La presencia en San Sebastián de la compositora Sofía Gubaidulina (Chistopol, Tartaristán, 1931) es un gran acontecimiento. Sus obras suenan en todos los auditorios del mundo y ha escrito para intérpretes tan famosos como los violinistas Gidon Kremer -el estreno de su 'Concierto para violín, Offertorium' en los ochenta le hizo saltar a la fama- o Anne Sophie Mutter. En su larga carrera, no exenta de dificultades, ha vivido los tiempos más duros de la antigua Unión Soviética y, al igual que otros artistas, el exilio en Hamburgo. Sin embargo, siempre tuvo claro que quería dedicarse a crear música. «La necesidad de componer surgió cuando yo era muy joven. Empecé a estudiar piano con cinco años y enseguida me di cuenta de que quería hacer algo más que tocar bien el instrumento. Deseaba conocer a compositores y acudir a clases de más nivel para poder crear mis obras. Con 13 años quería ser pianista, pero con nuevas metas».
La incursión de Gubaidulina en la composición fue dura. Su música fue etiquetada como «irresponsable». «Yo ya sabía que iba a ser complicado y enseguida me di cuenta de la vida que iba a tener que llevar», recuerda a sus casi 79 años. «De hecho, la semana pasada estaba comiendo con unos amigos en Alemania; había dos compositores más y dos pedagogos y en esa reunión informal nos planteamos la cuestión de las críticas. Y nos dimos cuenta de que los compositores, desde muy jóvenes, estamos acostumbrados a que todos nos riñan. Es algo que sentimos ya desde el principio y por eso no nos hace tanto daño que hablen mal de nosotros como a los intérpretes. Nosotros nos lo hemos buscado y estamos acostumbrados».
Contra el régimen
La vida de la creadora no ha sido, desde luego, nada fácil. «La mayor parte de mi vida la he pasado en la antigua Unión Soviética, primero en Kazán y luego en Moscú. Había mucha presión ideológica y era una obligación apoyar al régimen totalitario. Y claro, los que creaban o tocaban querían ser libres, por lo que había un choque muy fuerte entre el Estado y los compositores. Nosotros queríamos tener libertad para crear y el régimen no nos dejaba. Era una cuestión de supervivencia, de vida o muerte», apunta.
En la carrera de Gubaidulina tuvo mucho que ver el apoyo de Shostakovich en los primeros años. «La situación de falta de libertad era igual para todos. Shostakovich fue muy criticado a mediados del siglo XX, pero también vivió momentos en los que tuvo un gran apoyo por parte del régimen. Yo me encontré con él dos o tres veces, pero no estábamos al mismo nivel; yo era una alumna y él un gran maestro. Pero valoro mucho su apoyo y, sin duda, influyó en mi música. A mí me gustaba mucho la suya y la de Prokofiev». Pero la compositora no duda cuando se le pregunta sobre los músicos que más han influido en su obra. «Bach, Beethoven, Schumann y Schubert. Toda la música anterior a mí me ha marcado. Y la historia de la música rusa enlaza directamente con la de estos compositores».
Siempre espiritual
A pesar de las influencias que señala la compositora, es la espiritualidad la característica más acusada de su música. Escribió 'La Pasión según San Juan' en 2000, dentro de un proyecto de encargo de obras a varios creadores con motivo de los 250 años de la muerte de Bach, y dos años después creó 'La Pascua según san Juan'. Muchas de sus obras tienen títulos religiosos o en latín. «Pertenezco al cristianismo ortodoxo, pero más que nada me apoyo en el cristianismo en general. A lo que más importancia le doy es a la palabra religión, entendida como 're-ligio', o 're-ligado' de un vínculo, es decir, deseo restaurar el 'legato' de la vida. El mundo está perdiendo hoy en día cosas muy grandes. La religión es el camino entre la tierra y el cielo. La tierra simboliza todo lo horizontal y el cielo, el mundo vertical. Si la humanidad pierde la verticalidad, pierde la religión y se queda sólo con la horizontalidad. Cuando eso ocurre, todo baja de nivel y el arte también».
Esta filosofía de vida marca toda la obra de Gubaidulina. «El arte sin espiritualidad sería sólo lineal, un paso de información y eso no me interesa. Todo lo que he vivido desde los 5 años es re-ligio». Precisamente por eso, a la compositora no le importa demasiado el público. «Todo lo que hago es pensando únicamente en esa ida de arte completo. Esa espiritualidad en la que me baso es la que me da sentido para escribir». Por ello, entiende perfectamente que la música de hoy sea de minorías. «Es normal, porque hay mucha gente que funciona de la siguiente forma: se necesita, pues se come y así una y otra vez. Eso es vivir en la horizontalidad y estas personas no ven necesaria esa verticalidad de la que hablo. Sin embargo, me estoy dando cuenta de que en distintos lugares del mundo hay cada vez más gente que necesita esa espiritualidad. Quizá cada vez hay un mayor interés. Estuve en un pueblito que está a 800 kilómetros al norte de Helsinki en el que sólo se programa música de alta calidad, clásica y contemporánea y cuentan con 40.000 espectadores, incluso acuden de otros países. Por eso, creo que la situación de la música no es tan crítica. Hay peligro, pero también esperanza».
La constante búsqueda de la espiritualidad es, según Sofía Gubaidulina, común a toda su vida. «Tengo la sensación de que mi música no ha cambiado a lo largo de mi vida. Quizá ha variado en timbre o maneras, pero no en la profundidad». Sin embargo, se manifiesta feliz. «El mejor periodo de mi vida es el último. Durante mi niñez y juventud viví en ciudades muy industriales y yo quería acercarme más a la tierra y a la naturaleza. Mi finalidad y mi sueño han sido desde pequeña sentarme debajo de un árbol y pensar como él. He conseguido hacerlo en los últimos años y sin ninguna ambición. Puedo afirmar que Alemania me ha regalado un árbol para pensar. He podido pasar a esa verticalidad de la que hablaba usando el árbol como vía, desde las raíces, la tierra, hacia arriba. Esto me da mucha seguridad y cubre el objetivo principal de mi vida». Ese ambiente marca la rutina que necesita para componer. «Tengo una casa con un jardín pequeñito y un árbol. También tengo dos pianos y varios instrumentos exóticos de Japón y China. Suelo improvisar. No sé cómo se tocan, pero intento sacarles sonidos. Y paso mucho tiempo en la mesa, escribiendo, y bajo el árbol de mi jardín».