Cuando creíamos haber asimilado las noticias provenientes de Estados Unidos, que nos habían sumido en el desconcierto, nos bombardean con nuevos descubrimientos de curas pederastas en Irlanda y Alemania, sin desechar la posibilidad de otros sucesivos. Que el ser humano vive empecatado no nos resulta novedoso y los clérigos no pertenecen a otra especie. Que haya pasado tanto tiempo antes de conocerse tantos casos desgraciados, con tantos implicados cualificados, resulta bastante misterioso, y su concentración en algunos países no deja de llamar la atención. No creo que podamos sorprendernos tanto de que no se haya aireado allí donde fuera conocido, en tiempos bastante más pacatos que los nuestros y con un pudor de grupo que se repite no solo en las escuelas sino, también, en las familias.
Que los superiores eclesiásticos se hayan contentado con trasladar a los interfectos de una parroquia a otra o de una diócesis a otra más lejana revela escaso conocimiento de la fuerza de las pasiones y, en cualquier caso, poca inteligencia. Ciertamente, no es de recibo la ausencia de transparencia y de lucha sin cuartel a la pedofilia en nuestra Iglesia; y de ello hay que arrepentirse y tomar medidas que impidan su repetición, aunque convendría compararlo con cuanto sucedía al mismo tiempo en colegios ingleses, escuelas europeas y cuarteles del mundo occidental. En cualquier caso, parece que la traumática experiencia vivida y la decidida reacción del Papa exigirá a la Iglesia replantearse algunos temas, pero no estaría mal que tanto crítico espontáneo considerara la complejidad y extensión del problema más allá de las iglesias y las escuelas de toda índole.
Porque lo que está sucediendo en estas últimas semanas nos obliga a formularnos algunas preguntas, algunas sospechas, que vale la pena poner sobre la mesa. Dicho con simplicidad: este acalorado escándalo, obsesivamente repetido en algunos medios de comunicación e indignamente comentado en otros por parte de personas que no se preocupan tanto por los datos concretos cuanto en deducir conclusiones apocalípticas, me hacen dudar de si se trata de defender a los niños o, más bien, de ensañarse en el ataque y linchamiento de la Iglesia. En España se ha conocido, hasta el momento, el caso de un religioso que se encuentra en Chile, pero más de un informador se ha apresurado a indicar que pueden aparecer más casos y ha concluido como si se hubieran dado. Para otros, los casos encontrados en Alemania significan «una ligera mancha moral en el mundo del Papa», y no pocos han insistido en los casos de algunos niños del coro de la catedral de Reggensburg, del que el hermano del Papa era director de música, buscando así ampliar la diana y conseguir que el fango pueda alcanzar al mismo Pontífice. No pocos echan en cara al cardenal Ratzinger no haber castigado a los pederastas desde su Santo Oficio, sin saber si era esa institución la que atiende estos casos o más bien la Congregación del clero o la de los obispos o, sobre todo, si llegó a Roma el rumor o la noticia. ¿Por qué iban a conocer más de lo que, por lo visto, conocían los padres y parientes de los niños?
¡Qué felicidad poder decir que la labor educativa de la Iglesia queda deslegitimada, que la posible implicación del Papa puede poner en cuestión el mismo cristianismo! ¿No buscarán implícitamente esta conclusión muchos de los que se regodean con el tema, sin preguntarse cuántos sacerdotes pedófilos son los implicados? ¿Un 1%? ¿Un 5%? ¿Un 50%? ¿Todos? ¿Y si sustituimos sacerdotes por maestros, políticos, periodistas o padres y abuelos? ¿Quedará deslegitimado el Parlamento, la escuela pública, la prensa, la familia?
Puede dar la impresión de que lo más importante son las insinuaciones y la imperceptible, pero evidente, amplificación de la acusación, haciendo universal un tanto por ciento pequeño de implicados, aunque en estos casos un solo caso sea una desgracia intolerable. Poco a poco, en este como en tantos otros campos, una aparente inocua información se convierte en guerra al cristianismo, guerra campal y manipulación chabacana.
Porque para completar el tema tendríamos que tener en cuenta que en 2009 Europa ha contado con 49.939 sitios web con películas e imágenes de abusos de niños. Cada día nacen 135 nuevos sitios, cada uno de ellos con unos 100.000 contactos, con un crecimiento progresivo espantoso.
Me parece normal que se señalen los pecados de nuestra comunidad, sobre todo en casos en los que el que abusa del poder que tiene se convierte en delincuente. Pero ¿olvidando o marginando una situación más general que atenaza gravemente nuestra sociedad, que no explica ni diluye los crímenes de los pederastas, pero la encuadra? ¿Olvidando en el juicio y la acusación al 92% de clérigos que actúa correctamente en tantos campos sociales beneficiosos para la sociedad?