Lo cuentan las crónicas del palacio de esa tierra muy muy lejana y lo afirman también los juglares que recorren el bosque animado: este capítulo cuarto será el último de las aventuras y desventuras del ogro que rescató a una princesa embrujada para descubrir que la amaba más y se amaban mejor cuando ella se transformaba igualmente en una imponente y maciza criatura verde con orejas como trompetillas.
Cuentan las crónicas de la no muy lejana tierra de Hollywood que cuando esta última entrega se estrenó en mayo en 4.359 pantallas de Estados Unidos, no se portó del todo mal en taquilla. En su primer fin de semana consiguió 20,7 millones de dólares, superando claramente a 'Iron Man 2' e incluso a 'Robin Hood'. Luego, ciertamente, se desfondó. Pero esa es otra historia. Ahora triunfa tranquilamente en los cines de la otra orilla del Bidasoa donde a partir del 14 de julio tendrá que vérselas con otros viejos amigos también enfrentados al paso del tiempo y la llegada de las tres dimensiones: 'Toy Story3' o qué sucede cuando el niño amigo del vaquero y el astronauta digitalizados el siglo pasado ya tiene edad para ir a la facultad.
La vida es así de cruel. En 'Shrek 4, felices para siempre, el capítulo final' el ogro que hace diez años se atreviera a conquistar , conmocionar y conmover no sólo a la princesa con la voz de Cameron Diaz sino al público de Cannes donde se estrenó salvajemente, se aburre. Li-te-ral-men-te. Shrek, el mejor amante que una princesa pueda desear, el mejor amigo que puedan soñar una dragona enamorada de un asno y un gato con botas, sufre de andropausia, esa crisis que suele atenazar a todos los machos al cumplir los 40. O como empiezan a descubrir un puñado de estudios científicos y estadísticos, padece ese stress propio de los padres concienciados de hoy en día: le supera eso de cambiar pañales continuamente, acunar ogritos (Fiona y el no sólo comieron perdices. También hicieron sus cositas en la cama. Resultado: tres criaturitas verdes) y no tener ni un minuto para estar con los amigotes, tomarse un dry martini o revolcarse en la charca maloliente. Además y para más inri, la casa que comparte con su parentela y el bosque donde un tiempo fue temido, se han convertido en atracción turística y los niños le reclaman impertinentes que grite como un ogro o se lo contarán a papa que se quejará a la agencia de viajes.
Como arranque de película, macanudo. Shrek buscará regresar a los viejos y felices siglos pasados. Y encontrará el camino equivocado. Peor aún: se pondrá en manos de un brujo pequeñajo y miserable con un extraordinario surtido de pelucas que tiene un par de cuentas pendientes con los regios padres de Fiona y con el mundo en general. Shrek le venderá poco más o menos su alma a cambio de volver a ser un ogro por un día. El resultado será catastrófico: Fiona, convertida en una impresionante Sonja La Roja, no le reconoce y tiene unas cuantas preocupaciones más grandes que los pañales de unos churumbeles que aún no ha parido: lidera el ejército subterráneo de ogros que se defienden como pueden del ejército volador de brujas comandado por el mencionado hechicero vengador.
Aparte de ser apaleado por aquella que en otra vida le amaba tiernamente, Shrek deberá aceptar que el siempre pendenciero Gato con Botas, reencarnación felina de Antonio Banderas, se ha convertido en un minino fofo, redondo y achicado por los polos, capaz de compartir su bol de leche con... ¡un puñado de ratones!
Machacado por todos y en todo momento, Shrek contemplará entristecido que ni siquiera el burro parlanchín sabe quién es. Peor: no se ha enterado de que él mismo se convirtió en el primer asno que se enamoró de una dragona rosa y tuvieron 'burrigones'.
Líos y más líos en este último capítulo de las aventuras del ogro bueno en las tierrras muy muy lejanas. El hombrecillo de jengibre convence al pastelero para que le vista de cowboy pero Micifuz se lo zampa. El flautista de Hamelin es de los malos y, ¡cómo pasan los años!, casi todo el cansino guión está al servicio de la espectacularidad de las tres dimensiones. Las brujas vuelan y vuelven a volar como si en vez de andar con Shrek y Fiona estuviéramos en un partido de quidditch en el estadio de Hogwart´s, el colegio de Harry Potter, y el malvado Rumpelstilskin es filmado en inquietantes primeros planos que parecen salirse de la pantalla mientras a Pinocho le crece la nariz hasta el patio de butacas pero no por mentiroso sino por codicioso: ¡pinta de verde a Gepetto para que el mago crea que es Shrek y le conceda la recompensa prometida!
El guión tiene un toque melancólico y nostálgico que se agradece pero también se diría que los libretistas están tan cansados como el ogro y se les acabaron las ganas de crear situaciones y forzar frases retrancosas. Sin embargo, es de ley despedirnos de los buenos amigos y reconocer que el tiempo nos achanta a todos: personajes cinematográficos, espectadores y cineastas. El tiempo y la tecnología: las 3 D se zampan a Shrek.