Los ayuntamientos no dan abasto de un tiempo a esta parte. El trabajo se les multiplica pero el personal y los recursos se mantienen como si nada ocurriera, como si el número de personas que acuden a los servicios sociales no haya aumentado en los últimos años. Pero ha crecido, y mucho.
La crisis económica ha provocado un aluvión de ciudadanos que acuden por primera vez a los servicios sociales en busca de ayuda. En San Sebastián, por ejemplo, entre 2006 y 2010 se ha producido un incremento del 86% en el número de personas o familias que contactan con los técnicos del Ayuntamiento. El mayor aumento se produjo entre 2008 (en el primer semestre se registraron 1.637 historias nuevas) y 2009 (2.258 en el mismo período de tiempo).
«Con respecto al pasado año se ha producido un incremento de un 20% en el primer semestre debido a un aumento de las solicitudes de ayudas económicas, lo que indica que estamos sufriendo los efectos de la crisis. Las solicitudes de Renta de Garantía de Ingresos se han duplicado con respecto a 2008», afirma Alicia González, delegada de Bienestar Social del Ayuntamiento de San Sebastián.
El pasado 21 de junio el Ararteko hizo público un informe en el que llegaba a la conclusión de que los servicios sociales de base están «al borde del colapso». El defensor del pueblo vasco señalaba que los profesionales de este sector se hallan «al límite de sus posibilidades» y reclamaba mayor financiación y más personal. «Si no se actúa en esta dirección, el riesgo de colapso es evidente», advertía.
El problema es que en época de crisis económica pedir más financiación es clamar en el desierto. El presidente de Eudel y alcalde de Tolosa, Jokin Bildarratz, señaló la pasada semana que ya en el primer trimestre del año más del 70% de los municipios vascos habían agotado y superado la dotación asignada por el Gobierno y el 5% gastaron en ese trimestre lo asignado para todo el año.
Uno de los municipios con dificultades es el propio Tolosa. El Ayuntamiento ya casi no tiene dinero para atender a las 174 familias que perciben las ayudas de emergencia social, casi todas para poder pagar alquileres. Hasta el pasado día 20 la demanda total de este tipo de ayudas había sido de 173.312 euros, que ya han sido concedidos, y en las arcas municipales queda un saldo de 30.000 euros destinados a estas prestaciones.
«La situación es muy grave y me temo que será peor en septiembre. Con el dinero que tenemos no llegamos a fin de año», afirma el concejal de Bienestar Social de Tolosa, José Agustín Arrieta. El edil recuerda que las ayudas de emergencia social «son competencia del Gobierno Vasco» y asegura que la Corporación ha pedido al Departamento de Empleo y Asuntos Sociales que «replantee su política social para que sea un elemento prioritario en estos tiempos de crisis». Mientras llega una respuesta, a ser posible económica, Arrieta insiste en que el Ayuntamiento «no va a dejar a nadie tirado en la cuneta», aunque para ello deba hacer malabarismos contables.
Casos diferentes
«Ha aumentado de forma exponencial el número de familias que piden la renta de garantía de ingresos porque se han quedado en el desempleo y se les han terminado los subsidios de paro. Son problemas relacionados con la falta de recursos, dificultades para pagar el alquiler o el préstamo de la vivienda». Cristina Laborda es concejala de Bienestar Social en el Ayuntamiento de Irun, un municipio que, asegura, está «en una situación francamente buena, como no lo estaba desde hace un año».
Esta situación se debe a la inclusión del Ayuntamiento en un plan piloto por el que se traspasan a Lanbide los expedientes de renta de garantía social y prestación complementaria, lo que alivia la carga de trabajo de los asistentes sociales municipales. Pero, aún así, trabajo no les falta. «En momentos de crisis económica no sólo aumenta el número de personas a las que hay que atender, sino también la gravedad de los casos, y eso supone un mayor peso sobre los trabajadores», explica Laborda.
A las puertas de los servicios sociales han comenzado a llamar personas que nunca habían pensado que se verían obligadas a dar este paso. Suelen ser parejas con dos hijos que trabajan en el sector servicios y que han perdido uno de sus dos sueldos porque uno de ellos ha quedado en el paro. O trabajadores de la construcción que estaban acostumbrados a tener ingresos relativamente elevados y que ni siquiera cobran el subsidio de desempleo. Y ahora también pueden ser licenciados universitarios. «De momento no son muchos casos -asegura Laborda-, pero están empezando a aparecer cuando antes nunca se habían visto».
Son personas que no saben muy bien qué pasos deben dar para aliviar su situación. «Somos como la boca del Metro», se lamenta Almudena Carrillo, responsable de Servicios Sociales de Zumarraga. «La gente viene para hacer muchas consultas que no deberían plantearse aquí y eso hace que muchas veces se colapse el servicio. Preguntan por mil cosas, a veces parecemos una oficina de información».
Efectos secundarios
La crisis no sólo genera problemas económicos. También es la causa de efectos secundarios que sobrecargan aún más el trabajo de los asistentes. «En familias con un paro de larga duración tenemos que hacer intervenciones familiares», señala Carrillo. «Este tipo de desempleados -añade- tiene al final problemas con la mujer y con los hijos. Puede ser un padre de familia que lleva dos años sin trabajar, empieza a no dormir, a estar irritable y comienza a responder de mala manera a cualquier cosa que le diga su mujer. Cuando detectamos este tipo de situaciones actuamos antes de que haya malos tratos».
El resultado es que «se nota la carga de trabajo». Los responsables municipales son reacios a utilizar la palabra saturación cuando hablan de sus ayuntamientos, aunque admiten que «existe una mayor presión» o que «en los últimos años se ha realizado un esfuerzo mucho mayor». Almudena Carrillo es clara en este sentido. «Andamos a demanda, a atender y atender a la gente, sin tener apenas tiempo para pensar en itinerarios individualizados, aunque al final lo hacemos y la calidad en la atención al usuario no ha bajado». «Eso sí -añade- lo hemos logrado a costa de perder nosotras calidad de vida».