«¡Pero qué contento estoy!», exclaman todos los alumnos con los brazos abiertos mirando hacia el techo del aula. Segundos antes, el grupo ha pronunciado la misma frase pero con los brazos encogidos y la cabeza agachada. Se trata de un ejercicio que propone el profesor de técnicas verbales Aiuola Pérez para demostrar que, «aunque el enunciado es el mismo, el mensaje es diferente». En aquello que se comunica influye no sólo el contenido, sino también variables como la libertad, la comodidad y el volumen. Enseñanzas como ésta son las que se quieren transmitir en el curso 'Hablar bien siempre: en privado, en público, en radio y en televisión'. El taller, dirigido por Pérez y el profesor Ángel Ignacio Lafuente, forma parte de los Cursos de Verano de la UPV/EHU.
En la tercera sesión, desarrollada ayer, se repasaron conceptos del día anterior a través de una animada interacción entre el docente y los asistentes, en su mayoría mujeres y muchas dedicadas a la enseñanza. «Vimos lo que no hay que hacer», relató uno de los participantes. Así, los alumnos fueron recordando algunas claves para una buena comunicación: «No hay que aburrir a la audiencia, ni mantener un tono monótono». Pérez añadió que es fundamental mantener «la triangular: el amor a uno mismo, al mensaje y al destinatario». Otro de los mensajes clave fue el miedo escénico. Para él, este temor a hablar en público a veces genera comportamientos positivos porque mantiene atento al orador, pero si llega a bloquearle, es negativo.
«¿Por qué nos afecta que venga a la conferencia nuestra pareja o nuestros padres, y ya no digamos nuestro jefe?», preguntaba el profesor. El secreto es profundizar en el miedo escénico: «Pienso que piensas que estás pensando...». Además, «detrás siempre está la sensación de ser juzgado, normalmente por alguien al que se aprecia».
Entre las actividades para poner en práctica estos conocimientos, Pérez propuso a tres voluntarios aceptar una palabra escogida al azar por el público y elaborar un discurso de un minuto en el que contasen algo que le evocase el término. La primera palabra fue «vida». Antonio, uno de los participantes, habló de su nieta de quince meses y de lo que supone, para él, una vida «bonita» y «feliz».
En la piel de otros
Además, los alumnos realizaron un test en el que debían puntuar de 0 a 5 sus propias habilidades para el arte de la oratoria. Entre las cuestiones, se reflexionó sobre la interacción con el oyente, el control del tiempo y del propio cuerpo y la organización del contenido. A continuación, se dividieron en grupos de tres personas y cada uno tuvo tres minutos para explicar a los aspectos más destacables de su experimento tras conocer la puntuación.
Maite, una de las alumnas, subrayó que el teatro le había ayudado mucho a mejorar sus dotes como oradora. Después del ejercicio grupal, algunos voluntarios expusieron los resultados de otros compañeros pero hablando en primera persona, es decir, actuando como si fuesen otro miembro del equipo. Con esta experiencia, no sólo aprendieron a controlar el tiempo y a vencer el miedo escénico, sino que también asumieron el papel de ponerse en la piel de otros, a los que previamente había escuchado.
Al término de la sesión, se proyectó un vídeo que incidió en la importancia del mensaje. Narró la historia de una persona ciega que pide dinero con el cartel «Soy ciega, ayúdame». Un publicitario se acerca, cambia el texto y la gente comienza a dar más dinero. En el nuevo mensaje se lee: «Hoy es primavera y no puedo verla».