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El pacto empresarial de Naciones Unidas

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El pacto empresarial de Naciones Unidas

15.07.10 - 02:28 -
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Durante los días 23, 24 y 25 del pasado mes de junio, más de mil empresas de 135 países de los cinco continentes nos reunimos en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York para reflexionar, debatir y acordar un conjunto de estándares dirigidos a mejorar las buenas prácticas empresariales y comprometernos a hacerlas extensivas a áreas aparentemente tan poco 'productivas' como los derechos humanos, los derechos medioambientales, las normas laborales y la lucha contra la pobreza.
A nadie se le oculta la necesidad que tienen las empresas -que tenemos los empresarios- de innovar nuestros productos, internacionalizar nuestros mercados, de reducir nuestros costes y tratar de ser lo más competitivos posible, al tiempo que profundizamos en nuestra relación, comunicación y satisfacción con el propio entorno laboral y con los clientes tanto internos como externos. Ahora bien, que más de mil empresas de todo el mundo decidan reunirse en Nueva York para debatir sobre cuestiones que parece acercarse más al ámbito de la ética y de la filosofía que de la cuenta de explotación merece, cuando menos, alguna explicación. Para un mejor entendimiento es preciso retrotraerse a 1999, año en el que el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) se propuso un Pacto Mundial entre las Naciones Unidas y el ámbito de los negocios, con el fin de que todos los pueblos del mundo puedan llegar a compartir algún día los beneficios de la mundialización y sea posible promover en el mercado global los valores y prácticas necesarios para resolver las demandas socioeconómicas del conjunto de la humanidad. Para sorpresa de no pocos escépticos, el Pacto Mundial se planteó hace ya más de diez años solicitar a las empresas que hicieran suyos, apoyaran y llevaran a la práctica determinadas exigencias en materia de derechos humanos, normas laborales, medio ambiente y lucha contra la corrupcion. Fruto de aquel iniciático Foro de Davos, la primera cumbre del Pacto Mundial de las Naciones Unidas viene celebrándose desde 2000 cada tres años y el último encuentro tuvo lugar en Nueva York coincidiendo con la magia de la noche de San Juan.
No es fácil resumir en apenas unas líneas los temas trazados en tres días de debate en el seno de cerca de cien mesas de reflexión de diez participantes cada una. A falta de mejor criterio, se me ocurren personalmente cinco propuestas que desde la perspectiva vasca entiendo merecen ser subrayadas. Por un lado, la necesidad de implicar en el proyecto a las pequeñas y medianas empresas, sin caer en el error de que estas cuestiones únicamente corresponde a las grandes. Por otro, el convencimiento de que, sin menoscabo de la responsabilidad empresarial, ayudaría mucho que las administraciones públicas competentes legislaran, apoyaran y remaran en la misma dirección generando entornos favorables. Tampoco estaría mal que las empresas ya implicadas extendiéramos nuestro compromiso a través de nuestras redes de relación, tanto respecto a los proveedores como las orientadas a clientes y distribuidores. En este sentido, parece necesario idear algún mecanismo que reconozca y premie públicamente a las entidades líderes en buenas prácticas. Y, finalmente, la recomendación de que estos valores éticos y buenas prácticas sean materia de estudio en las escuelas de negocio y másters empresariales.
No faltará quien crea que todo esto son 'milongas' que generan mucho gasto y poco o ningún beneficio. Pero se equivoca de plano. Indudablemente quien apenas quiera mantenerse cinco o diez años más en el mercado no tiene más que empezar a bajar la persiana en cualquier momento, pero quien desea perdurar en el tiempo, ganar cuota de mercado y posicionarse en términos competitivos mejor haría en intentar atisbar el mundo que nos viene.
La historia ha demostrado que la lapidaria expresión «que inventen ellos» acuñada por Miguel de Unamuno no tenía recorrido. Desde entonces hemos aprendido que para nada cabe dejar que otros inventen, innoven, inviertan, internacionalicen o compitan por nosotros. El último y más evidente ejemplo lo encontramos en la sostenibilidad medioambiental. Se puede considerar la sostenibilidad como gasto o como inversión, pero esta segunda forma es la única que tiene futuro, la única que nos puede hacer competitivos. La cuestión no tiene ya marcha atrás, hemos superado el 'point de non-retour'.
Aunque pueda en principio sorprender, a medio plazo únicamente serán competitivas las empresas que hagan suya la defensa de los derechos humanos, los derechos laborales, los derechos medioambientales y la lucha contra la pobreza. Valores como transparencia financiera, transparencia en la información y prevención de la corrupcion están ya implantados en el imaginario social. Y en esto, como en la mayoría de las variables que afectan a la competitividad, más vale ser de los primeros que de los últimos.
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