el potencial derivado del ecosistema del emprendedor ya existente. Se trata de ordenar lo que tenemos, darle visibilidad y ponerlo en valor. Y éstas son buenas noticias, pues parte del camino ya está recorrido. Es típico también del estadio competitivo en el que nos movemos. En el último informe de competitividad presentado por Orkestra -Instituto Vasco de Competitividad- se hacía referencia a esta cuestión para el País Vasco, que también nos podría servir con carácter más general.
No se trata, pues, de crear 'ex nov' estructuras para potenciar la actividad emprendedora; más bien de lo que se trata es de potenciar y hacer más eficientes las que tenemos, apoyando su actividad con herramientas e instrumentos que faciliten su coordinación, activando los mecanismos de cooperación. Lo mismo que un sistema de innovación necesita de la diversidad; si ésta se reconoce pero no se pone en valor a través de la cooperación, no servirá para mucho. El reto de reconocer y poner en valor el ecosistema del emprendedor ya existente tiene mucho que ver con la eficiencia. Para ello no se debe perder de vista que el fomento de la iniciativa emprendedora supone poner las bases para que las cosas pasen, pero no cualquier cosa. No debemos olvidar que los espacios de impulso de la actividad emprendedora no son espacios para propiciar una suerte de nuevo paternalismo, para proteger la figura del empresario o del joven emprendedor como si fuese un ser indefenso necesitado de tutela permanente. Como dice José Ignacio Goirigolzarri en su blog (goirigolzarri.com): «Siendo la figura del empresario muy importante, no podemos caer en el paternalismo del empresario, como si fuera alguien desvalido».
Por otra parte, tampoco se trata de convertir al emprendedor en una especie de figura mesiánica a la que trasladar la responsabilidad de salir de la crisis generando actividad y creando empleo, como si sólo fuese cosa suya. La responsabilidad es de todos y lo que ahora nos toca es potenciar el ecosistema del emprendedor para que, como dice, también, Goirigolzarri: «Todo el que quiera asumir los riesgos de creación de una empresa con un proyecto plausible tenga acceso a las herramientas y financiación para llevarlo a la práctica».
En ese contexto, que huye del paternalismo sobre la iniciativa emprendedora al mismo tiempo que lo hace del heroísmo, es en el que el ecosistema del emprendedor debe abordar el desafío de su eficiencia. Necesitamos abordar la cuestión capital de cómo optimizar la herramienta social que el ecosistema actual representa y no olvidar nunca que se trata de generar nuevas iniciativas empresariales que sean viables, que se materialicen en proyectos sólidos, sostenibles y de largo recorrido. Será la manera de conseguir el progreso económico y social.