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El viejo cuento

14.04.10 - 02:20 -
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En cada Gobierno hay un pim-pam-pum, un ministro con el que ensayar la puntería como en una barraca de feria, o como aquellos judas de trapo de las viejas fiestas populares para cebarse con ellos. Desde Morán a Celia Villalobos es un clásico de la política española. Unas veces se trata de su fisonomía, otras su fonética y otras porque sí. Ahora es el turno, tras Moratinos, de Bibiana Aído. Lo suyo era previsible incluso antes de tomar posesión: el Ministerio de Igualdad es una idea típicamente evanescente del ideario gaseoso de Zapatero, una de esas entelequias posmodernas olfateadas por su instinto para la propaganda efervescente. Seguramente nadie saldría indemne de ese ministerio hueco; pero tanto más si se coloca ahí a la chica maja del Gabinete, prohijada del felipismo histórico, con un currículum esquelético -nada nuevo, desde Corcuera a la propia Celia- y un estilo desenfadado siempre bordeando la nadería insustancial. Todo esto era un caramelo tentador para la carcundia, que desde entonces le zurra la badana y a menudo con su arsenal más soez. Eso sí, una cosa es la grosería con ella de esos fachas irredentos que el sábado le gritaban «¡tía asquerosa!» a Leire Pajín en el Bernabéu, y otra los méritos de la ministra Aído para ganarse el cartel, ya sea por las 'miembras' o por frivolizar el aborto como si se tratara de 'ponerse tetas'. Estos días ha retornado al 'hit-parade' por una guía contra los cuentos tradicionales con roles femeninos de sometimiento, como Blancanieves o Cenicienta. De éxito en éxito.
Va de suyo que a las ideólogas del ministerio les molaría que Cenicienta denunciara al príncipe por machismo en el Instituto de la Mujer o que Blancanieves prefiriese convertirse en una bruja, porque eso es lo que pita en su recetario de la corrección política; pero la literatura no se hace como el BOE -aunque a menudo éste también sea un cuento- y desde luego hace dos o tres siglos no se podían esperar otros roles más que los vigentes. Poner en busca y captura a Andersen, Perrault o los Grimm resulta ridículo. Con esa pedagogía acabarían por cerrar la Biblioteca Nacional o el Museo del Prado o la Filmoteca; persiguiendo desde Homero a Casablanca, desde Picasso a Don Quijote. En los cuentos infantiles, como en las propias palabras, hay un sustrato de siglos de dominancia masculina; pero los vocablos más ásperamente falócratas van perdiendo esa semántica -diosa, ambiciosa, zorra, aventurera.- como los viejos libros se leen ahora con ojos nuevos. Si no es así por un déficit igualitario, la solución no es la hoguera para Andersen o Perrault. Esta simpleza del ministerio al final sólo servirá para inspirar la coña de empezar los cuentos con un «érase una vez una miembra.» o cosas así. Por méritos propios.
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